Sérgio Moro, el justiciero de un Brasil corrupto

13 Jul 2017
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Isaac Risco - Agencia DPA

Su nombre resuena desde hace meses por todo Brasil y en muchas marchas de protesta contra la corrupción se ven pancartas que lo proponen incluso para la presidencia, mientras la clase política se hunde en el descrédito. El juez Sérgio Moro encarna hoy la esperanza de días mejores para muchos brasileños. Que un juez sea una de las figuras públicas más celebradas es otra muestra del actual grado de deterioro de las instituciones democráticas en el país. En realidad reacio a los focos públicos, Moro comanda desde hace más de tres años las principales investigaciones de la megacausa conocida como “Lava Jato” (”Lavado de autos”).

Bautizada así por un local de lavado de autos donde empezaron las investigaciones, la operación ha puesto en jaque a gran parte de la clase política brasileña. Moro, un jurista de 44 años de voz aguda y pausada, tiene fama de ser implacable y de no tener miedo a sentar a los poderosos en el banquillo de los acusados. Su objetivo más grande hasta ahora, el pez más gordo, es nada menos que el ex jefe de Estado e icono de la izquierda latinoamericana Luiz Inácio Lula da Silva, condenado hoy a nueve años y medio de cárcel en primera instancia por “Lava Jato”.

“No tengo ninguna desavenencia personal con el señor ex presidente”, le aseguró Moro a Lula durante un cara a cara en mayo, cuando lo sometió por primera vez a un interrogatorio que se extendió durante varias horas. “Va a ser tratado con el máximo respeto, como cualquier acusado”, agregó el juez, sin miramientos.

Que el magistrado del estado de Paraná, en el sur del país, sea alguna vez candidato presidencial parece improbable, pero, para muchos, Moro ya ha contribuido a crear un nuevo país como un justiciero que pone fin a la larga tradición de impunidad para los poderosos que cometen delitos. Temido por empresarios y políticos corruptos, Moro es sin embargo también objeto de críticas. Entre las últimas, destacan las que lo acusan de emplear métodos demasiado duros e incluso arbitrarios. En marzo de 2016, cuando estalló el escándalo en torno a Lula, Moro ordenó la conducción coercitiva del ex presidente a declarar a un tribunal, que desembocó en una detención de varias horas que dio la vuelta al mundo. Los abogados de Lula acusaron al juez de “abuso de autoridad” por una medida que calificaron de excesiva.

Sólo su esposa, que administra una página de Facebook dedicada al juez y que tiene más de un 1,5 millones de seguidores, parece hacerle a veces un flaco favor a la imagen de imparcialidad de Moro. Además de criticar a Lula y defender la lucha contra la corrupción, la abogada Rosangela Wolff publica a menudo posts en los que fustiga al PT.

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