La degradación de la selva peruana

20 Ene 2018

De Rosemary Cueva Sáenz, DPA.-

Flavia, una chica huérfana de 15 años, decía hace una semana que quería contarle al papa Francisco sobre “el infierno” de su ciudad, Puerto Maldonado, en la Amazonia peruana. Ayer, junto a un centenar de compañeros del albergue, pudo verlo, saludarlo y transmitirle sus preocupaciones. “Esperamos que con la visita del Papa las personas cambien su forma de ser, que se recuperen como sociedad y tengan más espíritu, que la minería acabe porque está destruyendo los árboles y matando a los animales”, dijo Flavia sentada en el jardín del albergue “El Principito”, donde vive desde hace dos años.

El Principito, fundado por el sacerdote suizo Xavier Arbex en 2006, fue uno de los lugares de Puerto Maldonado, capital del departamento Madre de Dios, al que llegó el Papa como parte de su visita de cuatro días por el Perú. “Ustedes niños son nuestro tesoro, el más preciado que tenemos que cuidar. Perdonen las veces que los mayores no lo hacemos o no le damos la importancia que se merecen. Sus miradas y sus vidas siempre exigen un mayor compromiso para no volvernos ciegos o indiferentes ante tantos otros niños que sufren y pasan necesidad”, fueron las primeras palabras de Francisco a sus pequeños oyentes. El Papa fue recibido en el hogar con la canción “Que canten los niños” y una actuación de un grupo de adolescentes sobre la explotación de los pueblos indígenas por el sector extractivo.

Durante la reunión hubo espacio para que el pontífice conociera a jóvenes que, tras ser albergados desde niños en El Principito, obtuvieron becas para estudiar carreras profesionales, como el caso de Dirsey Garica, quien pronto se graduará en psicología. “Tengo 25 años y hace 13 años perdí a mis padres. A pesar de la gran falta que me hacen aprendí a sobrevivir sin ellos. Este hogar fue una luz de esperanza y me dio apoyo y amor al igual que a otros chicos que han sido huérfanos y víctimas de la violencia”, contó Garica al papa.

El Principito, construido en su mayoría con madera y al costado de una calle sin asfalto, ha dado hogar a más de 200 niños y adolescentes. Actualmente son 42 los menores que se refugian en el albergue de la pobreza, el abandono y la violencia que convierten a Madre de Dios en una de las zonas más críticas del Perú.

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