“Odio la fascinación que hay con las cárceles”

El escritor acaba de publicar Magnetizado, libro basado en 90 horas de entrevistas a Ricardo Melogno, preso por cometer en los años 80 una serie de asesinatos de taxistas

27 May 2018
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Por Alejandro Duchini - Para LA GACETA - Buenos Aires

A lo que más le temía a mis 11 años era a un asesino que mataba taxistas en mi barrio de Buenos Aires, Mataderos, en 1982. Sus crímenes eran tapa de los diarios. “Asaltan y asesinan a otro taxista”, “Otro taxista asesinado en Mataderos”, “Detienen a 17 sospechosos” y “¿Hay más de un asesino?” eran algunos de los títulos. Lo peor fue cuando uno de ellos apareció muerto a una cuadra y media de mi casa. En mi familia no había taxistas, pero desde mi infancia imaginaba que el tipo, en una de ésas, podía entrar a mi casa y matarme. Pero lo peor se me antojó cuando apareció su identikit: pelo corto, anteojos y una mirada que me acosaba desde el fondo de la noche.

El asesino fue identificado como Ricardo Melogno, lo entregó su familia tras matar a cuatro choferes y nunca más se supo de él. No fue uno de esos asesinos seriales inolvidables, al estilo Robledo Puch. Quedó en el anonimato general, pero yo jamás lo pude olvidar. Por eso me sorprendí hace unos meses, cuando un gran escritor como Carlos Busqued (no dejen de leer su Bajo este sol tremendo) publicó Magnetizado (Anagrama): casi 150 páginas de aquella historia. 90 horas de entrevistas a Melogno en la cárcel. Leer aquella historia con los detalles a través de su autor me suena increíble, más allá de que también haya testimonios de profesionales que lo trataron.

El libro podría dividirse en dos partes. Una primera con los detalles de los asesinatos y una segunda para graficar cómo es la vida en esa selva que es el sistema carcelario.

Busqued no se arroga el protagonismo ni pretende una novela. Sólo le da la voz a Melogno a través de preguntas y repreguntas.

“Aquello sucedió justo cuando se desmoronaba la dictadura: las noticias macabras eran más fuertes desde ese lado. En el diario del día de la detención de Melogno la noticia era el crimen de (Marcelo) Dupont, uno de los grandes casos de internas de la dictadura. Eso sepultó un poco lo de Melogno”, me dice Busqued mientras repasamos Magnetizado. El título nace en una escena que le cuenta el propio asesino sobre los minutos posteriores a cometer uno de sus crímenes: “Estoy comiendo en el Dos Hermanos, que resultó quedar a una cuadra y media de donde dejé el auto. Me siento a comer y veo que se me pegan los cubiertos a la mano. Lo primero que se me ocurre pensar es: ‘La mierda, estoy magnetizado, qué me pasó’. Me fijo bien, y no: tenía sangre en la mano. Era la sangre lo que me hacía pegar el cubierto. A la mierda. Me miro el pantalón. Manchado de sangre. La campera: con manchas de sangre”. “¿Y qué hiciste”, le pregunta Busqued. La respuesta roza la ironía: “Nada. Seguí comiendo”. “Entendí que el momento del ‘estoy magnetizado’ es un punto que condensa la historia. Es como que toda la historia está ahí. Aparte se alinea con otro par de cosas metafóricas: como estar en el mismo lugar con otros taxistas que también comían y hablaban de los crímenes”, agrega Busqued.

Melogno, hoy de 55/56 años (tenía 20 al momento de los asesinatos), comenzó su recorrido carcelario en Caseros. Después Ezeiza y otros centros. Lo que siguió fueron pastillas, violencia, tratamientos estériles, maltrato y un ganado respeto que tuvo, entre otras características, una mirada que metía miedo a sus compañeros.

Su infancia fue durísima. Con una madre espiritista que lo castigaba y le contaba historias de diablos. Un intento de suicidio, la soledad y la antisociabilidad. Después, cuando se fue a vivir a la calle tras robar un revólver a su padre, empezó a matar. “Es éste”, pensaba mientras paraba el taxi en el que cometería el crimen. Mataba, cuenta que no sentía nada y que seguía su vida como siempre. En este punto, uno de los detalles más conmovedores es cuando, tras el primer crimen, se asusta al ver unos ojos que lo miran: “De repente levanto la vista y veo que me están mirando. Me paralicé del cagazo, hasta que pasan unos momentos y entendí lo que pasaba. Era el espejo retrovisor. Eran mis ojos, en el espejo retrovisor”. No es menor tampoco lo que pensó tras el primer asesinato: “¿Esto era? ¿Esta boludez?”. De su madre no se supo más. Su padre, con quien retomó la relación en los tiempos de los asesinatos, era el único que lo visitaba. Se enteró de su muerte a través de dos hermanos a los que no volvió a ver.

