Hay un primer paso imprescindible para asomarse a una cuestión crucial como el suicidio adolescente: correrlo del lugar de tema tabú. Los chicos tucumanos siguen matándose sin distinción de clases sociales ni referencias geográficas, pero de eso no se habla. El silencio, en este caso, es cómplice y demora un debate que la sociedad debería abordar cuanto antes. Básicamente, para encontrar herramientas capaces de ayudar a los chicos en riesgo. Dos nuevos casos, registrados hace pocos días, conmovieron a las comunidades educativas de colegios privados de la capital (uno confesional, otro laico). El goteo de muerte joven es incesante en Tucumán.
No hay soluciones simples para problemas complejos, y el carácter multicausal del suicidio adolescente implica todo un desafío al momento de pensar estrategias preventivas. Un chico puede matarse por infinidad de razones; por carencias que van de lo afectivo a lo material; por falta de expectativas; por culpa de adicciones incontrolables; o simplemente, porque no le encuentra sentido a la vida. Puede exhibir indicios muy claros de conductas autodestructivas o puede no mostrar indicio alguno. Lo que no ayuda es el tiempo histórico.
Vale repasar algunos datos del informe sobre niñez y adolescencia que presentó la Universidad Católica Argentina. Son cifras durísimas.
- Casi la mitad de los chicos que habitan en ciudades (49,9%) soportan ambientes insalubres por culpa de la basura y la contaminación. Casi el 20% del total de los niños y adolescentes argentinos padece alguna clase de déficit nutricional y el 42% no cuenta en su casa con agua corriente, cloacas o inodoro con descarga de agua.
- El 18% de los chicos vive hacinado, compartiendo cama o colchón para dormir. Y esto no se limita a los núcleos más pobres; también alcanza a la clase media. En materia de educación, el déficit alcanza al 23%, ya sea porque abandonó los estudios o porque cursa a los ponchazos.
- Y un crimen argentino que jamás debe minimizarse: el 12% de los chicos (de 5 a 17 años) trabaja. En esto no hay margen para equívocos, el lugar de los menores es el sistema educativo. Decir “si no estudia que trabaje”, tratándose de un niño, nunca dejará de ser aberrante.
Este caldo de cultivo socioeconómico explica, en buena medida, los altos índices de suicidio adolescente que reconoce el Ministerio de Salud de la Nación. La Patagonia y el NOA son las zonas con mayor número de casos. En Tucumán hay comunidades particularmente castigadas, en especial el cordón Tafí Viejo-Las Talitas-Alderetes-Banda del Río Salí. En el interior se replica el patrón, sobre todo en aquellos pueblos en los que pegó más fuerte la crisis azucarera y los jóvenes no vislumbran una salida. El de Santa Ana es un ejemplo: el alcoholismo parece incontrolable.
¿Y qué pasa con los chicos que tienen las necesidades básicas satisfechas? Este año se realizaron en Córdoba unas Jornadas de prevención y tratamientos en adolescentes con conductas de riesgo suicida. Durante ese encuentro internacional de expertos se cotejaron estadísticas reveladoras. Además del notorio aumento de suicidios en todo el país destacaron que cada vez son más quienes se quitan la vida entre los 13 y los 15 años, y que disminuyó la edad de chicos que presentan conductas autolesivas, como cortes en brazos y piernas.
Soledad y baja autoestima representan un cóctel letal, contextualizado por prácticas culturales cruzadas por la tecnología. En estos casos, la globalización resta mucho más de lo que suma. El sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman sostiene que estamos atrapados en una mécanica de doble vida, habitando mundos diferentes y paralelos. Por un lado está el tiempo que pasamos frente a una pantalla (siete horas diarias promedio, según estudios internacionales) y por el otro la “vida normal”. Mientras permanecemos on line contamos con la capacidad de editarnos a nosotros mismos, construyendo una realidad a medida. Si algo no nos gusta, simplemente lo borramos. El problema es desconectarse y asumir la necesidad de interactuar cara a cara con la familia, los compañeros de escuela o los amigos sin estar acorazado para afontar el rechazo, la indiferencia o la violencia.
