Estoy gorda

15 Oct 2017
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SEXUALMENTE HABLANDO

INÉS PÁEZ DE LA TORRE | PSICÓLOGA

Es un hecho que pocas mujeres están conformes con su cuerpo. Desde la pubertad -o incluso antes- es casi la norma el sentirnos acomplejadas por nuestra figura o por uno o más rasgos físicos: “mi cola es chata”, “mis lolas son muy chicas (o muy grandes)”, “soy caderona”, “tengo los brazos gordos”, “demasiada panza”, “piernas cortas”, “tobillos anchos”, “muy alta”, “muy petisa”, “flácida”… la lista es interminable. La cara, el pelo, los dientes, las manos, los pies, la piel. Pero quizás la queja más típica se relaciona con el peso: “estoy gorda” o por lo menos “tengo unos kilos de más”.

“Ser flaca”, ironizaba Maitena, es mejor que ser linda, joven, elegante, exitosa, famosa, millonaria; más importante que encontrar al hombre de tu vida o ser feliz (el remate de la historieta terminaba con que sólo había algo mejor que “ser flaca” y era “no tener celulitis”).

Muchísimas mujeres se han pasado a dieta la mayor parte de su vida. O conviviendo con la culpa de sentir que debieran empezar de una vez por todas a restringirse en las comidas para cambiar su apariencia (lo que, paradójicamente, añade más culpa… y más ingesta).

Evelyn Resh -la popular orientadora sexual norteamericana- refiere al respecto en su libro “Mujeres: sexo, poder y placer” que “aceptar nuestro cuerpo, sin importar qué cantidad de grasa tengamos y dónde esté ubicada, es uno de los logros más difíciles, desgastantes, costosos y emocionalmente perturbadores que las mujeres persiguen a lo largo de la vida”.

Pero, ¿cuándo empiezan estos sentimientos negativos hacia nuestra imagen? Desafortunadamente, asegura Resh, en etapas muy tempranas de la vida. En efecto, los mensajes que recibimos desde chicas con frecuencia equiparan la delgadez a la belleza. Posteriormente, cuando llega la adolescencia, “recibimos el mensaje de que para mantener nuestra reputación de chicas buenas debemos prestar oídos sordos a nuestras inclinaciones y deseos de vernos sexis y tener experiencias sexuales con otra persona”. La recomendación es entonces vernos lindas y flacas (pero no sexis); tener relaciones sexuales derivará en un embarazo, el contagio de una enfermedad o una “mala fama”. ¿Cuál es el aprendizaje? Lo más seguro y más universalmente aceptable es seguir esforzándonos por permanecer flacas y atractivas.

Afirma Resh: “tristemente, seguir este método no sólo da lugar a un entorno con ausencia de placer, sino también a la idea de que la apariencia física constituye la parte más importante de ser atractiva”. Y continúa: “Quienes son víctimas de estos conceptos, a menudo emplean su peso como primer rasgo de identificación personal y pierden la perspectiva de sí mismas como individuos únicos y su atractivo como persona completa”. Así, esos supuestos “kilos de más” hacen que muchas mujeres consideren que no merecen tener placer, como si eso fuera algo que debieran ganarse. Un derecho que han perdido por no ajustarse a un ideal de belleza –de delgadez- inalcanzable.

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