Independentista en la encrucijada

11 Oct 2017
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Ana Lázaro Verde - Agencia DPA

Anunció la independencia de Cataluña en el “Parlament” y de inmediato propuso suspenderla: el jefe del Gobierno de la región, Carles Puigdemont, decepcionó a muchos de sus votantes y aliados y se reveló como lo que ha sido en los últimos días: un líder en la encrucijada. Independentista convencido, estuvo a punto de precipitar la peor ruptura del orden constitucional de las últimas décadas en España, pero finalmente cedió a la presión nacional e internacional y terminó posponiendo “unas semanas” la culminación del plan que lleva tejiendo desde que llegó al poder en 2016 para “desconectar” a Cataluña del resto de España.

El Ejecutivo español y diversos partidos de la oposición llegaron a acusarlo de “golpista”, algo que él mismo rechazó en español -en unas palabras dirigidas “a los españoles”- durante su esperada intervención en el Parlamento catalán, que fue aplaudida y abucheada en sus diferentes tramos.

Filólogo y periodista de profesión, Puigdemont llegó a la presidencia del Gobierno catalán casi por casualidad. Su nombre no aparecía en ninguna de las apuestas para relevar a Artur Mas cuando éste se vio obligado a dar un paso atrás presionado por la CUP, un partido antisistema que no lo veía con buenos ojos.

La necesidad del apoyo de esta fuerza al Gobierno catalán en el Parlamento de la región era tan importante entonces, en un momento clave del proceso secesionista, que el hombre que lo había impulsado desde el inicio tuvo que retirarse “in extremis” para evitar una crisis. Y Puigdemont, independentista convencido y alcalde de la ciudad catalana de Gerona, se puso al frente del Ejecutivo regional con la misión de guiar a la región hacia la secesión de España.

“No son tiempos para cobardes ni para los que les tiemblan las piernas. Nos toca asumir responsabilidades”, dijo en su discurso de investidura el 10 de enero de 2016. “Soy consciente de que iniciamos un proceso que no es fácil ni cómodo. Habrá que poner valor y coraje pero no temeridad”, añadió ese mismo día.

Un año y diez meses después, muchos le tildaron de temerario y lo acusaron de poner a Cataluña al borde del precipicio.

El político, nacido en Amer (Gerona) en 1962, lanzó su mayor desafío a principios de septiembre cuando, desoyendo a la Justicia y al Gobierno español, convocó junto al resto de su Gobierno un referéndum de independencia para el 1 de octubre.

Esa misma noche, tras una turbulenta jornada con irregularidades en los locales electorales y violencia por parte de los policías que intervinieron para tratar de parar la consulta, que había sido suspendida por la Justicia, el líder catalán reclamó la secesión de la región del resto de España. “Con esta jornada de esperanza y también de sufrimiento, los ciudadanos de Cataluña nos hemos ganado el derecho a tener un Estado independiente que se constituya en forma de república”, dijo en una declaración institucional que dio la vuelta al mundo.

Al contrario que su predecesor en el cargo, Artur Mas, quien fue evolucionando desde el nacionalismo hacia el independentismo, Puigdemont fue siempre un separatista convencido.

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