Camas Amontonadas, un paraje de Leales, que debe su nombre a una parada de los carruajes

Sólo queda un puñado de casas muy distantes, pero tiene una escuela nueva, que se construyó en 1995, a la que asisten 20 alumnos

21 Jun 2016
Por un camino polvoriento, donde parece que no hay un alma, de pronto aparece a lo lejos alguien que se acerca en una moto. Viene cargado con canastos envueltos en papel marrón y plásticos para que no entre el frío. El conductor también se protege de las bajas temperaturas en el final del otoño. La motocicleta levanta una polvareda y deja por detrás una estela de tierra como una huella en el camino. Es el panadero del pueblo.

Todas las mañanas, aunque llueva o queme el sol, Víctor Sebastián Collante, de 28 años, llega en su moto dispuesto a vender el pan del día a la localidad de Camas Amontonadas. Son apenas un puñado de casas. El paraje es tan pequeño que no llega a ser una comuna rural. Pero ¿a qué le debe su nombre tan curioso?... Las voces de los lugareños recuerdan que en los tiempos de la colonia solían llegar los carruajes tirados por bueyes (en esos tiempos no se utilizaban los caballos). Dicen que era una de las tantas rutas hacia el Camino del Perú. En ese sitio, los cocheros se detenían para una pausa en semejante viaje. Además del descanso, los hombres aprovechaban el tiempo para hacer arreglar las ruedas de madera de los carruajes, a las que se les llamaban camas. Eran piezas que se unían una al lado de la otra para formar la circunferencia de las ruedas y estaban sostenidas por otras piezas de hierro a las que llamaban rayos.

Hubo un tiempo que paraban tantos cocheros en ese paraje que los carruajes estacionaban uno al lado del otro en espera de la reparación. Había tantos que podían verse a la distancia y la gente empezó a identificarlo como “camas amontonadas”.

Tradicionalmente, el sitio obligado para la pausa estaba ubicado frente a la vieja escuela N° 146. Hoy en día esa construcción está derruida, pero mantiene su aspecto fastuoso.

Se nota que otrora fue un edificio coqueto en medio del campo. Todavía queda la base del mástil para la bandera y, a través de ventanales, puede verse un patio interno en el que ya dominan las malezas. Esa vieja escuela está rodeada por árboles gigantes que le dan un aspecto fantasmagórico.

“Esa era la escuela vieja y ahí al frente paraban los cocheros. Había un taller que reparaba las camas de los carruajes”, recuerda Ana Griselda Sosa. La mujer era la encargada del mantenimiento y la higiene en el edificio escolar.

Ella mantiene su cargo en el nuevo edificio escolar, ubicado a unos 500 metros. “El año que viene, la escuela va a cumplir los 100 años”, dice orgullosa, mientras en el patio su esposo, Oscar Juárez, y su hijo Franco Juárez comienzan a cortar el césped. “El miércoles van a venir el médico y un dentista y por eso ellos han venido para ayudarme para que la escuela quede una pinturita”, agrega doña Ana, que lleva 29 años cumpliendo esa función.

En la nueva escuela hay tan sólo 20 alumnos del nivel primario, lo que demuestra lo pequeño que es Camas Amontonadas.

Un altar para la misa

A lo lejos se escucha el eco de un vendedor de carbón. Recorre Camas Amontonadas en una camioneta cargada con bolsas de lona. “Carboooonnnnneeeroooo” se oye a la distancia.

Al mediodía, el ladrido de los perros se mezcla en el viento con el canto de los gallos.

En lo que podría ser la entrada al pueblo hay un altar con la imagen de la Virgen, rodeada por flores secas. En ese lugar, el 11 de cada mes se oficia una misa al aire libre.

Por los caminos de tierra deambulan los animales del campo. Antes de la siesta es posible cruzarse con un zorro en busca de una presa fácil. Por encima de los cables del tendido eléctrico de alta tensión, en el aire, forman círculos en su vuelo sereno, los halcones de plumaje negro.

Camas Amontonadas no tiene cementerio propio. Cuando alguien se muere, los lugareños llevan al difunto hasta el parque santo de la localidad de Agua Dulce, a unos 15 kilómetros de distancia.

El cementerio es un predio del tamaño de una cancha de fútbol con lápidas y tumbas que parecen congeladas en el tiempo. El silencio se interrumpe por el ruido de una moto. Ubaldo Medrano y Amalia de la Rosa llegan al cementerio para limpiar la tumba de su familia. “Le vamos a dar una manito de pintura para que quede linda por el Día del Padre”, dice Ubaldo.

“Los viejos se mueren y los más jóvenes se van a otra parte a buscar trabajo; por eso casi no queda nadie por aquí”, comenta Amalia, mientras pasa un cepillo con agua por el cerámico de la tumba de don Agustín Medrano que murió en 1965. Allí también está sepultado el hijo, Juan Medrano, que murió en 2010.

Antes de la siesta no se escucha ni el viento. Los animales duermen. Los pocos vecinos, también. Sólo unos cuantos loros rompen la monotonía del lugar con un nombre especial, que va quedando en el olvido.

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