Un instrumento de Dios

21 Ene 2018 Por Roberto Espinosa
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Las manos de cinco años acarician en el último acorde. La alegría es una enredadera en su cuerpo cuando los aplausos giran como remolino en la sala. Un hombre sube al escenario y le asienta un Fox Terrier en los brazos. El niño acurruca el perrito contra el pecho y su sonrisa sale del escenario, y vuela por una ventana al mundo.

En Bucarest, ese 19 de marzo de 1917, una familia está de fiesta. El violín de papá y el piano de mamá arrullan los primeros sueños de Dinu. La música es una antigua vecina del hogar. Su padre ha estudiado con Pablo de Sarasate y con Carl Flesch, de manera que naturalmente el niño comienza a desnudar los secretos del piano a los siete años con Miguel Jora y más tarde con Florica Musicescu. Georges Enescu es su padrino. Años después observará con cariño la foto en la que el famoso maestro posa una corona de laureles sobre la cabeza del ahijado de 4 años.

Tiene 14 cuando el Conservatorio de la capital rumana le entrega el diploma de alta distinción. Travesea ya en los pentagramas; con la suite sinfónica “Los gitanos” conquista un premio de composición. 1934. En el Concurso Internacional de Viena, la ira de Alfred Cortot explota entre el jurado. El primer premio es para un pianista que por su edad ya no puede presentarse nuevamente, y en Dinu recae el segundo. Los ofrecimientos de conciertos llueven, pero mamá lo lleva a las colinas rumanas, donde Dinu compone y se zambulle en charlas campesinas. Pensamientos y esperanzas viajan a París, donde trabaja el piano con Cortot, dirección orquestal con Charles Münch y composición con Nadia Boulanger, su madre espiritual.

La fama crece bajo los dedos, pero la humildad le ilumina el corazón cada vez que bucea en una página de Juan Sebastián Bach. “Si uno quiere escribir un sueño tiene que estar infinitamente despierto. Si uno quiere hacer grandes cosas, debe pensar profundamente en los detalles. El gran artista es aquel que exalta la dificultad y a quien los obstáculos le sirven como trampolín”, reflexiona, mientras escribe “Un concertino en estilo clásico” y las “Danzas rumanas”. “¿De dónde te viene la inspiración para componer?”, pregunta Madeleine, su aristocrática esposa. “Es muy sencillo: miro el cielo y en la marcha de las nubes escucho música”, responde.

Pero es con el piano que despabila los aplausos europeos. Segunda Guerra Mundial. Dinu vuelca su talento docente en la cátedra de virtuosismo del Conservatorio de Ginebra. Una desgracia: la leucemia duerme ya bajo su almohada. Su vida es un calvario. “Poco a poco voy reencontrando mi vitalidad artesanal y mis fuerzas musculares que se traducen en una amplia sonoridad y en el deseo de volver a tocar las piezas de bravura que creía prohibidas a causa de esta maldita enfermedad”, le dice a Florica Musicescu.

1950, septiembre. Lucerna. Herbert von Karajan lo dirige en el Concierto en Do mayor Nº 21, de Mozart. “Ya no era una obra de piano, sino música desprendida de peso terrenal, música en la forma más pura que venía de alguien que ya casi no estaba con nosotros”. El director Ernest Ansermet comenta sobre el Concierto de Schumann: “Lloré durante todo el concierto. Tenía ante mis ojos a alguien que daba la impresión de ser un moribundo y que tocaba de manera sublime”.

El director orquestal Paul Sacher le consigue cortisona en Estados Unidos. Los dolores disminuyen, pero la leucemia marcha en molto agitato. Su fe tiene 33 años. Septiembre 16, Besançon. El último soplo pianístico se sube al escenario. Conversa con los duendes de Bach, Mozart, Schubert y Chopin. Los gestos inflexibles de la muerte perturban al público. La dignidad le sostiene el alma. En el Mi bemol mayor de la vida, la alegría baila ahora entre sus dedos un enjundioso Gran Vals Brillante, del polaco Federico. El calendario se paraliza el 2 de diciembre de 1950. La radio murmura místicas resonancias de un cuarteto de Beethoven, que rodean el sillón donde está recostado. “¡Para escribir esta música hay que ser un instrumento de Dios!”, exclama Dinu Lipatti, mientras se va caminando por ese precipicio de luz de donde ya no volverá.

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