EL TITIRITERO DEL MEDIO CAMPO. Andrés Iniesta es el cerebro que maneja siempre a Barcelona. reuters EL TITIRITERO DEL MEDIO CAMPO. Andrés Iniesta es el cerebro que maneja siempre a Barcelona. reuters
Ezequiel Fernández Moores
Por Ezequiel Fernández Moores 11 Septiembre 2016
En el verano español de 2008, Pep Guardiola sumaba uno de seis puntos en sus dos primeros partidos como DT de Barcelona. Derrota 1-0 en Soria contra el modesto Numancia y empate 1-1 en el Camp Nou contra Racing de Santander gracias a un gol de penal. 86% de los aficionados, decían encuestas online, creían que Barcelona no funcionaría con su joven DT. Que, si bien era símbolo del club, se habían salteado algunos pasos y Guardiola no estaba todavía capacitado para dirigir en Primera. Apenas un “columnista” se atrevió a ver que ese Barcelona de Pep pintaba “muy, muy bien”, que hacía largo tiempo que no veía así al equipo. Era Johan Cruyff en las páginas de El Periódico. Padre futbolístico de Pep, Cruyff sabía cuál era la “idea”. Hubo también otra persona que se le acercó a Guardiola para decirle que no se desalentara, que ese era el camino. Pep estaba encerrado en su oficina del Camp Nou, buscando qué mejorar para empezar a ganar en la tercera fecha cuando ese alguien golpeó la puerta. Guardiola se sorprendió al ver a Andrés Iniesta. “No se preocupe Míster, vamos a ganar todo. Por favor, no cambiemos nada”. Antes de cerrar la puerta, Iniesta, que era casi uno de los jugadores más silenciosos del plantel, remató su intervención con una frase que no dejaba dudas: “vamos de puta madre”.

Un patinador
La anécdota forma parte de la autobiografía de Iniesta publicada esta semana en España (“La jugada de mi vida”). La encontré en un anticipo que publicó el diario The Guardian, en Inglaterra, donde el libro apareció con un título más bonito: “El Artista”. “Hay más de 100 testimonios, intentamos un relato ameno, alejado de cualquier tono cursi”, me cuenta desde España el colega Ramón Besa, que coescribió el libro con Marcos López. “Si al fútbol le cabe un manual -escribió alguna vez Santiago Segurola sobre Iniesta- nadie lo interpreta mejor que este jugador. Tiene todas las respuestas para todos los desafíos. Es un mago de la técnica, un reloj con la pelota, un estratega y un líder, no de los vociferantes caudillos que juegan con ojo puesto en el graderío, sino de los silenciosos guerreros que animan a su equipo con el ejemplo”. Engaña “su pálida y pequeña figura”. Engañan también sus pies, que “miran hacia un lado”, mientras el balón “aparece por el otro”. Engaña “su cuerpo, que anuncia una cosa, pero la solución es otra”. Y engaña “su menuda carrocería que invita al desamparo. Pero pocos jugadores -dice Segurola- utilizan mejor el chasis para ganar en el cuerpo a cuerpo”. Volví a ver a Iniesta en vivo meses atrás en el Camp Nou. Un maestro, dice uno de sus preparadores, del espacio y del tiempo. De “dónde” hay que estar. Y “cuándo”. Que pareciera patinar más que correr, pero que es rápido no por su velocidad, sino por su freno. Y que, además, tiene eso que es innato, que no se puede enseñar ni aunque te llames Pep Guardiola. Un arte al que los ingleses le dicen “dribbling”. Nosotros le decimos “gambeta”. Con la pelota en los pies, nunca vi algo tan parecido a Ricardo Bochini.

