Deprimidos, eufóricos, alucinados

26 May 2018 Por Roberto Delgado
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El músico Héctor Starc se enfrentó al mundo del espectáculo hace dos años cuando dijo que la causa de la muerte de Luis Alberto Spinetta no había sido el cáncer de pulmón sino los 25 años de fumar constantemente marihuana. Le saltaron todos encima, incluso Dante Spinetta, hijo del gran Luis Alberto. Es que Starc puso el dedo en la llaga en una de las contradicciones fuertes de la sociedad con respecto a esta droga, centro de los miedos de las señoras mayores y, contrariamente, fuerte imán para la juventud. Starc es un recuperado del alcohol y las drogas y lucha a diario con las adicciones. En medio de las críticas, lo apoyó Emilio del Guercio (su ex compañero en Almendra y Aquelarre), que planteó que la sociedad es hipócrita y mira para otro lado cuando cree que nada hay por detrás del consumo. “¿Uds creen que el que te vende el porrito lo cultiva en una maceta en su casa? ¡No! Detrás de ese dealer hay mucha gente, armas, muertes y lavado de millones de pesos. Terminemos con las posturas relativas y ambiguas”, dijo.

Pero la gente, en general, no sabe cómo terminar con las posturas relativas al respecto: es que se trata de paradigmas sociales poco analizados. El gran científico Carl Sagan defendía el uso de la marihuana (en su ensayo “Mr X”) y la actriz Kirsten Dunst (la novia del hombre araña), que era amiga de su hija, dijo que Sagan era “el fumador de porros más grande del universo”. ¿Qué diría Del Guercio de Sagan? Cuando en los 90 el ex funcionario Alfredo Miroli hacía sus cortos para convencer a los jóvenes de que mejor era no drogarse, no sonaba convincente. Su personaje “Flecos” parecía mostrar por detrás toda la hipocresía social que rodea al consumo en general. La misma hipocresía que apareció cuando promovieron una querella contra Andrés Calamaro porque dijo en un recital que era una linda noche para “fumarse un porrito”.

Constantes en crecimiento

Esa percepción ambigua no ha cambiado; al contrario, de 2010 a 2017 hubo un “sostenido aumento” (al decir de la última encuesta de la Sedronar), no sólo de marihuana sino de sustancias psicoactivas en general. Creció el consumo de alcohol, de tabaco, de marihuana, de pastillas y de cocaína, entre otras cosas. Y la marihuana reina entre los estudiantes. El 55% de los alumnos del país experimentó con marihuana por primera vez antes de los 15 años, y el 79% de los que la probaron, lo sigue haciendo, esporádica o frecuentemente, dice el estudio. Y esto, ¿está bien o está mal? ¿Nos pondremos del lado de Carl Sagan o de Emilio del Guercio cuando nos aparezca un hijo estudiante diciendo que se fumó un porrito en el colegio?

Consumo y diversión

El Gobierno nacional está con la postura del combate al narcotráfico, y lo mismo dicen los funcionarios provinciales, aunque de manera genérica. Porque se tiene la percepción -”relativa y ambigua”, como diría Del Guercio- de que en ciertos ámbitos sociales el consumo de sustancias psicoactivas puede ser inquietante por ciertas consecuencias que tiene en el comportamiento -alteraciones para conducir, por ejemplo- pero nada más. Porque el consumo se asocia en este caso a la diversión. Por eso no hay policías persiguiendo a usuarios de droga en boliches y tampoco tratando de seguir la ruta de los dealers que proveen ketamina, LSD, éxtasis, porros y otras sustancias a los concurrentes a fiestas bailables los fines de semana. Con excepciones, por cierto, como allanamiento de hace 15 días a una casa en Marcos Paz al 2.500, donde se secuestró un cargamento de LSD impregnado en troqueles, enviado por correo. Pero en general no hay pesquisas por este lado, como nadie investiga cómo se proveen los estudiantes que reciben con mensajeros en moto los porritos. Tampoco se ha investigado cómo recibieron sus drogas dos legisladores que fueron noticia al respecto (cada uno por su lado) en los dos últimos años. Tras el escándalo, se analizó ambos casos como cuestiones privadas y como incidentes de consumos que ocurren mientras la sociedad hace la vista gorda. Y la preguntas que surgen, en estos casos, son: ¿si aumentan los consumos -de alcohol, sobre todo- se debe a que fallaron las estrategias? ¿Es la política de “lucha frontal contra el narcotráfico” la más adecuada? La respuesta variará. Pero está claro que “Flecos” sigue sin convencer y que esto necesita un debate serio, despojado de paradigmas.

