Siete propuestas para sacar a Messi del laberinto

Si el capitán no puede liberar todo su talento en cancha, entre él, sus compañeros y Sampaoli deberán hacer algo: aquí, una serie de alternativas para ello

18 Jun 2018 Por Guillermo Monti

Las fotos y capturas de video empezaron a circular apenas terminó Argentina-Islandia. Es más de lo mismo: Lionel Messi naufragando en un mar de piernas rivales. Una imagen repetida desde hace muchos años la del 10 en soledad, debatiéndose contra defensas multitudinarias, con el agregado de que rara vez aparece en el cuadro alguna camiseta amiga. Ese Messi empecinado en gambetear lo ingambeteable va directamente al choque, mientras los compañeros miran sin intervenir. Con planteos como el islandés, Messi está condenado a perderse en el laberinto. Necesita un hilo que lo saque de allí. ¿Cómo hacer?

1- La ubicación en la cancha. Ya es un clásico la tendencia de Messi a impacientarse cuando la pelota no le llega limpia. Empieza a retroceder y termina arrancando desde atrás de la media cancha. Siempre es positivo que aparezca por sorpresa donde el rival menos lo espera. No es un jugador capaz de quedarse estático. El problema es que lo haga debido a las falencias en el plan de juego del equipo. La ecuación indica que a medida que Messi se embotella en la mitad de la cancha, más se tranquiliza el adversario de turno. En resumen: necesita instalarse en la zona en las que más daño provoca, o sea de tres cuartos de cancha en adelante, para llegar al área en plenitud.

2- Precisión en velocidad. La comparación con lo que genera Messi en Barcelona cansa y desalienta. Llevamos más de una década hablando de lo mismo, así que dejemos de lado la calidad de los interlocutores con los que convive en Cataluña. La cuestión es técnica y abre un interesante debate acerca de las reales prestaciones de los jugadores argentinos. “No es fácil jugar con Messi”, dijo una vez Paulo Dybala, y la crítica lo destruyó. Dybala, con razón, se refería a la altísima exigencia que implica dialogar en la cancha con el 10. Messi tira paredes milimétricas y la pelota pasa clarita por el ojo de una aguja, pero nunca le vuelve con la misma pulcritud. Messi juega a una velocidad y con una precisión extraordinarias. Para sacarlo del laberinto, los compañeros –como en Barcelona- deben estar a la altura. Habilitarlo con limpieza, devolver la pared, tocar rápido y bien. Ese es el desafío.

3- Referencias alrededor. Cuando Argentina ataca vale detenerse para mirar cómo queda configurado el equipo. Se repite la escena: Messi con la pelota, maniobrando, y los compañeros lejos y atornillados al piso. Cuando levanta la cabeza –sin perder el dominio, una virtud genial de Messi- no hay nadie cerca, y los que aparecen en el horizonte están parados y con la marca encima. Así, cuando Messi descarga la pelota los compañeros pierden con un defensor que los anticipa. Da la sensación de que todos están hipnotizados, esperando que Messi se saque de encima cuatro defensores y convierta. Espectadores VIP de un partido en el que no participan. Es imprescindible un cambio de actitud para que los receptores luzcan activos y sean referencias para el pase, no estorbos en el camino. Eso implica moverse constantemente, obligar a los marcadores a perseguirlos y desmarcarse. No es lo que se ve en el campo.

4- Variantes y creatividad. Lo de Argentina fue exasperante cuando la paciencia se convirtió en impotencia. El pase atrás, la descarga al lateral para volver a empezar, aseguran posesión pero no lastiman cuando el equipo es incapaz de cambiar de marcha. Aquí la mano del DT es la que cuenta y brilla por su ausencia hasta el momento. ¿Qué hace falta? Que laterales y volantes rompan la monotonía tirando diagonales. Intercambiar posiciones. Mucho dinamismo en los movimientos para que funcione como abrelatas frente a murallas tan cerradas como la islandesa y las que pueden proponer croatas y nigerianos. Si a Messi se le abre un abanico de receptores que pican en distintas direcciones se le hace más sencillo y complica al rival, porque la triple marca que le destinan al 10 debe desarmarse para perseguir a otros jugadores. La carencia de esa clase de variantes, que se aceitan en los entrenamientos, representa una de las principales deudas y por eso Messi languidece en el laberinto. La responsabilidad de Sampaoli en este caso es absoluta.

5- Pequeñas sociedades. Messi deambula por la cancha desesperado por encontrar un compañero que hable su idioma. Lo hace desde hace años pero, salvo una que otra excepción en momentos puntuales, jamás tuvo un socio, ni fijo ni ocasional. Agüero es su amigo de la vida, pero se extrañan en la cancha. Lo mismo puede decirse de Ever Banega. Con Ángel Di María ya se sabe lo que puede salir, es una fórmula probada y más anodina que positiva. No son tantos los jugadores de buen pie capaces de ponerse a la altura. Con Maximiliano Meza, la sociedad todavía está en los papeles. No hay nada firmado. Se esperaba mucho del encuentro Messi-Dybala, pero la tibieza de los primeros ensayos –que fueron pocos y esporádicos- relegó al cordóbes. ¿Podrá ser Giovani Lo Celso? ¿Y Cristian Pavón? Lo incuestionable es que Messi pide a gritos que aparezcan las voluntades decididas a integrar pequeñas y fructíferas sociedades.

6- Otros protagonistas. La “messidependencia” se debe, en buena medida, al bajísimo perfil que adoptan los compañeros a su sombra. Con Messi en la cancha, el resto se acomoda en una zona de confort que repercute en el juego. ¿Qué más querría Messi que el protagonismo lo asuman sus compañeros, para disfrutar así de más libertad y liberarse de varias responsabilidades que no le corresponden? Para eso se necesita que afloren personalidades en este grupo que tiene buenos jugadores pero al que le falta rebeldía futbolera. Si la figura de la cancha resultara Agüero, o Gonzalo Higuaín, o algún volante, sería una buena noticia para Messi y para la Selección. Eso es repartir las cargas, que hasta el momento no están desbalanceadas: directamente, reposan en su totalidad sobre los hombros del 10. Y eso es tan injusto como nocivo.

7- Juntos hasta el final. Hasta aquí todas las consideraciones fueron tácticas, técnicas, estratégicas y de neto corte futbolístico. Pero hay algo más y tiene que ver con el espíritu de grupo. Messi es el líder y el capitán, con sus modos y con sus tiempos. Nunca será histriónico ni avasallador. En esta clase de personajes la procesión interior es más tumultuosa y cuando la mano viene torcida, como evidenció el epílogo de Argentina-Islandia, la impotencia gana. Verlo a Messi revoleando la pelota en coincidencia con el pitazo final fue todo un símbolo. El 1-1 lo dejó en el medio del laberinto, preocupado y asumiendo toda la responsabilidad por culpa de un penal mal pateado. El cuerpo técnico y los compañeros tienen la obligación de adentrarse en ese laberinto para encontrar juntos la salida. Solo, sin una hermandad que lo respalde, Messi será, ineludiblemente, un bocado sabroso para el minotauro.

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