La violencia en el fútbol sigue sin castigo

LA  GACETA
Por LA GACETA 17 Octubre 2015
“No tiene la culpa el chancho, sino quien le da de comer”, dice un popular refrán, aunque en realidad la mala acción involucra tanto a uno como a otro. La violencia en el fútbol se ha vuelto un problema crónico. Los intentos que han hecho hasta ahora las autoridades no han llegado a los resultados esperados por distintas causas. Por un lado, afirman que combatirán con firmeza a los inadaptados, pero por otro, cuando conviene miran a veces hacia otro lado.

El jueves se conoció la decisión del Comité de Seguridad Deportiva de la provincia de no aplicar sanción alguna al club San Martín por el violento episodio registrado 3 de octubre pasado que motivó la suspensión del partido entre el “santo” y Gimnasia y Tiro de Salta. En la oportunidad, disconforme con la performance de su equipo, un grupo de fanáticos intentó ingresar en el campo de juego, y provocó desmanes. Se suponía que la institución iba a sufrir un castigo ejemplar, pero ello finalmente no aconteció.

El Comité, integrado por representantes del Estado, argumentó que no podía sancionar a San Martín porque el Consejo Federal ya le había dado por perdido el encuentro y le había aplicado una multa equivalente a 300 entradas. Se opusieron a la decisión Seguridad Deportiva de la Policía y Defensa Civil. El secretario de Seguridad Ciudadana dijo: “no es nuestra misión aplicar algún tipo de sanción a los clubes cuyos simpatizantes generen algún tipo de incidentes. Sí, tomamos algunas medidas para garantizar la seguridad de los espectadores y de las zonas donde se dispute el encuentro”.

Llama la atención que en todos estos años casi nunca se registraron detenidos. En nuestro editorial del lunes sobre este tema, destacamos como positiva la decisión del fiscal Fabián Rojas de investigar por los hechos de violencia producidos durante el partido que jugaron Deportivo Aguilares y Almirante Brown, en el Federal B. El magistrado halló pruebas para acusar de tentativa de homicidio en ocasión de desarrollarse un espectáculo deportivo, entre otros delitos, a quienes atacaron al arquero Orlando Gómez y a futbolistas visitantes. Luego pidió la detención de los acusados, solicitud que concretó el juez Raúl Fermoselle, sentando un precedente. Sería, por cierto, positivo si esta historia concluyera con los promotores de la violencia en la cárcel.

No se necesita pensar demasiado para saber que los barras bravas no actúan solos, sino bajo la protección de un sector poderoso; si no, cómo se explica que dispongan de entradas para la venta o reventa o viajen a cualquier parte con el equipo o gocen de otro tipo de prebendas. Esto se llama corrupción, que parece estar enquistada en el seno del poder. ¿Por qué nunca se divulgan los nombres de los mafiosos que dan de comer a estos individuos? Los barras bravas no existen por generación espontánea, sino porque un sector los sustenta económicamente y los protege. De otra manera, no se entendería que estos delincuentes siguieran provocando hechos violentos y hasta muertes, cuando seguramente sus caras son conocidas por dirigentes, policías y magistrados.

Si los violentos son alimentados desde un sector de poder, es porque existe un gran negocio; de otro modo no se explicaría que la violencia no haya sido erradicada hace tiempo de las canchas de fútbol. De poco y nada servirán las medidas que puedan tomarse, o el diseño de una política de Estado, si no se hunde el bisturí hasta el fondo para que salgan a la luz los corruptos, no sólo los “chanchos”, sino quienes “les dan de comer”, y estos quedan sin castigo. En todo negocio hay alguien que gana y quien pierde. Los vencedores hasta ahora son los violentos y sus protectores, mientras el que siempre pierde es el verdadero hincha, que paga una entrada para ver al equipo de sus amores. Sin él, el fútbol no existiría.

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