El último intento por revivir al gigante de la escuela Sarmiento

El emblemático y añoso árbol de la Escuela Sarmiento corre peligro de muerte. Las sarmientinas lo despiden con honores. Mañana, si el tiempo acompaña, se hará un poda drástica para tratar de reanimarlo.

04 May 2018

Quién sabe desde cuándo estaría reteniendo su aliento enfermo. No quería que las alumnas supieran de su agonía. Por eso, el último viernes de marzo, esperó a que se fueran todas para dejar caer las hojas que ya no podía sostener. El sábado 24 la vicedirectora y otras profesoras entraron a la escuela a sacar unos carteles para la marcha de la Memoria y se encontraron con el colchón verde pardusco derramado alrededor del tronco centenario. El viejo San Antonio de la Escuela y Liceo Vocacional Sarmiento anticipaba su invierno y dejaba al desnudo sus ramas “huesudas”.

Marcela Estrada, que había quedado congelada en el centro del patio, con los carteles en las manos, supo que el ocaso estaba cerca. De inmediato recordó el diagnóstico del ingeniero agrónomo Daniel García Paulucci sobre la salud del árbol –que en realidad no es un San Antonio sino un gomero – : presenta un peligro para el alumnado, ya que puede caer en cualquier momento”. No había dudas de que el árbol había “comenzado a despedirse”, como le asegura el experto a LA GACETA.

Mañana, si no llueve, se hará la “poda de rejuvenecimiento” que no es otra cosa que una drástica reducción de su copa para alivianar el peso y evitar que se desplome. Sus raíces están muy débiles y ha perdido las hojas por las que se alimenta. Después de podarlo se le hará una terapia con nutrientes para fortalecerlo. “Si logra superar esta etapa podrá sobrevivir unos años más, pero como todo ser vivo, este árbol centenario ya ha cumplido su ciclo. Muchos otros de esta misma especie (Ficus retusa), plantados en la misma época, están en peor situación que este”, dice el experto. En consecuencia, sugiere que se vayan plantando los dos retoños del mismo árbol que hay en la escuela para su recambio generacional.

Abrazo de ramas

Las explicaciones sobre el fin natural de la vida no consuelan al alumnado ni a las ex alumnas. Ya se están organizando para darle los últimos homenajes en vida. Ayer por la tarde un grupo hacía una mateada alrededor del tronco. Hoy, a las 14.30, si el tiempo acompaña, las ex alumnas se reunirán en el patio para sacarse una foto. La directora, Eugenia Ruiz, ha dispuesto que cada grupo de escolares (incluidos los primeros varones del jardín de infantes) se tomen una fotografía frente al anciano ejemplar. También lo harán las profesoras por un lado, las jubiladas y el personal auxiliar, por el otro. Todo el material que se reúna conformará un libro sobre el San Antonio que quedará para la posteridad.

Las grandes ramas resultantes de la poda no irán en la basura, sino que se quedarán en la escuela en la forma de asientos y mesas para los chicos. De esa manera, la tradición de reunirse alrededor del árbol para conversar, jugar o compartir unos mates no se perderá.

Los recuerdos

“Este árbol me abrazó con sus ramas durante toda mi niñez, mi adolescencia y mi juventud. Ahora que tengo 50 años, todavía sigue siendo un símbolo para mi vida”, reflexiona con emoción Matesa Vallejo, hoy maestra de nivel inicial. “Ingresé a esta escuela a los cinco años. El sorteo se hacía debajo del San Antonio. Recuerdo que mi padre ya se iba a la casa al ver que mi número no salía, cuando lo anuncian. Era el último”, evoca como si fuera ayer.

“Debajo del San Antonio ocurría todo. Cuando había algún tema importante decíamos: vamos al árbol y ahí se arreglaba todo. Era el lugar de las confesiones y del primer beso cuando llegaban los chicos durante la semana de la escuela”, recuerda entre risas.

“Bajo este árbol repasábamos para los exámenes, ayudábamos a las compañeras que no habían estudiado, consolábamos a alguna que había sido aplazada... Bajo su sombra desplegábamos nuestros talentos en el music show que hacíamos para la semana de la escuela. A mí me encantaba cantar y bailar”, cuenta Andrea Esparrel, de 43 años, ex alumna y hoy maestra de la primaria.

Roxana Ocampo se ve a sí misma jugando entre las raíces del árbol mientras se hace el sorteo de ingreso al jardín de infantes. El día que se recibió, hace 35 años, volvió a subir al cantero convertido en escenario para recibir su diploma de bachiller.

El “San Antonio” de la Sarmiento es un símbolo presente al lado del escudo escolar, en los diplomas que se entregan a las egresadas, en las medallas que se dan a las profesoras que se jubilan, en las souvenirs que se reparten en cada acto, en los pin de las alumnas, en cuadros, grabados y esculturas de la escuela.

