Los cristianos están llamados a ser Misioneros de la Vida

18 Mar 2018

LA MISA DE HOY

PBRO. MARCELO BARRIONUEVO

“Oh Dios crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”. Va terminando la Cueresma y nos disponemos a participar de la Semana Santa y del gran misterio Pascual: el paso de la muerte a la vida de Jesucristo, el primogénito de sus hermanos los creyentes, con la petición de que el Señor nos conceda un corazón entregado a la causa del Evangelio.

El Evangelio nos habla de la semilla de trigo que cae y muere dando fruto. Todos sabemos lo que cuesta arrojar en el surco del amor a Dios y a los demás el grano de trigo que somos cada uno. Y cuesta más a medida que transcurren los años y decae el vigor propio de la juventud, al que se unen, además, tantas decepciones que cosechamos en esa labor.

Un pesado cansancio se embosca tras estas experiencias. Nadie está vacunado contra estas o parecidas falsificaciones que hacen costoso ese cambio del corazón que la Iglesia ha ido proponiéndonos a lo largo de estos 40 días. Sin embargo, hay que decidirse a sobreponerse a esa comodidad que se instala en nosotros y que, como el grano de trigo que quedaría solo si se entierra, nos distancia dolorosamente de Dios y de los demás haciendo infecunda nuestra vida.

A dos niveles podemos reflexionar esta entrega del grano de trigo: una interior y otra de acción exterior en las circunstancias de hoy. En el primero podríamos trabajar sobre dos pequeños sacrificios -entre tantos- que tienen su importancia en el trato con los demás y en quienes debemos ver la imagen de Dios: escuchar con interés a quienes nos dirigen la palabra, y sujetar la lengua cuando se produzcan esas discrepancias propias de toda convivencia. Escuchar no es lo mismo que oír. Al cabo del día se oyen muchas cosas pero se escucha poco. Hay personas que tienen tal incontinencia verbal o que se quieren imponer tanto a los demás, que no escuchan; sólo hablan. Y cuando parecen escuchar, solamente se está tomando un respiro para intervenir de nuevo. Otro ejercicio interior puede ser sujetar la lengua y no almacenar agravios y desaires. “Lejos de nuestra conducta, por tanto, el recuerdo de las ofensas que nos hayan hecho, de las humillaciones que hayamos padecido -por injustas, inciviles y toscas que hayan sido-, porque es impropio de un hijo de Dios tener preparado un registro, para presentar una lista de agravios” (San Josemaría Escrivá).

En el segundo plano de reflexión tendremos que aprender del grano de trigo en saber morir para dar vida. Esta comparación nos estimula a dar la vida por las causas fundamentales de la existencia. Los momentos cruciales que viven el mundo, la Iglesia, nuestra Argentina, nos convocan a ser portadores del “Evangelio de la Vida”, como decía Juan Pablo II en su encíclica. La propuesta del aborto debe ser respondida con una valiente convicción de ser sembrador de vida y de hacer tomar conciencia de los derechos innatos desde el seno materno. La vida no está hecha para juntar dinero, fama o poder; la vida del cristiano es convocada a una entrega generosa de servir a la vida y ser portadores de la conciencia de la verdad de las cosas; ¡ser Misioneros de la Vida!

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