La cultura del prepo

01 Jun 2018

“Educar a la ciudadanía desde la primera infancia es difícil... más fácil es hacer autopistas”. (Gerardo Della Paolera, economista y experto en educación, en una entrevista publicada en Clarín)

El video de LA GACETA es breve y contundente, al igual que el episodio. Un integrante de la familia Ale le propina un golpe (“de sotamanga”, escribió un forista) a uno de los técnicos de la empresa Galindo, en medio de las idas y venidas provocadas por el derrumbe de la medianera. Lo que no capturó en detalle la filmación fue la actitud de los policías que estaban a 10 metros de allí. Parecían plateístas en un cine. Claro, no era cuestión de echarle nafta al fuego, había gente muy nerviosa el miércoles a medianoche en Mate de Luna al 2.000. Pero a ninguno se le ocurrió intervenir, por lo menos acercarse al agresor para calmarlo, imponer algo de presencia. Los gestos fueron, más bien, de “tragame tierra”. Hubo una breve charla, junto a un camión de bomberos, del agredido con uno de los efectivos. Y punto.

La mala calidad de vida se manifiesta de distintas maneras en Tucumán. La pregunta sobre la violencia supone una cuestión de fondo: ¿es causa o consecuencia del malestar social? Que se haya naturalizado el hecho de que las cuestiones deban dirimirse a las trompadas, ¿tiene que ver con algo intrínsecamente ligado a la tucumanidad o responde a la crisis infinita a la que parecemos condenados?

La provincia del prepo, de la amenaza permanente, del malhumor, de la chispa que en cada esquina parece convertirse en incendio, de la selvática ley de la patota, no nació de un repollo. No nos vayamos tan lejos en el repaso histórico. Durante el último medio siglo a Tucumán le cayeron varias plagas y no precisamente bíblicas; fueron ciento por ciento humanas: cierre masivo de ingenios, éxodo poblacional, agonía de pueblos, tucumanazos, laboratorio del terrorismo de Estado, represión, debacle económica, insurrecciones policiales, jubilados enardecidos que terminaron tumbando un gobernador, otro condenado por crímenes de lesa humanidad, inundaciones y accidentes producto de décadas de desinversión, corrupción, impunidad. Demasiado, ¿no? Fueron 50 años cruzados por la violencia, sería milagroso que el emergente de ese caldo no se reflejara en el día a día.

Della Paolera jamás podría ser tildado de populista. Es un economista liberal -para más datos, dirige la Fundación Bunge y Born y fue uno de los fundadores de la Universidad Di Tella- que reclama intervención del Estado en el segmento clave: la primera infancia. Sostiene que el chico debe llegar a la escuela con el potencial físico e intelectual intacto y para eso hay que brindarle toda la contención en los años iniciales. Con esa base el trayecto educativo puede desarrollarse con menos tropiezos. “El político no ve los resultados en su gestión -sostiene-. Cambiar la cabeza de los ciudadanos educando desde bebés es complejo”.

Complejo, pero imprescindible. Si el hogar es violento y la calle es violenta, mientras el Estado se desentiende, la escuela será violenta y el ciudadano razonará con las neuronas de los nudillos hasta el día que se muera. Esta ecuación, que está a la vista, domina la vida tucumana y -por si le faltaba leña a la salamandra- encontró un formidable canal de difusión en las redes sociales, un universo de justicieros on line que no es otra cosa que la sociedad sin caretas. Mirada en el espejo de Facebook, Twitter, Instagram y Whatsapp, la provincia es Dorian Gray en el último capítulo.

La cuestión es cómo salir del atolladero, sin resignarse ni encerrarse en el confortable capullo del individualismo. Sí, educar en la primera infancia es la llave del futuro. ¿Y este mientras tanto que se prolonga indefinidamente? Difícil. Si no actúa la Policía, ¿quién se anima a intervenir? Uno de los fundamentos de la sociedad violenta es el miedo colectivo que contagia. Quedó comprobado con el país del “algo habrán hecho” y del “no te metás”. Pero no puede ser una encerrona, una trampa social justificada por -volvemos al principio- esa pésima calidad de vida que padecemos pero frente a la que -al mismo tiempo- parecemos rendirnos. Como dice la canción, con la mustia sensación de que el tiempo se echó a perder.

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