Simon Romero/The New York Times
La neoclásica Iglesia Positivista de Brasil tiene enormes columnas y un enigmático letrero sobre la entrada que dice: “Para siempre y cada vez más, los muertos gobiernan a los vivos”. Fue una vista cautivadora en la calle Benjamín Constant, cerca del centro de la ciudad vieja. Hoy está derruida y llena de graffitis. Sus fundadores fueron librepensadores que ayudaron a que el Brasil moderno surgiera entre las cenizas de un imperio. Ahora es sólo otro emblema de cómo Río de Janeiro abandona su pasado, permitiendo que la majestuosidad se quede en la ruina.
“Alguna vez se reunieron aquí para discutir ideas incendiarias que se originaron en París, ciudad santa para los positivistas”, explica Christiane Souza, directora del patrimonio de la iglesia que perdió parte del techo durante una tormenta en 2009. Pocos brasileños saben sobre el positivismo, la religión seglar que difundieron en estas tierras los seguidores del filósofo Augusto Comte en la segunda mitad del siglo XIX. Dos de sus principios, orden y progreso, adornan la bandera brasileña.
Definida en líneas generales, sus ideas buscaban reorganizar la sociedad en torno al concepto de que las explicaciones derivadas de la ciencia deberían apreciarse como una forma de entender al mundo. Algunas facetas de la religión creadas por Comte se parecen al catolicismo romano, pero les dijo a sus seguidores que rindieran culto a la humanidad, no a Dios.
Brasil, un imperio esclavista, gobernado por una monarquía durante la mayor parte del siglo XIX, fue tierra fértil para la religión de la humanidad. Hubo adherentes francófilos de la fe, incluidos personajes prominentes tras el golpe de Estado de 1889 que derrocó al emperador de Brasil, como Cândido Rondon, el explorador que mapeó la selva tropical húmeda amazónica con Theodore Roosevelt.
Los positivistas sostuvieron posiciones progresistas sobre muchos temas; hicieron cruzadas contra la corrupción del gobierno y a favor de la legislación para mejorar las condiciones de trabajo de los pobres; promovieron la abolición esclavista en 1888 y se enfrentaron con la oligarquía.
Giovanni Fernandes, custodio de la Iglesia Positivista, permite que un visitante o dos entren y les ofrece una mirada a un pasado no tan distante. Dispersos cerca del ingreso hay panfletos de un siglo de antigüedad en portugués y francés. Un cuarto con una escalera de caracol contiene un tesoro de esculturas cubiertas de polvo, y hay pinturas muy deterioradas en las paredes. “Hay tanto polvo y mugre que les digo a los visitantes que deberían traer un barbijo. Es frecuente que me pregunten si el edificio está embrujado y yo contesto: ‘no, yo no trabajaría junto a ningún fantasma’”, dice Fernandes.
“Me entristece pensar que podemos estar entre los últimos positivistas. A veces siento que estamos resistiendo al olvido”, se despide Souza, quien administra los fondos que unos 10 congregantes donan para evitar que colapse totalmente el lugar.
La neoclásica Iglesia Positivista de Brasil tiene enormes columnas y un enigmático letrero sobre la entrada que dice: “Para siempre y cada vez más, los muertos gobiernan a los vivos”. Fue una vista cautivadora en la calle Benjamín Constant, cerca del centro de la ciudad vieja. Hoy está derruida y llena de graffitis. Sus fundadores fueron librepensadores que ayudaron a que el Brasil moderno surgiera entre las cenizas de un imperio. Ahora es sólo otro emblema de cómo Río de Janeiro abandona su pasado, permitiendo que la majestuosidad se quede en la ruina.
“Alguna vez se reunieron aquí para discutir ideas incendiarias que se originaron en París, ciudad santa para los positivistas”, explica Christiane Souza, directora del patrimonio de la iglesia que perdió parte del techo durante una tormenta en 2009. Pocos brasileños saben sobre el positivismo, la religión seglar que difundieron en estas tierras los seguidores del filósofo Augusto Comte en la segunda mitad del siglo XIX. Dos de sus principios, orden y progreso, adornan la bandera brasileña.
Definida en líneas generales, sus ideas buscaban reorganizar la sociedad en torno al concepto de que las explicaciones derivadas de la ciencia deberían apreciarse como una forma de entender al mundo. Algunas facetas de la religión creadas por Comte se parecen al catolicismo romano, pero les dijo a sus seguidores que rindieran culto a la humanidad, no a Dios.
Brasil, un imperio esclavista, gobernado por una monarquía durante la mayor parte del siglo XIX, fue tierra fértil para la religión de la humanidad. Hubo adherentes francófilos de la fe, incluidos personajes prominentes tras el golpe de Estado de 1889 que derrocó al emperador de Brasil, como Cândido Rondon, el explorador que mapeó la selva tropical húmeda amazónica con Theodore Roosevelt.
Los positivistas sostuvieron posiciones progresistas sobre muchos temas; hicieron cruzadas contra la corrupción del gobierno y a favor de la legislación para mejorar las condiciones de trabajo de los pobres; promovieron la abolición esclavista en 1888 y se enfrentaron con la oligarquía.
Giovanni Fernandes, custodio de la Iglesia Positivista, permite que un visitante o dos entren y les ofrece una mirada a un pasado no tan distante. Dispersos cerca del ingreso hay panfletos de un siglo de antigüedad en portugués y francés. Un cuarto con una escalera de caracol contiene un tesoro de esculturas cubiertas de polvo, y hay pinturas muy deterioradas en las paredes. “Hay tanto polvo y mugre que les digo a los visitantes que deberían traer un barbijo. Es frecuente que me pregunten si el edificio está embrujado y yo contesto: ‘no, yo no trabajaría junto a ningún fantasma’”, dice Fernandes.
“Me entristece pensar que podemos estar entre los últimos positivistas. A veces siento que estamos resistiendo al olvido”, se despide Souza, quien administra los fondos que unos 10 congregantes donan para evitar que colapse totalmente el lugar.
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