Elige tu propia reforma electoral

¡Atención! Esta historia es diferente a otras que hayas leído porque eres tú quien deberá elegir el camino e, incluso, cómo terminará

30 Dic 2017 Por Fernando Stanich
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Un día, a la salida de la escuela, tú y tu hijo deciden ir a almorzar. Ya sentados en la mesa y, mientras esperan que llegue la comida, Joaquín -incómodo- te pregunta cómo puede hacer para conseguir más votos que su amigo Fabricio y ganar la votación del centro estudiantil. Sorprendido porque no sabías que a los 14 años a tu hijo le interesaba la política ni tampoco que había elecciones en la escuela, pensás por unos segundos y suspirás. Joaquín espera una respuesta, algo avergonzado por la pregunta, y vos aún dudás. En ese momento en que el reloj no corre, la tensión se rompe.

-“Señores… permiso”-, irrumpe una moza alta, de pelo castaño y sonrisa ancha.

Mientras deja sobre la mesa una botella de agua saborizada para vos y una Coca Cola para Joaquín, una ensalada de tu lado y una milanesa con papas del otro, aprovechás para retomar el pensamiento. Recordás la primera vez que votaste. Aún regía la Ley de Lemas y la desocupación era alta. De tu cuadra, al menos 10 vecinos aparecían en alguna de las miles de listas de candidatos y tus viejos te los enumeraban uno por uno. Calderón, el empleado de Vialidad al que una camioneta con chofer buscaba cada mañana, se postulaba por una lista del radicalismo que prometía terminar con los privilegios de los políticos. Rojas, el bancario que los fines de semana ponía la música a todo volumen hasta la madrugada, aparecía en otro lema del peronismo con la consigna “Lleve a un vecino a la Legislatura para que lo respeten”. Y Agüero, la señora de la esquina que se pintaba los labios de color rojo y usaba tacos para ir a la verdulería, y que figuraba en las listas de deudores de las tres almacenes del barrio.

Suponés entonces que no es conveniente contarle eso a Joaquín, que entre bocado y bocado levanta la vista como apurándote una respuesta. Tus recuerdos vienen un poco más aquí en el tiempo y, cuando crees que encontrás una buena idea, aparece la imagen de los cientos de acoples, de los autos cargados con bolsones en las escuelas y de ese domingo que necesitabas tomar un taxi para ir hasta el centro y no podías porque todos estaban trabajando para llevar y traer gente. Se te vienen a la mente los codazos en los pasillos de los colegios, y las pilas y pilas de votos en el cuarto oscuro. Nunca encontraste la boleta que querías y terminaste votando a cualquiera.

Tampoco es un buen ejemplo para citar.

Joaquín, algo impaciente, te cuenta que Fabricio ya hizo algunos carteles y los pegó en las paredes del colegio, y que a varios de los amigos en común les pidió que lo voten. A cambio, te dice asombrado y enojado, les está prometiendo que hablará con los profesores para que en las horas libres se pueda jugar al fútbol en el entrepiso.

-¡Eso es mentira, papá! El entrepiso da a las otras aulas y no nos dejan jugar a la pelota porque manchamos las paredes y molestamos al resto de los grados-, te dice ya indignado Joaquín.

A vos se te ocurre tranquilizarlo diciéndole que los políticos siempre mienten, que prometen cosas que luego no podrán cumplir. Le contás que una vez, en una elección, un juez había dicho que prohibirían la entrega de bolsones para que la gente pobre fuera a votar y que no se permitiría usar autos para trasladar a los vecinos a la escuela. Joaquín te mira por primera vez interesado para que apures el desenlace del relato. Y sonreís, porque avergonzado le decís que en lugar de bolsones dieron vales para comprar mercadería en un supermercado y que ese día había largas filas de clientes gastándolos. “Para colmo -continúas-, a los autos en los que llevaban a la gente a las escuelas les pusieron calcomanías de animales. Una cebra, un mono, un perro, un gato, un elefante...”. Joaquín, incrédulo, te interrumpe.

-¿Y qué hizo ese juez?-, te pregunta.

“Se resignó. Dijo que los políticos siempre se las ingenian para hacer trampita y que había una cuestión cultural en la sociedad, que no rechaza ni repudia esas cosas”, le explicás.

Ambos se quedan en silencio nuevamente. Y pensás que en la media hora que llevan juntos no le pudiste dar ninguna respuesta que le sirva para la elección. En un intento por no hacerlo perder las esperanzas, le decís que hay muchas ideas buenas que se pueden aplicar para que votar sea una alegría y no un trastorno, para que haya transparencia y para que ganen los que mejor hacen las cosas. Y que las están analizando y que seguramente estarán listas para la próxima votación, porque así lo prometieron… “¿Quiénes? ¿Los mismos políticos de los que venís hablando?”, te corta Joaquín. “Sí”, atinás a replicarle, algo sonrojado.

El porqué

La remodelación de las reglas electorales urge si se quiere dejar atrás los sinsabores y dificultades de los comicios de 2015. Los acoples colapsaron y la búsqueda de una alternativa desafía a la dirigencia. Será un tema crucial para 2018.

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Anuario 2017
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