Consumo y violencia

En cambio, cuando se trata de consumos en otras zonas sociales, como los barrios vulnerables, todos los miedos explotan, porque se tiene la sensación -alimentada por los funcionarios- de que la droga genera violencia en esos sectores y que eso se extenderá en violencia al resto de la sociedad. Esos barrios, en realidad, han sido ganados por la violencia hace mucho tiempo, y allí la droga entró como anillo al dedo. Es en esas villas donde el narcomenudeo se ha convertido en una ocupación altamente productiva para los dealers y también para los trafiadictos y sus familias. Los miedos sociales se ven potenciados por los testimonios como el de esa madre que, en la entrevista de “Panorama Tucumano”, pide ayuda desesperada para su hijo, presa de los dealers. Similares inquietudes surgen de los testimonios de los docentes de las escuelas del Mercofrut y de San Cayetano, cuando dicen que no han sido preparados para enfrentar los problemas de los estudiantes adictos al paco y la marihuana. Y surgen varias preguntas: ¿por qué no están preparados esos docentes, si el consumo de sustancias viene creciendo sostenidamente desde hace al menos cinco años? ¿A esos consumidores hay que tratarlos como si fueran “soldaditos” de transas o como si fueran Carl Sagan, acaso potenciales estudiosos del cosmos?

Cuando se ve la acción del Estado frente al problema del narcomenudeo y del consumo se tiene una dimensión del problema. La Secretaría de Lucha contra las Adicciones tiene talleres en 30 barrios. Pero las villas de emergencia son 180 en el Gran San Miguel de Tucumán y se estima que están en riesgo 100 barrios vulnerables. Además, en esos talleres se enseña a los chicos música, deportes y otras actividades, pero no se trabaja con chicos ganados por la droga, que requieren desintoxicación, contención, seguimiento y ayuda para construirse un futuro. Apenas hay tres grupos terapéuticos que el año pasado fueron desmantelados cuando se echó a varios de sus operadores, al no renovárseles los contratos. Y ya esos grupos eran insuficientes. Por ejemplo, en Los Vázquez se trabaja con 32 chicos adictos; pero en el barrio hay, según cuenta el psicólogo Emilio Mustafá, unos 90 adictos entre 200 chicos que consumen sustancias psicoactivas. Cuenta, además, que los dealers han sabido cómo ganarse a los chicos: se adueñaron de las canchas, organizan campeonatos de fútbol en los que reparten droga y luego los mandan a vender.

Idas y vueltas

En estos días los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial están discutiendo qué hacer con la suspendida ley provincial para luchar contra el narcomenudeo, porque en su momento la aprobaron, sin saber cómo la iban a aplicar y poco después la postergaron. Esa ley ha sido otro mojón más en las posturas relativas y ambiguas (como diría Del Guercio) surgidas de no saber qué hacer. Al igual que la declaración de emergencia en seguridad, o la ley que crea el observatorio de adicciones (Ley 9.909), que fue parcialmente vetada (porque violaba la privacidad de los pacientes de adicciones). Esta norma, que (según se dice) podría permitir comenzar a hacer relevamiento de datos, lleva dos años sin reglamentación.

Mientras tanto, ¿qué hacer? Acaso los asistentes sociales que hacen relevamiento de necesidades de familias en los CAPS podrían recabar datos sobre adicciones para que el Estado pueda elaborar una política en serio. Porque encontrar docentes que no saben qué hacer, operadores que no tienen elementos de trabajo (grupos sin personal) y talleres que se dictan sin el apoyo para el tratamiento específico en adicciones muestran a un Estado navegando sin brújula en un mar agitado. Y eso sólo atiza, en ciertos casos, los miedos sociales; y en otros, la indiferencia. Y ahí están. Unos eufóricos, otros deprimidos, todos alucinados. Fuera de la realidad.

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