El enojo gana espacio en la política comarcana. Enojo entre propios, enojo entre extraños y enojo de propios con extraños y viceversa. Todos están tan enojados que se terminan dañando a sí mismos.
José Alperovich corcoveó de la bronca cuando estalló el escándalo por el decreto 41/1 por el que fue nombrado asesor ad honorem del Poder Ejecutivo. Habría sido un pedido suyo a Juan Manzur, porque entiende que fue él quien lo hincó en el cargo y, como mínimo, le debía ese favor, que el médico cumplió el mismo día de su asunción, el 29 de octubre de 2015. Por ello el enojo del senador, porque desconfía de su ex vicegobernador. Su ira hace foco en Pablo Yedlin. Es muy poco probable que ese decreto de designación y su posterior publicidad se deban a hechos fortuitos. O al menos eso especulan alrededor suyo. Lo que todavía no logran desentrañar es si la intención es sacarse a Alperovich del medio. ¿O será a Yedlin? El secretario general de la Gobernación venía encaramado hacia el primer puesto en la lista de diputados para el año próximo y es sabido que sólo los líderes indiscutidos pueden mantenerse en la cima durante mucho tiempo. No parece ser el caso de Yedlin, siempre cuestionado por el peronismo puritano y militante, que ya tuvo que “tragarse el sapo” de su candidatura a intendente en 2015.
De uno u otro modo, el ocultamiento del decreto es deleznable y muestra un autoritarismo peligroso del Poder Ejecutivo, porque detona que hace lo que quiere y que -si quiere- nadie puede enterarse de ello. No es el único acto de gobierno no publicitado y ya se abrió la timba sobre a quién le caerá la próxima pedrada. La nota periodística de Juan Manuel Asís dejó mal parado al Estado en su conjunto y abrió interrogantes diversos. Por ejemplo, si el decreto tiene validez al no haberse publicado. O si se está ocultando un gasto estatal exorbitante en custodia y manutención de ex funcionarios. O si cuando desea, el Ejecutivo blinda sus decisiones y sus gastos del control -público y obligatorio- de los actos de Gobierno
La cuestión es que Alperovich anda por estos días revisando sus fidelidades. Persiste en su obsesiva seguidida de reuniones en su casa con todo tipo de “ex”. Como recién divorciado en busca de viejos amores, reúne a ex delegados comunales, a ex legisladores, a ex diputados y a ex funcionarios. De sus hijos putativos que están en el gabinete apenas confía en Miguel Acevedo. El ministro del Interior continúa respondiendo a las necesidades y a los compromisos políticos del senador caminante, que toma mate y lleva ayuda a familias de tierra adentro. También observa que su nombre ya aparece en Comodoro Py, donde revisan qué hizo con los millones que llegaron para obras. Eso lo inquieta y no lo disimula entre los suyos.
El que aparece poco y nada por “lo de José” es Osvaldo Jaldo. Las comadres chismearían que el amor mató esa relación, que había crecido en base a pruebas de fidelidad y declaraciones públicas de incondicionalidad (como cuando Jaldo juró por “el mejor gobernador de la historia de Tucumán”). En la Legislatura son más racionales y ubican como antecedente del alejamiento entre ambos el “no” de Jaldo al pedido de un nombramiento de Alperovich. Donde hubo fuego cenizas quedan y el futuro de esa pareja explosiva no parece sellado.
Manzur también está enojado, pero por otros motivos. Por el momento está de buenas con la Nación, de la mano de Rogelio Frigerio, y se da el lujo de disputarle la paternidad de las obras a José Cano, funcionario de la Casa Rosada. Sin embargo, no encuentra su lugar en el mundo. Los favores que le deben los popes peronistas de su paso por el Ministerio de Salud de la Nación lo mantiene resguardado ante la posibilidad del surgimiento de un nuevo justicialismo. Hay allí una silla para el tucumano, al menos por ahora. La cuestión es que persiste su dificultad para armar tropa propia en la provincia. Está en deuda con los viejos peronistas, no se codea con los nuevos y los que poseen votos propios están más cerca de Alperovich que de la Casa de Gobierno. El año próximo será clave para saber si Manzur es un líder o un seguidor. Si logra imponer una lista de unidad en el PJ, aún consensuada, pero con hombres suyos, será una victoria importante. Si el PJ va a internas “en serio”, disputa el poder entre los distintos líderes y el gobernador pierde o decide “no jugar”, quedará en evidencia como un mandadero de un superior.