Cuando la realidad se torna inmanejable lo que aparece es el dolor, y el dolor es un muro granítico y formidable. Si del dolor no se habla las salidas quedan reducidas a cero.
No hay soluciones simples para problemas complejos, y el carácter multicausal del suicidio adolescente implica todo un desafío al momento de pensar estrategias preventivas. Un chico puede matarse por infinidad de razones; por carencias que van de lo afectivo a lo material; por falta de expectativas; por culpa de adicciones incontrolables; o simplemente, porque no le encuentra sentido a la vida. Puede exhibir indicios muy claros de conductas autodestructivas o puede no mostrar indicio alguno. Lo que no ayuda es el tiempo histórico.
Vale repasar algunos datos del informe sobre niñez y adolescencia que presentó la Universidad Católica Argentina. Son cifras durísimas.
- Casi la mitad de los chicos que habitan en ciudades (49,9%) soportan ambientes insalubres por culpa de la basura y la contaminación. Casi el 20% del total de los niños y adolescentes argentinos padece alguna clase de déficit nutricional y el 42% no cuenta en su casa con agua corriente, cloacas o inodoro con descarga de agua.
- El 18% de los chicos vive hacinado, compartiendo cama o colchón para dormir. Y esto no se limita a los núcleos más pobres; también alcanza a la clase media. En materia de educación, el déficit alcanza al 23%, ya sea porque abandonó los estudios o porque cursa a los ponchazos.
- Y un crimen argentino que jamás debe minimizarse: el 12% de los chicos (de 5 a 17 años) trabaja. En esto no hay margen para equívocos, el lugar de los menores es el sistema educativo. Decir “si no estudia que trabaje”, tratándose de un niño, nunca dejará de ser aberrante.
Este caldo de cultivo socioeconómico explica, en buena medida, los altos índices de suicidio adolescente que reconoce el Ministerio de Salud de la Nación. La Patagonia y el NOA son las zonas con mayor número de casos. En Tucumán hay comunidades particularmente castigadas, en especial el cordón Tafí Viejo-Las Talitas-Alderetes-Banda del Río Salí. En el interior se replica el patrón, sobre todo en aquellos pueblos en los que pegó más fuerte la crisis azucarera y los jóvenes no vislumbran una salida. El de Santa Ana es un ejemplo: el alcoholismo parece incontrolable.
¿Y qué pasa con los chicos que tienen las necesidades básicas satisfechas? Este año se realizaron en Córdoba unas Jornadas de prevención y tratamientos en adolescentes con conductas de riesgo suicida. Durante ese encuentro internacional de expertos se cotejaron estadísticas reveladoras. Además del notorio aumento de suicidios en todo el país destacaron que cada vez son más quienes se quitan la vida entre los 13 y los 15 años, y que disminuyó la edad de chicos que presentan conductas autolesivas, como cortes en brazos y piernas.
Soledad y baja autoestima representan un cóctel letal, contextualizado por prácticas culturales cruzadas por la tecnología. En estos casos, la globalización resta mucho más de lo que suma. El sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman sostiene que estamos atrapados en una mécanica de doble vida, habitando mundos diferentes y paralelos. Por un lado está el tiempo que pasamos frente a una pantalla (siete horas diarias promedio, según estudios internacionales) y por el otro la “vida normal”. Mientras permanecemos on line contamos con la capacidad de editarnos a nosotros mismos, construyendo una realidad a medida. Si algo no nos gusta, simplemente lo borramos. El problema es desconectarse y asumir la necesidad de interactuar cara a cara con la familia, los compañeros de escuela o los amigos sin estar acorazado para afontar el rechazo, la indiferencia o la violencia.
Cuando la realidad se torna inmanejable lo que aparece es el dolor, y el dolor es un muro granítico y formidable. Si del dolor no se habla las salidas quedan reducidas a cero.
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