CINTAS Y COLORES. Una vecina les donó un arbolito que los chicos prepararon para recibir la Navidad. LA GACETA / FOTO DE JOSÉ NUNO.-
18 Diciembre 2016 Seguir en 

El barrio se llama El Progreso, pero paradójicamente eso es lo que más hace falta. Sólo tienen agua potable durante dos horas por la mañana y dos horas por la tarde. Los vecinos están resignados a esa dura realidad cotidiana en jurisdicción de la comuna de San Andrés. Para colmo, el barrio está ubicado en una zona limítrofe. Las autoridades de la comuna les dicen que el barrio pertenece a la Municipalidad de Banda del Río Salí; mientras que desde el municipio los mandan a hacer los planteos en la comuna de San Andrés.
Una estela de polvo queda suspendida en el aire cuando pasa un vehículo por las calles de tierra. En una de esas callecitas sin nombre está emplazado el merendero. El sitio tiene un nombre especial. Fue bautizado como “Ubuntu”, que significa “Yo soy porque nosotros somos”. Este curioso nombre se remite a una anécdota ocurrida en el extremo sur de África, y que deja muchas enseñanzas.
Un antropólogo propuso un juego a los niños de la tribu. Puso una canasta llena de frutas cerca de un árbol y le dijo a los niños que aquel que llegara primero ganaría todas las frutas. Cuando dio la señal para que corrieran, sorprendentemente todos los niños se tomaron de las manos y corrieron juntos, después se sentaron uno al lado del otro a disfrutar del premio.
Cuando el antropólogo les preguntó por qué habían corrido así, si uno solo podía ganar todas las frutas, le respondieron: Ubuntu, ¿cómo uno de nosotros podría estar feliz si todos los demás están tristes?... A partir de allí, Leymah Gbowee, activista pacifista de Liberia, definió Ubuntu: “Yo soy porque nosotros somos”.
El merendero funciona casi como atado con alambres. Todos los días, Alejandra Ramírez se las ingenia para conseguir pan, facturas, tortillas, leche, chocolate y yerba para el mate cocido. Como no tenían un espacio fijo donde servirles la merienda a los más de 40 niños que llegan todas las tardes, ella consiguió un patio al aire libre para extender la mesa. Ese patio está bajo la sombra de un gran árbol en la casa de Aída Acuña y José Juárez. Además, prepararles la merienda para todos les cuesta $ 450 por día; eso sin contar el consumo de gas.
Llegan madres con bebés en brazos, niños de entre 2 y 11 años. Aunque también hay algunos adolescentes: la mayor del grupo tiene 14 años. “La idea no es que solo tomen la merienda, sino que aprendan valores y que modifiquen ciertos hábitos -explicó Alejandra-, les enseñamos lo importante que es la higiene, no decirse malas palabras, también les enseñamos a escribir, a pintar, y les leemos un cuento”.
La documentación
Alborotados, los chicos se juntan alrededor de la mesa, mientras Aída se arma de paciencia para preparar la merienda en medio de corridas, gritos, risas, juegos. En la ventana hay una bandera con el nombre del merendero. Pero el sueño mayor de Alejandra es transformarlo en un comedor. “Para eso se necesita plata; ya tenemos toda la documentación, pero falta la plata para asegurar las donaciones y poder servir el almuerzo todos los días”, explicó.
Cuando llueve es un problema, porque no tienen techo. Sin embargo se acomodan como pueden porque los niños no faltan a la hora de la merienda, ni por la lluvia ni por el barro. “Hay chicos que nunca tuvieron un cumpleaños y aquí se lo festejamos en grupo, una vez al mes -dijo Alejandra-. Todo lo que nos puedan donar será bienvenido”.
Una estela de polvo queda suspendida en el aire cuando pasa un vehículo por las calles de tierra. En una de esas callecitas sin nombre está emplazado el merendero. El sitio tiene un nombre especial. Fue bautizado como “Ubuntu”, que significa “Yo soy porque nosotros somos”. Este curioso nombre se remite a una anécdota ocurrida en el extremo sur de África, y que deja muchas enseñanzas.
Un antropólogo propuso un juego a los niños de la tribu. Puso una canasta llena de frutas cerca de un árbol y le dijo a los niños que aquel que llegara primero ganaría todas las frutas. Cuando dio la señal para que corrieran, sorprendentemente todos los niños se tomaron de las manos y corrieron juntos, después se sentaron uno al lado del otro a disfrutar del premio.
Cuando el antropólogo les preguntó por qué habían corrido así, si uno solo podía ganar todas las frutas, le respondieron: Ubuntu, ¿cómo uno de nosotros podría estar feliz si todos los demás están tristes?... A partir de allí, Leymah Gbowee, activista pacifista de Liberia, definió Ubuntu: “Yo soy porque nosotros somos”.
El merendero funciona casi como atado con alambres. Todos los días, Alejandra Ramírez se las ingenia para conseguir pan, facturas, tortillas, leche, chocolate y yerba para el mate cocido. Como no tenían un espacio fijo donde servirles la merienda a los más de 40 niños que llegan todas las tardes, ella consiguió un patio al aire libre para extender la mesa. Ese patio está bajo la sombra de un gran árbol en la casa de Aída Acuña y José Juárez. Además, prepararles la merienda para todos les cuesta $ 450 por día; eso sin contar el consumo de gas.
Llegan madres con bebés en brazos, niños de entre 2 y 11 años. Aunque también hay algunos adolescentes: la mayor del grupo tiene 14 años. “La idea no es que solo tomen la merienda, sino que aprendan valores y que modifiquen ciertos hábitos -explicó Alejandra-, les enseñamos lo importante que es la higiene, no decirse malas palabras, también les enseñamos a escribir, a pintar, y les leemos un cuento”.
La documentación
Alborotados, los chicos se juntan alrededor de la mesa, mientras Aída se arma de paciencia para preparar la merienda en medio de corridas, gritos, risas, juegos. En la ventana hay una bandera con el nombre del merendero. Pero el sueño mayor de Alejandra es transformarlo en un comedor. “Para eso se necesita plata; ya tenemos toda la documentación, pero falta la plata para asegurar las donaciones y poder servir el almuerzo todos los días”, explicó.
Cuando llueve es un problema, porque no tienen techo. Sin embargo se acomodan como pueden porque los niños no faltan a la hora de la merienda, ni por la lluvia ni por el barro. “Hay chicos que nunca tuvieron un cumpleaños y aquí se lo festejamos en grupo, una vez al mes -dijo Alejandra-. Todo lo que nos puedan donar será bienvenido”.
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