Cano es, quizás, el más enojado de todos. Pelea en la interna del Gabinete nacional, pelea en la interna del Acuerdo para el Bicentenario y pelea en la disputa de la UCR. “Ni ISIS tiene tanta estructura para pelear tantas batallas”, se mofa un radical. El titular del Plan Belgrano quedó entrampado en un fuego cruzado difuso y algunos ya lo ven como un talibán dispuesto a inmolarse. El problema es que no se sabe muy bien porqué. Su rumbo ni su objetivo están claros, al menos para los que lo siguen. Para colmo de males, Domingo Amaya aparece en todas las fotos y reparte obras por encima del Plan Belgrano, como si ese programa no existiera ni tampoco la mentada alianza para derrotar al siempre victorioso alperovichismo. El más peronista de los legisladores radicales, encima, le disputa el poder con armas prestadas. Cano y sus aliados están convencidos que Ariel García juega con la pelota del peronismo para quedarse con el máximo cargo partidario en Tucumán.
Jaldo, en cambio, sonríe. Logró desviar la atención pública de la Legislatura y sus vergonzosos “gastos sociales”. El vicegobernador no sabe que en breve también estará enojado. Se avecina una fuerte movida judicial, que volverá a ponerlo de actor principal, pero con el personaje del malo de la película.
También abandonarán la alegría los constructores y algunos funcionarios de Vivienda. En breve regresarán los “carpetazos” con irregularidades en las que empresarios y políticos son cómplices. ¿El enojo dejará de ser de los justos y recaerá sobre los pecadores?
José Alperovich corcoveó de la bronca cuando estalló el escándalo por el decreto 41/1 por el que fue nombrado asesor ad honorem del Poder Ejecutivo. Habría sido un pedido suyo a Juan Manzur, porque entiende que fue él quien lo hincó en el cargo y, como mínimo, le debía ese favor, que el médico cumplió el mismo día de su asunción, el 29 de octubre de 2015. Por ello el enojo del senador, porque desconfía de su ex vicegobernador. Su ira hace foco en Pablo Yedlin. Es muy poco probable que ese decreto de designación y su posterior publicidad se deban a hechos fortuitos. O al menos eso especulan alrededor suyo. Lo que todavía no logran desentrañar es si la intención es sacarse a Alperovich del medio. ¿O será a Yedlin? El secretario general de la Gobernación venía encaramado hacia el primer puesto en la lista de diputados para el año próximo y es sabido que sólo los líderes indiscutidos pueden mantenerse en la cima durante mucho tiempo. No parece ser el caso de Yedlin, siempre cuestionado por el peronismo puritano y militante, que ya tuvo que “tragarse el sapo” de su candidatura a intendente en 2015.
