Los siniestros viales y el fracaso social y estatal

21 May 2018 Por LA GACETA

Yerba Buena volvió a ser el escenario de un terrible accidente de tránsito. Ocurrió en la esquina de avenida Perón y Bascary, donde hace 11 años y medio murieron María Silvia Jantzon de Marchese y su hijo Domingo Marchese. En la madrugada de ayer, el conductor de un vehículo tomó a una velocidad tal el lomo de burro en esa intersección que su auto saltó y cayó sobre otro. No hubo víctimas fatales, pero hay para lamentar el fracaso de la sociedad por el incumplimiento de las normas de convivencia, así como el fracaso de las autoridades para hacer cumplir las leyes.

Las estadísticas abruman. Según el Instituto de Seguridad y Educación Vial (ISEV), en 2017 hubo un aumento del 21,5% en la siniestralidad vial comparado con 2016; y un incremento del 9,2% en la cifra de muertes por hechos viales.

Opera, fuera del universo de los números, un doble fenómeno cotidiano. Por un lado, el ejemplar comportamiento de los tucumanos en las provincias con cultura sancionatoria. En la ruta 2 respetan los carteles de velocidad máxima por el control radarizado. En la autopista Córdoba-Rosario no sobrepasan los 130 km/h. Por otro lado, hay conductas culturales virtuosas que no tienen que ver con el temor a la multa. En Villa Gesell, hay cultura de que quienes manejan por la transitadísima avenida 3 le ceden el paso a quienes van a cruzarla. En Miramar, los peatones y los ciclistas tienen prioridad para cruzar calles o para transitarlas. ¿Entonces?

La mixtura revela acaso que el abordaje de este epidemia debe ser mixto. Por un lado, los tucumanos deben estar dispuestos a propiciar desde el ejemplo una nueva cultura vial. A diario se observa a motociclistas infringiendo las normas en cada calle, y a los policías andar sin casco en motos sin patentes, y a los padres de alumnos estacionando en doble fila, y el mes pasado fue noticia un panadero que, según la Policía, para huir de un control de tránsito manejó por la vereda, embistió a dos motoristas y terminó protagonizando una persecución.

Se advierte, a la vez, que es indispensable la educación vial desde las aulas, reforzada por campañas públicas de concientización. Las que se realizaron sobre la ecología y sobre los peligros del tabaquismo generaron en las nuevas generaciones conciencias claras en favor de lo uno y en contra de lo otro. Pero todo eso debe verse refrendado por los adultos: un niño que observa a su padre cruzar semáforos en rojo aprenderá eso y no lo que enseñe la escuela.

A la par, los controles del Estado deben tener una finalidad mucho más altruista que la recaudación. El sistema de “scoring” para los carnet de manejo se anunció ocho años y en lo único que se avanzó fue en el cobro de multas labradas en diferentes jurisdicciones. De igual modo, los controles de tránsito desaparecieron de la avenida Perón, para trasladarse a la Aconquija, no porque refistre más accidentes sino porque es más transitada.

Finalmente, la sociedad civil, desde sus distintas organizaciones, también puede hacer aportes prácticos, como el ensayo de 2010 en la ciudad de Santa Fe, donde un centenar de restaurantes aplicaron el pago del taxi para los comensales que hubieran consumido más de dos copas de vino o de dos vasos de cerveza, con la finalidad de reducir los accidentes viales.

Eso sí: el Estado debe garantizar, estructuralmente, que estas alternativas sean posibles. No se puede desalentar el uso de vehículos privados si no hay transporte público de calidad.

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