El origen

Busqued cuenta cómo se produjo el origen del libro: “No conocía el tema: en esa época vivía en Chaco. En el interior no tuvo tanta repercusión como acá. Las entrevistas se hicieron por un pedido de la defensa. Llevaba diez años sin consumir medicación psiquiátrica, con una rehabilitación muy grande, trabajando consistentemente, cuando se le propone ordenar su propia historia, que para él tenía una serie de agujeros, a través de la escritura. Ricardo no la quería escribir, pero aceptaba contarla. Le acercaron mi libro, Bajo este sol tremendo, tuvimos una primera charla, estuve con su defensa y se solicitó en ese marco que se autorizara este trabajo. La historia la fui conociendo un poco por él, otro poco por los diarios, me fui a la Biblioteca Nacional, a la del Congreso, y mucho más fue apareciendo a medida que charlábamos”.

La relación entre ambos se acentuó. “Siento que es un tipo que se ganó mi respeto, mi consideración y mi simpatía. Fue muy generoso conmigo, charlando y siendo sincero. Eso lo respeto”, dice Busqued. Y define a Melogno: “No es un malvado. Me decían que era un asesino, que tenga cuidado. Pero es amable, honesto, distante. No da la impresión de estar mintiendo. Es alguien que pasó muchos años de interrelación con el Estado y las instituciones psiquiátricas, respondiendo a un poder inquisidor. Las charlas apuntaron hacía quién era él más que a acusarlo”.

Busqued cuenta también que Melogno “es un tipo respetado en la cárcel. No tiene ninguna herida de preso en 35 años, una de las cosas más raras de esta historia. Cada vez que lo apretaban, se cagaba de risa. Había como una cosa que daba miedo en él. Entre eso y que se adaptó a las reglas de la cárcel, supongo que armó como un sistema de convivencia que lo aprendió de los más viejos”.

Entre rejas

Sobre la producción del libro, dice Busqued que evitó el tono tumbero: “Odio la fascinación que hay con la cárcel. Es una mierda la cárcel. Y ojo que este trabajo me obligaba a ir en un horario en el que no me tocaba pasar por el infierno de la visita. No hay nada amable. Está hecha para castigar a la gente más pobre. Sólo zafás si tenés guita”.

En la cárcel, Melogno hizo su propio altar. Hasta los carceleros le hacían pedidos: que vuelva un amor, que ocurra tal cosa y que no pase otra y así. El papa Francisco en una visita le regaló un cáliz para que haga sus misas. “Tenés un cáliz del Papa para celebrar a los espíritus y Lucifer”, le acota Busqued. “Muy buena onda..., es un franciscano, no es un cura común”, le devuelve.

Melogno aprendió además que el Rivotril cotiza en alza entre las rejas y que puede ser el origen de una tragedia. “Si entra Rivotril a un pabellón es para quilombo, inevitablemente”, explica Melogno, quien en ese ambiente se acostumbró a ver de todo.

35 años después, y con tanto cambio social, Melogno le dice a Busqued que una de sus fantasías es ir a un supermercado y conocer verduras que nunca vio. Cuenta que en uno de los dibujos de un test había algo que no conocía. La señora que le tomaba el examen le preguntó cómo era posible que no lo conozca. “Hace 30 años que estoy preso, ¿dónde cree usted que voy a ver un brócoli?”, le contestó.

Melogno ahora dice que lo único que quiere es ser una persona: “Fui una cucaracha. Y después un monstruo. Y después un preso. Me gustaría ser una persona. O sea, no ocultar lo que fui, pero… ser una persona común. Cuanto más pueda desaparecer entre la gente, mejor. Esa deuda pendiente, de ser uno más. Perdido en el montón”.

© LA GACETA

PERFIL

Carlos Busqued nació en el Chaco, en 1970. Es escritor y productor radial. Produjo los programas Vidas ejemplares, El otoño en Pekín y Prisionero del Planeta Infierno. Colaboró en la revista El ojo con dientes. Fue nominado al prestigioso Premio Herralde por Bajo este sol tremendo, novela traducida al inglés por Megan McDowell.

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