Las consecuencias de la tormenta perfecta

21 Sep 2017
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Gloria García Miranda - Experta en salud global de la UNAM

Cuando pensamos en una tormenta, pensamos en una tempestad de corta duración, pero de mucha violencia. Asociada con esta idea, está la de tormenta perfecta, expresión expandida a partir de la película. He visto emplear esta expresión para hacer referencia a dos o más factores negativos que al conjuntarse, pueden dañar o destruir las estructuras o desarrollo de un país, o crear situaciones de máxima tensión social.

Muchos factores que podrían dar origen o aumentar el poder devastador de un desastre natural pueden mantenerse silenciosos, latentes o invisibilizados. No obstante, cuando sobreviene el fenómeno, todos esos elementos del sistema quedan al descubierto.

Los desastres naturales son como una radiografía que pone en evidencia condiciones de vida de una nación, difíciles de observar a simple vista o porque son parte de la cotidianidad. Los efectos también dependen de la infraestructura, desarrollo y cultura del lugar.

Cuando ocurrió el sismo del 85, muchas edificaciones en la Ciudad de México que tenían las licencias oficiales se derrumbaron, ocasionando miles de víctimas. La pregunta inevitable fue: ¿cómo se cayó, si cumplía con los lineamientos oficiales para su construcción?

Poco a poco se fue develando cómo la corrupción se había quedado en los cimientos y en los muros de las construcciones para, durante el movimiento telúrico, contribuir al derribo de viviendas y estacionamientos, así como de edificios públicos y privados.

Se hizo evidente que el responsable de los miles de muertos no fue el sismo, sino la corrupción mediada por los dueños de las constructoras y las autoridades involucradas, los que permitieron y ocultaron la violación del reglamento sobre construcción.

Otros factores que dieron fuerza a la tempestad sísmica fue la inoperatividad de instituciones clave. Mientras parte de la población entraba en desesperación por no encontrar a sus seres queridos, se empezaron a suspender las tareas de rescate y a promover un ambiente de vuelta a la normalidad. Así transcurrieron los días y muchas personas fueron a la fosa común sin haber sido identificadas.

El sismo del 7 de septiembre pareció conservar las circunstancias pasadas. En la Ciudad de México no hubo muertos, pero podría decirse que fue porque el epicentro no estuvo en la misma región geográfica, sino a 700 kilómetros.

¿Qué hubiera ocurrido si el sismo del jueves 7 hubiera tenido el mismo epicentro que el del 85? Lo que ocurrió el martes 19.

Quedan por identificarse ingredientes de la tormenta perfecta, también otros efectos colaterales: Daños al patrimonio cultural, contaminación por petróleo en las costas, problemas con el suministro de agua, los impactos educativos de los derrumbes en las escuelas.

Hay que estar alerta a la elevación de la incidencia de dengue, zika y chikungunya por el aumento de criaderos de mosquitos, y a los efectos del estrés social en menores y adultos con diabetes mellitus.

Cabe hacerse otras preguntas: ¿Cómo sacará provecho el narco de la situación marginal que queda? ¿Se estará pensando en la renovación de políticas de estado para prevenir los efectos a posteriori? ¿La cobertura de las necesidades de la población podría convertirse en moneda de cambio en la campaña presidencial del 2018?

En las últimas tres décadas ha aumentado el desarrollo en investigación, educación a la población, formación en medicina del desastre, entrenamiento, tecnología y programas de cooperación global para mejorar nuestras capacidades de respuesta a los desastres.

Existe -como parte de la agenda global el Sendai Framework- un plan al 2030 para reducir muertes y daños por desastres naturales. México participa en esos acuerdos y su primer foro de discusión se llevó a cabo en mayo, en Cancún.

Pese a estos avances globales y a que en dos terceras partes del territorio de México tiene actividad sísmica, los fenómenos meteorológicos siguen cobrando víctimas año con año y los efectos de este nuevo sismo, ponen en evidencia que a pesar de la gran oportunidad de aprendizaje que nos dio el sismo del 85, no damos cuenta de haber aprendido la lección.

Necesitamos comprender que el desastre sísmico no se mide exclusivamente por las víctimas fatales y el número de construcciones derrumbadas, sino por el grado de desintegración y marginación social que deja. La ausencia de un plan integral y de largo plazo podría ser la mejor condición para hacer de cada desastre natural, la tormenta perfecta.

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