Ex adictos construyeron los juegos para que disfruten los chicos de Los Vázquez

Los jóvenes forman parte de un proyecto que apunta a la transformación del barrio. Sueñan con la fundación de un club.

PROTAGONISTAS. Utilizaron hierros para armar los juegos y los pintaron de verde. No quieren quedarse quietos. PROTAGONISTAS. Utilizaron hierros para armar los juegos y los pintaron de verde. No quieren quedarse quietos.
29 Diciembre 2016
Antes...

Carlos Díaz perdió a su hija de tres meses. El duelo fue tan largo y tan profundo que su vida cayó en un pozo y cambió totalmente. La nena sufrió muerte súbita y el padre no pudo superarlo. Se convirtió en alcohólico, comenzó a vivir en la calle, después empezó a consumir marihuana y siguió cayendo hasta que empezó con el paco. La pasta base le destruyó hasta el mínimo resquicio de su identidad. Una noche dormía bajo un puente y al otro día amanecía en un basural de Los Vázquez. “En esa época yo era otra persona”, dice al recordar la parte más oscura de su vida.

Carlos es un adicto en recuperación. Hoy en día, con 24 años, le pelea a la vida con la frente en alto. No fue fácil salir. Un amigo le dijo que no podía seguir así, durmiendo en los puentes, y lo invitó a una reunión. “Vení el viernes, vení aunque sea para escuchar”, le había dicho.

Al principio, Carlos no le hizo caso, pero su amigo insistió tanto que un viernes apareció en esa reunión en la costanera.

“Yo no tenía ni ropa, nada, pero cuando llego al lugar me doy con que había varios que estaban igual que yo. Primero no hablé nada. Al otro viernes, tampoco. Iba para escuchar nomás, hasta que un día me animé a hablar y así empecé a salir del pozo”, recordó.

Llevó un tiempo. Después estudió y se recibió de terapeuta (asistente de psicólogo), aunque todavía tiene algunas cicatrices de aquellos tiempos oscuros.

Víctor Juárez vive en el mismo barrio, donde las calles no tienen nombre, ni pavimento y, cuando llueve, se convierte en un paño de barro y agua estancada. Lleva ocho años sin consumir paco. Es un logro día a día. Su cuerpo es tan delgado que parece más frágil todavía. Tiene 24 años.

Durante la crisis de 2001, Víctor era un niño que trepaba al montículo de basura de Los Vázquez para revolver todo hasta encontrar cartón o lo que fuera para vender y algo para comer. “Subir esa lomada con la carga en la espalda era horrible. Pesaba como 80 kilos y se te caía toda la basura en la cabeza y en la espalda”, rememora.

Ahora...

Carlos y Víctor integran el grupo que trabaja en equipo para superar la adicción. Viven en Los Vázquez, al lado de la montaña de residuos que ahora está cubierta por una capa de tierra y pasto verde. Cualquier desprevenido podría pensar que es una lomada muy linda para la foto, pero debajo están la basura de la ciudad que se acumuló ahí durante décadas, porque era el depósito de los residuos sólidos urbanos del Gran San Miguel.

Los jóvenes todavía festejan que hace un mes inauguraron una rudimentaria cancha de fútbol en una porción de tierra en el barrio. Cuando hay sol y la cancha está marcada con las líneas de cal da gusto verla y jugar un picado. Pero cuando llueve se borran las líneas y el piso seco se convierte en barro marrón y demasiado blando para pisar.

Sin embargo, nadie baja los brazos. Todos siguen adelante con un sueño: crear un club de barrio con cancha de fútbol, tribuna, vestuario, espacio recreativo y anfiteatro. Esta semana dieron un paso más para concretar su sueño: inauguraron los juegos del espacio para recreación. Ellos mismos armaron las hamacas, y el sube y baja, entre otros.

Mañana...

La lluvia del día anterior dejó una laguna del tamaño de una cancha de básquet, al costado de los juegos construidos con hierros y pintados de verde. “Sabemos que la clave es mantener la mente ocupada” dice Emilio Mustafá. “No es suficiente que el adicto sea internado; el tema es qué pasa cuando sale de la internación y regresa a casa”, agrega.

Por esa razón es que el equipo social procura generar actividades y espacios para la recreación. “Aquí trabajamos en un dispositivo de la Secretaría de Adicciones del Ministerio de Desarrollo Social, junto con Articulación Territorial de Desarrollo, la Facultad de Arquitectura y el equipo integrado por Gabriela Perrone (psicóloga), Gustavo Cortés (Salud), Débora Décima (Comunicadora Social) y yo, dice Emilio, que cumple el rol de coordinar el dispositivo.

“Somos parte de los grupos terapéuticos barriales y siempre tenemos el problema de que los chicos pueden llegar a desintoxicarse, pero cuando vuelven al barrio recaen si no tienen nada. Nuestra idea es fortalecer los grupos terapéuticos cuando los chicos vuelven a sus casas para ponerles proyectos, para sostenerlos y que tengan una actividad y hacer clínica terapéutica en el barrio”, explica.

Mustafá admite que cuesta mucho lograr que un chico no sufra una recaída en la droga. “Cuesta mucho por el avance del narcomenudeo; porque se vende en cada esquina, hay niños muy pequeños que consumen y la idea es recuperar a los chicos, pero que haya actividades preventivas”, detalló. Con esa premisa se hicieron la cancha, el merendero, y la plaza con juegos recreativos. El sueño mayor es unificar todo eso en un club del barrio Los Vázquez. “Queremos trabajar la prevención y la asistencia a la vez; eso es política integral”, remarca.

Las casas precarias construidas con trozos de chapas, unidas con maderas húmedas que parecen restos de cajones y tarimas se cierran con latas y pedazos de hierro oxidado para formar un espacio donde dormir. Al costado de la plaza está la montaña de basura que supo ser el depósito de los residuos. Todavía están los respiraderos del basural. En los días de mucho calor, el fétido olor envuelve a todo el barrio. “La internación del adicto es una parte del proceso de curación, pero después hay que seguirlo en el barrio y por eso estamos aquí”, resalta Mustafá.

Dos chicos juegan en una hamaca de hierro. Con los pies mojados y con barro sonríen mientras se columpian bajo el sol. Nada parece importarles alrededor. Ni siquiera la laguna y el barro que rodean a los juegos. Están contentos. Nunca antes tuvieron una plaza en Los Vázquez. Es un sueño cumplido y piensan seguir adelante para cumplir otros más. Carlos Díaz, el padre que perdió a su hija, pero que logró salir del pozo, recordó que nada le fue fácil, pero hay que intentarlo. Todavía recuerda aquella vez que un amigo terapeuta lo invitó a comer en un bar del centro tucumano. “Imagináte -dice Carlos-; yo nunca había ido a comer en un bar; siempre lo veía desde afuera y por eso no me olvido más esa vez”.

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