Kevin Johansen, el trovador de las canciones irresistibles

Mañana llegará a Tucumán para presentarse en el Teatro Mercedes Sosa. A pocas horas del show habló con LA GACETA sobre los temas que lo apasionan: el arte, los sonidos, la inspiración y el universo que lo rodea. El recital incluirá temas de su último disco y los clásicos que desde hace años viene tocando con The Nada, la banda que responde con acierto a la definición de “aplanadora del folk”. En la previa, dejó jugosas definiciones.

02 Nov 2017
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El impulso humano de ponerle un rótulo a todo choca con cierta dificultad para encontrar una categoría ajustada al arte musical que propone Kevin Johansen. En su repertorio es posible encontrar toda clase de sonidos y temáticas, lo que no resulta del todo extraño si se atiende a que él mismo es una ensalada que camina: nacido en Alaska, de madre argentina, apellido noruego, raíces ibéricas y una devoción casi religiosa por las culturas del continente americano. Esto último se ve reflejado con más fuerza que nunca en su último disco, ya desde el mismo título: “Mis Américas. Vol ½”. En él, propone una surtida travesía musical a través del continente a bordo de “la aplanadora del folk”, o lo que es lo mismo, The Nada, la banda que lo acompaña desde hace 15 años.

Mañana será el turno de presentar el disco en Tucumán, como parte de una gira que lo tiene ocupado desde el año pasado. “Es la gira sin fin, como diría Bob Dylan, je”, describe el artista, quien a partir de las 22 desplegará toda su versatilidad musical en el escenario del Teatro Mercedes Sosa. Un nombre que, dicho sea de paso, le suena familiar desde pequeño. “Mi vieja era muy intelectual y tenía una batea muy variada. Había discos de la ‘Negra’ Sosa, de Atahualpa Yupanqui y de Tita Merello, así como de folk norteamericano, música de México, del Caribe, de Brasil... Hay mucho de eso en este disco y en este espectáculo”, anticipa.

- Este mes vas a recorrer Europa presentando “Mis Américas”. ¿Cómo puede un disco tan americano impactar allá?

- Así como digo que nosotros somos unos desgenerados, tenemos un publico que es igual, que es abierto. Por lo general, el público es un reflejo de lo que el artista propone. Y el nuestro es un público al que le gusta de todo. Por ahí me divierte cuando se me acerca algún pibe y me dice que sólo escucha heavy metal, pero que tal o cual canción mía le gustó. Ese es el mejor halago que te pueden hacer. Cuando alguien de otro palo te dice que le gusta lo que vos proponés.

- ¿Sos tan abierto para escuchar como para componer?

- Por supuesto. Los oídos son un orificio que no se puede cerrar, así que uno está expuesto todo el tiempo a toda clase de música. Te subís a un colectivo y suena una cumbia, vas por la calle y alguien toca un tango, o pasa un auto con reggaeton a todo lo que da. Eso se va mezclando con lo que uno mamó desde chico. Pero creo que hay tantos gustos como personas en el mundo. Por ahí pasa que a vos te gusta Ricardo Montaner y tu mejor amigo escucha Motorhëad. Pueden ser hermanos del alma, pero en cuestiones musicales no se van a entender nunca.

- ¿Pero hay géneros que no te llaman?

- Como todos, tengo algunos prejuicios. Sin embargo, con el tiempo vas aprendiendo a dejarlos de lado. Por ejemplo, en la secundaria escuchábamos Pink Floyd o Queen, y de repente apareció The Police y pensábamos ¿quiénes son estos payasos cantando “De do do do, de da da da”, y a los seis meses ya nos dábamos cuenta de que The Police era una masa. Dejando de lado los prejuicios se aprende mucho. A mí me gusta decir que me gusta hasta lo que no me gusta.

- ¿Estás todo el tiempo componiendo, anotando ideas, o tenés un período específico para eso?

- No, la máquina no descansa nunca. Uno siempre esta paladeando una idea, o una letra. De golpe, por algún motivo misterioso, la canción te vuelve a llamar y tenés que volver a a guitarra o al papel para registrar una línea. Es un proceso que a veces se intensifica, uno se pone medio caliente con ideas, como yo estoy ahora, ya pensando en el próximo material. Las canciones son como... metejones. Hay como un enamoramiento.

