Bush con carbónico

Carlos Dugech, para LA GACETA.

09 Abril 2017
Cuando el presidente guerrero George W. Bush (con sus socios para la ocasión, Blair y Aznar) lanzó su criminal guerra contra Irak (su gobierno, su pueblo, su cultura) con el pretexto (mejor decir mentirosos argumentos) de que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva estaba, en realidad, reaccionando en un escenario impensado antes para los Estados Unidos. El 11 de setiembre de 2001 el poderoso país recibió una ineludible muestra de que su invulnerabilidad abonada porque todas las guerras en las que intervenía eran extraterritoriales, era un sello imborrable para los EEUU. Esa vez, la guerra, fue en propia casa. Bush ideó un plan que hasta involucraba una maniquea postura: quienes no estaban a favor de sus medidas extremas de gobierno formaban parte de la conspiración terrorista. Un clásico macartismo redivivo. Hasta la prensa debió acudir –necesitados de poder actuar cuasi libremente- recurrieron a la indignante autocensura. Ahora Trump: casi punto por punto –en un esfuerzo por simplificar para la comparación- copia “al carbónico” al ex presidente, también republicano. Y con idénticas falacias aunque por hechos y circunstancias diferentes. ¿Tenía armas químicas el gobierno sirio que ya había pactado con la ONU al suscribir el tratado respectivo impulsado por la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) que significaba la destrucción del arsenal químico sirio? Una pregunta que no se puede responder con total certeza, teniendo en cuenta lo que Rusia explicó sobre el ataque a Jan Shijún en los últimos días.

Esta ·copia al carbónico” de Bush, el “presidente guerrero” vuelca sombras de sangre y escombros sobre tanta sangre y escombros que se amontona en Siria desde hace seis años. Y, anticipa, ferozmente, cómo serán los tiempos venideros de Trump respecto de otros asuntos: por ejemplo Corea de Norte. Sus asesores de la cúspide militar hasta le sugirieron armas nucleares. El dedo de Trump, parece esperar ansioso posarse sobre el botón rojo para evidenciar el total y absoluto poder, además del que ya tiene en exceso el multimillonario devenido político y consagrado, inesperadamente, como el inquilino omnímodo de la Casa Blanca.

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