México tuvo una cita con la historia

18 Jun 2018 Por Guillermo Monti
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¡SALTÓ LA BANCA!. Hirging Lozano ya sacó el remate que se convertirá en el gol de la victoria de México ante Alemania. reuters

Las gargantas ya no pueden seguir cantando “Cielito lindo”. Se cierran por la emoción y por la angustia. Es tiempo cumplido y los tres minutos adicionales parecen tres siglos. Córner para Alemania y los panzers avanzan sobre el área, con el arquero Manuel Neuer a la cabeza. Pero Alemania no empatará el partido porque México tiene una cita con la historia y llegará puntual, con un ramo de rosas y la sonrisa de oreja a oreja.

El “tri” ha respondido en la cancha al maravilloso respaldo que decenas de miles de compatriotas le brindaron en el estadio. Si por momentos el centro de Moscú parece el Zócalo, en pleno DF, el Luzhniki se ha convertido, por arte de magia futbolera, en el Azteca. Y allí, en ese caldero rugiente, el campeón se cocina y México grita una victoria impactante, de esas que ponen al Mundial patas para arriba.

El festival de sombreros y de máscaras, marca registrada de la descomunal hinchada que México trajo a Rusia, había empezado temprano. Coparon la línea de subterráneo y los alrededores del estadio. Puertas adentro, la diferencia con los alemanes fue abrumadora. 75 a 25, por lo menos. Y a esa fiesta interminable se sumó el equipo de Juan Carlos Osorio, porque el 1 a 0 no fue casual. Sufrieron al final, sí, pero le ganaron merecidamente al orgulloso dueño de la Copa, cuyas estrellas ni siquiera alcanzaron a titilar.

¿Misión imposible?

México consiguió lo que parece imposible: confundir a Alemania, tomarla mal parada, ponerla nerviosa. Desconcertado, el campeón se mostró como un equipo previsible y desbalanceado. México planteó y jugó el partido perfecto, única manera de derribar a un gigante. Sería injusto analizar el partido a partir de los errores alemanes, que fueron muchísimos, porque esa construcción le restaría méritos a lo que hicieron los mexicanos. La idea de Osorio fue un derroche de inteligencia y de practicidad: armó un bloque sólido entre defensores y volantes, casi sin dejar espacios libres, y atacó con vértigo y precisión. Los contragolpes encontraron siempre a los alemanes en línea y en inferioridad numérica. Lo dicho, parecía una formación improvisada justamente en lo que es su fuerte: el orden.

El gol fue fruto de una de esas réplicas implacables. Lo condujo “Chicharito” Hernández, capturando la marca de Boateng mientras Hirving Lozano picaba por la izquierda. La pelota le llegó justa a Lozano, que venía perseguido por Özil. Un pequeño paréntesis que refleja la dinámica alemana: fue Özil, un generador de juego, el que cruzó la cancha como una locomotora persiguiendo al rival. Pero Lozano, que es un tremendo definidor y seguramente saltará del PSV holandés a un grande de Europa, enganchó para hacerlo pasar de largo y fusiló al gran Neuer.

Sin treguas

El estadio hervía desde el comienzo porque el primer tiempo fue electrizante, un ida y vuelta sin treguas, colmado de escaramuzas en ambas áreas. México pegó mejor y Alemania tuvo la más clara de tiro libre. Kroos calibró la mira y “Memo” Ochoa rozó la pelota, que fue a parar al travesaño. Ochoa, discutido más de una vez, le contará a sus nietos que en la historia del Luzhniki él escribió un tomo inolvidable. Fue un partido redondo de Ochoa, capaz de atrapar cada pelota que rondó el área chica y de transmitir una seguridad granítica.

Impecable desde lo colectivo, una oda a la solidaridad en la que todos fueron obreros para recuperar y artesanos para jugar, a México le sobraron figuras: los cuatro del fondo, tremendos; Layún, un tractor; Vela y Gallardo, incansables. Con un poco más de fineza de “Chicharito” el resultado pudo haber sido más amplio. Pero no se puede pedir todo, ¿verdad? Y para que el concepto “histórico” no suene exagerado ni parte del lugar común, quedó el ingreso de Rafa Márquez por Guardado. Es el quinto Mundial de Márquez, hombre de historia personal compleja que se define como un luchador de la vida. Ayer vivió una revancha y se ganó una ovación.

A todo esto, ¿qué era de la vida de Draxler, de Özil, de Kroos? ¿Dónde estaba Thomas Mueller, insólitamente postulado al premio The Best? ¿Qué hacía el promocionadísimo Timo Werner? Iban para adelante, por supuesto. Lo hicieron hasta el final, obstinados, porque de eso se trata ser alemanes. Y es verdad que, tratándose de quien se trataba, flotaba la idea de que el empate podía caer. Pero a no engañarse. No ayer.

Un cuento de hadas

Terminó el partido y las gargantas se abren más que nunca. Si al momento del himno nacional los mexicanos habían cantado con un amor y una convicción conmovedores, el alarido del final resultó digno de la escala de Richter. Hay mucha, muchísima gente llorando en las tribunas del Luzhniki. No pueden creerlo. Pero sí, sucedió. Las máscaras y los sombreros vuelan, nadie quiere irse. Han sido testigos de uno de esos maravillosos cuentos de hadas que tienen la palabra fin escrita en dorado y con arabescos. Sí, México. Hay que creerlo.

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