- ¿Entonces andás siempre con la guitarra a mano, por si surge alguna idea?

- Casi siempre, pero cuando no estoy en casa, tengo el beneficio de tener un oído casi absoluto, así que sé más o menos con qué acordes me fui manejando y puedo grabar algo en el celular. Incluso lo que puede surgir es un título, porque soy muy titulero. Una vez alguien me contó que Umberto Eco, cuando enseñaba a sus alumnos a escribir ensayos o notas, los obligaba a empezar por el título. Me parece que es un gran ejercicio, porque el título es la síntesis de la síntesis de lo que vos querés contar. Yo muchas veces he encontrado en títulos una buena idea. “Desde que te perdí” y “Sur o no sur” son buenos ejemplos.

- “Mis Américas” seguramente quiere decir algo, más allá del juego de palabras con el concurso de belleza...

- Sin duda, y tiene que ver con la apropiación. Las Américas a las que me refiero son las que yo conozco, las que manejo, por las que he viajado. No son todas, son las mías.

- ¿Qué tal salió esto de que tus hijos hayan participado en este trabajo?

- Es un placer. Es muy orgánico también, no forzado. Es lindo ver el entusiasmo que provoca tener instrumentos dando vueltas en tu casa y que tus hijos de pronto agarren una guitarra, un ukelele o un piano y quieran tocar con vos.

- ¿Cómo se da el contacto con los otros invitados?

- De formas diferentes. Por ejemplo, en “La Bach-Chata” me di cuenta de que era muy onda Les Luthiers, y que resultaba un gran homenaje a esos desgenerados. Y a su vez, hay una línea que dice “la infelicidad ja ja ja”, entonces me vi obligado a pedirle permiso al maestro (Palito Ortega), y él, con la humildad de los grandes, se rió y me dijo que sí. Y ya que estábamos, le dije “si le gusta, el estribillo es suyo”, y aceptó. Pero también pasa que a veces escuchás una voz que te parece que pegaría bien con una canción. Fue el caso de la colaboración con el Pity Álvarez en el tema “Folky”. Esa voz de niño lastimado del rock, que combina ternura con dureza, pegaba bien. Con Ricardo Mollo lo mismo: como él maneja una muy buena combinación de rock y folklore, sentí que “Zambaguala del viajero” cuadraba en su carril estético.

- ¿Hay algún artista con el que te gustaría contar como invitado para el próximo disco?

- Un montón. Si vamos a fantasear, me encantaría tener a Sabina, a Serrat a Charly, a Caetano Veloso y a muchos grossos más. Pero depende mucho también de que la canción vaya por el carril estético del invitado. No se trata de involucrar a cualquiera en cualquier canción.

- Tenés cientos de miles de seguidores en Facebook, Twitter y Spotify. ¿Le das importancia a las redes sociales?

- Sí, por supuesto. Yo creo que hay un aspecto muy positivo, que es el de conectar. La música es conexión, es compartir lo que uno hace, a ver si gusta, si moviliza, si produce eco. Usar Instagram, Facebook y Twitter también es conectar y compartir. El peligro es que vivimos en la era del ego: miren lo bien que me va, lo feliz que soy y lo lindo que estoy. Me hace acordar al chiste sobre un músico que se encuentra con un amigo y le cuenta el éxito que está teniendo y los premios que está cosechando, y al final le dice: “bueno, basta de hablar de mí. Ahora te toca a vos... hablar un poco de mí”.

- Los que te siguen saben con qué se van a encontrar en el show de mañana. ¿Con qué se va a encontrar el que no sabe?

- El último disco tiene eso que uno siempre busca como artista; que le guste a la gente que te sigue, y a su vez, que logre despertar al desprevenido, al que no te juna. Los invitados también sirven para eso. “Uh, mirá, hizo una colaboración con Pity Alvarez, o con Mollo, a ver qué tal”. Los que no nos conocen van a escuchar una banda muy acústica, que ejecuta ritmos de todo el continente, con el toque bizarro de tener un cancionista nacido en Alaska. Digamos, un poco de todo.



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