Fabio Ladetto
Por Fabio Ladetto 13 Septiembre 2016
Rosita Ávila ya es historia. Su nombre y su apellido consagran al teatro que la Municipalidad de la Capital administrará desde el año que viene en la zona del ex Abasto, golpeada y nunca suficientemente recuperada a lo largo de los años desde que el mercado centenario cerró sus puertas. No sólo es importante que la artista (totalmente vigente como lo viene demostrando sobre los escenarios en este mismo año) reciba en vida el homenaje, sino que él abre una instancia sin precedentes: es la primera vez que una sala tucumana es bautizada con el nombre de una actriz. Hasta ahora, estaban reservados para hombres, y aún más, directores, como Orestes Caviglia o Boyce Díaz Ulloque. La mujer se abre espacio también en esta clase de reconocimientos, indiscutible para quien es la memoria latente del teatro independiente y la síntesis de diversos aspectos de la tucumanidad.

La ceremonia de anoche (comenzaba al cierre de esta edición) encerraba distintos mensajes. Uno es el mencionado antes, sobre el sentido de que Rosita quede en el tiempo. Otro, la importancia de sumar una sala estatal a la comunidad artística, algo que hace rato no pasaba. Para mejor, con una cantidad de localidades (283 butacas) atractiva para distintas apuestas que pueden quedar chicas para espacios como El Árbol de Galeano y que no llegan cubrir la platea del Alberdi (mucho menos, la del Mercedes Sosa). En ese contexto, debe entenderse que viene a sumar y no a reemplazar a las existentes: el desafío es que no se reste actividad en los lugares que funcionan, sino que se repiense al universo espectacular (teatro, danza, música, etc) en una dinámica de rotación por la ciudad.

El aporte de la Municipalidad surgió de pronto. La imposibilidad de conseguir $16 millones para montar un centro cultural nuevo en el derruído predio de Buenos Aires primera cuadra (se deslizó que el embrionario Plan Belgrano podía destinar parte de esos recursos y que el Instituto Nacional de Teatro daría algo más, pero que aún hubiese sido insuficiente), hizo agudizar el ingenio y desempolvar papeles. Así surgió que el teatro edificado por la firma Central Tucumano y anexo al Hilton Garden Inn debía ser destinado al ámbito público por pliego de bases y condiciones de la concesión. Habían pasado dos años desde su inauguración y nadie lo había reclamado en estos 28 meses. Nace una cogestión hasta fin de año, porque ya hay compromisos asumidos previamente; y luego, ya en 2017, el Estado asumirá el control totalmente.

El acuerdo de traspaso tiene una cláusula cuyo cumplimiento puede generar dudas y abrir el camino a la suspicacia, si no se pretende dejarlo en la mera declaración. Dice: “La Municipalidad asume (...) la promoción de actividades culturales, sociales y comunitarias de valor, virtuosismo, relieve y calidad que apoyen, sostengan y agreguen vitalidad al lugar del ex Mercado de Abasto”.

La primera parte del texto resumido denota, a contrario sensu, que habría ciertas actividades culturales, sociales y comunitarias sin valor, virtuosismo, relieve ni calidad. ¿Quién puede determinar la importancia de cada uno de esos conceptos en cada manifestación escénica? ¿Quién los medirá? ¿Una propuesta a la que le falte desarrollo carece de relevancia? ¿La investigación artística no aporta nada? ¿Cuál será la consecuencia ante un paso en falso? La excelencia se alcanza sólo a veces, más allá de que es buscada siempre, y ni aún así asegura nada. Está claro que ofrecer espectáculos de calidad fideliza al público y genera una corriente positiva, un flujo que les da vida a los artistas, pero lo masivo no garantiza un nivel alto ni lo poco popular implica el castigo a un proyecto fallido.

La última parte del texto encierra, por el contrario, un deseo íntimo al que se debería haber apostado desde hace tiempo, tanto en la faz de lo público como de lo privado. El ex Abasto sigue caído, con una vida nocturna acotada y con más luz entre las máquinas tragamonedas que en los locales vacíos de derredor. El sueño que tuvo Fernando Morales a principios de siglo de crear un polo de diversión en la zona se desvaneció a poco andar con la brutal e impune tragedia de Paulina Lebbos. Se demonizó el lugar y se conspiró desde despachos oficiales y no oficiales para desactivar cuanta propuesta surgía en ese entorno. Hoy sólo logra sobrevivir, en términos de shows musicales, La Negra Restaurant; Gino Restó cerró hace pocos meses y los boliches se cuentan con una mano lo mismo que el polo gastronómico que se pensó en la zona.

Cuando Morales (falleció demasiado joven y la idea de que un tramo de la calle Miguel Lillo lleve su nombre se olvidó velozmente) emprendió su idea, lo hizo con tres boliches, cada uno con su identidad. Su justificación era que un foco de consumo cultural no se genera con una sola oferta, aislada y huérfana. Emulaba así a la calle Balcarce salteña, para generar un espacio fuera del microcentro. Surgieron otros boliches más, pero ninguno de los originales sobrevivió. Tampoco los deseos de Jorge Gutiérrez de tener una galería de arte en las cercanías ni muchos otros impulsos, agobiados por la falta de apoyo.

Esta es una nueva oportunidad. Quizás sea la última. La necesidad de romper con la asfixia de que todo lo artístico esté concentrado en un puñado de cuadras requiere de respaldo y de decisión. Los intentos de salir de las cuatro avenidas son aislados, y no se terminan de consolidar como espacios paralelos a los céntricos: La Sodería en Villa 9 de Julio o La Colorida en Villa Luján son señales de que la apuesta individual no alcanza para producir el cambio de hábitos de circulación requerido para el nacimiento de opciones. Hay salas más concentradas en la mera supervivencia o en el mejoramiento con aportes del Instituto Nacional de Teatro que en otra cosa. Para que crezcan, para que nazca un polo alternativo, para que la diversidad tenga dónde expresarse, la inauguración de la sala municipal debe tener un espíritu multiplicador barrial, con respaldo institucional. Mudar la nueva La Gloriosa del barrio Sur al ex Abasto puede ser el inicio.

Así será como, en la variedad, convivirá lo mejor, lo más valioso y lo virtuoso con las propuestas en desarrollo, que permitirán comprobar que la renovación de la escena es una necesidad para el sostenimiento cultural de un pueblo. Algo que Rosita Ávila sintió en carne propia en estos más de 60 años que tiene sobre las tablas. Y con el deseo de que nunca se baje de ellas.

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