Los toreros
Bochini, que hace poco escribió su autobiografía (“Yo, el Bocha”), también era y es tímido como Iniesta. De esos jugadores que podrían pasar por empleados del correo o mozos de bar, como llegaron a confundirlo una vez, y no es broma, al propio Iniesta. Uno se da cuenta del valor de Iniesta, dice Guardiola, cuando lo ve jugar en la zona más difícil del campo. Allí en el medio donde hay policías, turistas, perros, oficinistas y motoqueros. En esa jungla se anima siempre a Iniesta a desplegar algo de arte. A filtrarse en una maraña de piernas para salir siempre limpio. Como un torero. Iniesta es un jugador sin tatuajes, botineras o Mercedes. Siempre de bajo perfil. Por eso le sorprendió a Guardiola aquella tarde de verano de 2008 verlo golpeando la puerta de su oficina. Iniesta no fue para ganarse su simpatía. No es su estilo. Iniesta fue a sumarse a una idea. Una idea sobre cómo, según él, cree que debería jugarse al fútbol. Por eso, acaso el propio Guardiola suele elegir a Iniesta como “su” jugador. Porque le defendió la idea cuando pocos creían en ella. Después, claro, se sumaron todos.

El Barca de Pep ganó seis títulos sobre seis posibles en esa primera temporada. Guardiola llevó luego esa misma idea al Bayern Munich para seguir ganando títulos. Y la lleva ahora al Manchester City. Ayer, sin ser favorito, le dio una lección de fútbol al Manchester United de José Mourinho en su desembarco en la Premier League. Pero, ocho años después, Guardiola dice que jamás podrá olvidarse de aquella aparición de Iniesta en su oficina. De cuando la mayoría, que miraba el resultado y no el juego, no creía en él. Menos Iniesta. Que le golpeó la puerta para decirle que “vamos de puta madre”.

Es cierto, van apenas dos partidos de Edgardo Bauza como DT de la Selección. Pero se acerca ya la próxima doble fecha del 6 y 11 de octubre ante Perú en Lima y Paraguay en Córdoba, respectivamente. Y luego la de fin de año del 10 y 15 de noviembre nada menos que contra Brasil en Belo Horizonte y Colombia en San Juan, para completar 12 de las 18 fechas de la eliminatoria y, si todo sale bien, dejar casi definido el camino a Rusia. Sergio Almirón en Lanús, y ahora Gabriel Milito en Independiente, podrían ser técnicos nuevos, especialmente el segundo, con una identidad clara de un juego cercano al estilo Guardiola, como en algún momento, con baches, lo fue Marcelo Gallardo. Bauza, con el riesgo inevitable del encasillamiento, pareció siempre dentro de una línea algo más cauta. En su presentación, los colegas que más lo conocen, y también él mismo, destacaron su palabra clave: equilibrio. Volvió a usarse esa misma palabra tras el debut 1-0 ante Uruguay en Mendoza, para explicar inclusive por qué Lucas Alario entró en los minutos finales (Argentina 1-0 y con uno menos por la temprana expulsión de Paulo Dybala) para jugar casi de cuatro bis. Puede ser fácil usar la palabra equilibrio cuando el marcador va cero-cero. También con el uno-cero parcial. Más difícil, como se vio, resulta hablar de “equilibrio” cuando uno pierde cero-dos.

Cuestión de estilos
La Selección no había jugado nada bien en el primer tiempo. Pero bueno, allí estaba otra vez la palabra fetiche que sirve para justificar o explicar todo. Equilibrio. Argentina no se desordenaba. ¿Qué es el orden? “Antes del partido -solía ironizar un DT con las fichas fijas en la pizarra- tengo todo el esquema ordenado, pero cuando empieza se me mueven todas”. “Organicémonos para la aventura”, decía por su parte César Menotti. Defendía su idea de juego de ataque, asumiendo iniciativas y riesgos, pero siempre con un orden. La Argentina de Bauza revirtió contra Venezuela el cero-dos y, sabemos, terminó empatando dos-dos y hasta creó algunas ocasiones para terminar tres-dos. Pero se expuso a contragolpes y a jugadas rivales de gran riesgo. Y, tranquilamente, podría haberse ido perdiendo tres-dos o hasta cuatro-dos. La Selección no fue un equipo de Bauza. Careció de “equilibrio”. “Los estilos pueden debatirse, cuestionarse, pero mucho peor es traicionarse”, escribió días pasados en La Nación Christian Grosso coautor con Fernando Pacini de “Pesadilla”, un libro flamante que habla de un fútbol argentino en crisis. “El proyecto de la Selección argentina -dicen Grosso y Pacini- es el entrenador de turno. No se elige a un técnico en función de un estilo pretendido, es al revés, el técnico es el estilo”. El estilo Bauza, por ahora, sigue siendo un enigma en la Selección argentina.

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