María Aylén (16 años) quiere hablar sobre lo que el árbol de su escuela significa para ella y no puede. Se tapa la boca y ciñe sus ojos. Sus compañeras la abrazan, la contienen ...

“nos avisa que se está muriendo”
“Este es un árbol tan noble, que unos 15 años antes nos avisa que se está muriendo. Sus síntomas son la abdicación de su parte aérea, que se manifiesta con la caída de las hojas, y después la de sus ramas. Pero si cae una rama en un recreo va a dejar de ser un árbol amado para pasar a ser el más odiado. Es muy peligroso”, advierte el ingeniero agrónomo Daniel Esteban García Paulucci, experto especializado en silvicultura tropical y subtropical y máster en recuperación de áreas naturales. 
“Al igual que todo ser vivo, cada especie tiene un ciclo de vida y muere. Este ejemplar (Ficus retusa o gomero) por más que sea longevo no lo es tanto como un arrayán o un olivo, y ya ha vivido más de 100 años. Ante el menor síntoma hay que tomar medidas de seguridad, mucho más si se encuentra dentro de una escuela”, afirma el especialista de la UNT consultado por la dirección de la Escuela Sarmiento.
En un informe presentado en 2012, con motivo de una consulta realizada sobre un hongo que atacó al árbol, el experto de la cátedra de Silvicultura de la Facultad de Agronomía y Zootecnia señalaba que la especie “contenía secreciones en distintas partes del tronco principal con exudados que ponían de manifiesto síntomas de necrosis futuras por las lesiones sufridas en podas anteriores”.
El ejemplar tiene una altura que sobrepasa los 15 metros. “Erróneamente se la llama San Antonio por la similitud de sus hojas con relación a esa especie nativa”, aclara. Explica que las raíces del árbol de la escuela están muy debilitadas. “Está muy claro que tiene grandes dificultades para mantenerse y sostener el volumen de su copa. Hay que suponer que lo mismo que se ve por arriba hay por debajo de la tierra. Entonces para mantenerse lo primero que abdica es de sus hojas, es el primer signo de decrepitud. El árbol está en vías de muerte. Por ello vamos a hacer una poda de rejuvenecimiento y una terapia de agroquímicos en sus raíces. No es 100% seguro. Pero si vuelve a brotar va a vivir unos años más”, asegura.

 “Nos avisa que se está muriendo”

“Este es un árbol tan noble, que unos 15 años antes nos avisa que se está muriendo. Sus síntomas son la abdicación de su parte aérea, que se manifiesta con la caída de las hojas, y después la de sus ramas. Pero si cae una rama en un recreo va a dejar de ser un árbol amado para pasar a ser el más odiado. Es muy peligroso”, advierte el ingeniero agrónomo Daniel Esteban García Paulucci, experto especializado en silvicultura tropical y subtropical y máster en recuperación de áreas naturales. 
“Al igual que todo ser vivo, cada especie tiene un ciclo de vida y muere. Este ejemplar (Ficus retusa o gomero) por más que sea longevo no lo es tanto como un arrayán o un olivo, y ya ha vivido más de 100 años. Ante el menor síntoma hay que tomar medidas de seguridad, mucho más si se encuentra dentro de una escuela”, afirma el especialista de la UNT consultado por la dirección de la Escuela Sarmiento.
En un informe presentado en 2012, con motivo de una consulta realizada sobre un hongo que atacó al árbol, el experto de la cátedra de Silvicultura de la Facultad de Agronomía y Zootecnia señalaba que la especie “contenía secreciones en distintas partes del tronco principal con exudados que ponían de manifiesto síntomas de necrosis futuras por las lesiones sufridas en podas anteriores”.
El ejemplar tiene una altura que sobrepasa los 15 metros. “Erróneamente se la llama San Antonio por la similitud de sus hojas con relación a esa especie nativa”, aclara. Explica que las raíces del árbol de la escuela están muy debilitadas. “Está muy claro que tiene grandes dificultades para mantenerse y sostener el volumen de su copa. Hay que suponer que lo mismo que se ve por arriba hay por debajo de la tierra. Entonces para mantenerse lo primero que abdica es de sus hojas, es el primer signo de decrepitud. El árbol está en vías de muerte. Por ello vamos a hacer una poda de rejuvenecimiento y una terapia de agroquímicos en sus raíces. No es 100% seguro. Pero si vuelve a brotar va a vivir unos años más”, asegura.

LA HISTORIA 

El bautizado “San Antonio” de la Escuela Sarmiento debió haber sido plantado en los últimos años del siglo XIX. Ya era significativo en 1914, porque según consta en las crónicas de la época el gobernador Ernesto Padilla, al inaugurar, en ese ámbito de la Sarmiento, la Universidad de Tucumán, subrayaba que lo hacía “bajo la sombra de este árbol que cuenta la tradición más antigua de su vida estudiosa”. (LA GACETA, 26 de febrero de 2008).




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