De uno u otro modo, el ocultamiento del decreto es deleznable y muestra un autoritarismo peligroso del Poder Ejecutivo, porque detona que hace lo que quiere y que -si quiere- nadie puede enterarse de ello. No es el único acto de gobierno no publicitado y ya se abrió la timba sobre a quién le caerá la próxima pedrada. La nota periodística de Juan Manuel Asís dejó mal parado al Estado en su conjunto y abrió interrogantes diversos. Por ejemplo, si el decreto tiene validez al no haberse publicado. O si se está ocultando un gasto estatal exorbitante en custodia y manutención de ex funcionarios. O si cuando desea, el Ejecutivo blinda sus decisiones y sus gastos del control -público y obligatorio- de los actos de Gobierno
La cuestión es que Alperovich anda por estos días revisando sus fidelidades. Persiste en su obsesiva seguidida de reuniones en su casa con todo tipo de “ex”. Como recién divorciado en busca de viejos amores, reúne a ex delegados comunales, a ex legisladores, a ex diputados y a ex funcionarios. De sus hijos putativos que están en el gabinete apenas confía en Miguel Acevedo. El ministro del Interior continúa respondiendo a las necesidades y a los compromisos políticos del senador caminante, que toma mate y lleva ayuda a familias de tierra adentro. También observa que su nombre ya aparece en Comodoro Py, donde revisan qué hizo con los millones que llegaron para obras. Eso lo inquieta y no lo disimula entre los suyos.
El que aparece poco y nada por “lo de José” es Osvaldo Jaldo. Las comadres chismearían que el amor mató esa relación, que había crecido en base a pruebas de fidelidad y declaraciones públicas de incondicionalidad (como cuando Jaldo juró por “el mejor gobernador de la historia de Tucumán”). En la Legislatura son más racionales y ubican como antecedente del alejamiento entre ambos el “no” de Jaldo al pedido de un nombramiento de Alperovich. Donde hubo fuego cenizas quedan y el futuro de esa pareja explosiva no parece sellado.
Manzur también está enojado, pero por otros motivos. Por el momento está de buenas con la Nación, de la mano de Rogelio Frigerio, y se da el lujo de disputarle la paternidad de las obras a José Cano, funcionario de la Casa Rosada. Sin embargo, no encuentra su lugar en el mundo. Los favores que le deben los popes peronistas de su paso por el Ministerio de Salud de la Nación lo mantiene resguardado ante la posibilidad del surgimiento de un nuevo justicialismo. Hay allí una silla para el tucumano, al menos por ahora. La cuestión es que persiste su dificultad para armar tropa propia en la provincia. Está en deuda con los viejos peronistas, no se codea con los nuevos y los que poseen votos propios están más cerca de Alperovich que de la Casa de Gobierno. El año próximo será clave para saber si Manzur es un líder o un seguidor. Si logra imponer una lista de unidad en el PJ, aún consensuada, pero con hombres suyos, será una victoria importante. Si el PJ va a internas “en serio”, disputa el poder entre los distintos líderes y el gobernador pierde o decide “no jugar”, quedará en evidencia como un mandadero de un superior.
Cano es, quizás, el más enojado de todos. Pelea en la interna del Gabinete nacional, pelea en la interna del Acuerdo para el Bicentenario y pelea en la disputa de la UCR. “Ni ISIS tiene tanta estructura para pelear tantas batallas”, se mofa un radical. El titular del Plan Belgrano quedó entrampado en un fuego cruzado difuso y algunos ya lo ven como un talibán dispuesto a inmolarse. El problema es que no se sabe muy bien porqué. Su rumbo ni su objetivo están claros, al menos para los que lo siguen. Para colmo de males, Domingo Amaya aparece en todas las fotos y reparte obras por encima del Plan Belgrano, como si ese programa no existiera ni tampoco la mentada alianza para derrotar al siempre victorioso alperovichismo. El más peronista de los legisladores radicales, encima, le disputa el poder con armas prestadas. Cano y sus aliados están convencidos que Ariel García juega con la pelota del peronismo para quedarse con el máximo cargo partidario en Tucumán.
Jaldo, en cambio, sonríe. Logró desviar la atención pública de la Legislatura y sus vergonzosos “gastos sociales”. El vicegobernador no sabe que en breve también estará enojado. Se avecina una fuerte movida judicial, que volverá a ponerlo de actor principal, pero con el personaje del malo de la película.
También abandonarán la alegría los constructores y algunos funcionarios de Vivienda. En breve regresarán los “carpetazos” con irregularidades en las que empresarios y políticos son cómplices. ¿El enojo dejará de ser de los justos y recaerá sobre los pecadores?
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