Un "American Idol" con onda, rock y aullidos tucumanos - LA GACETA Tucumán

Un "American Idol" con onda, rock y aullidos tucumanos

Un concurso convocó el martes a un jurado de peso: Zeta Bosio, Walas, De la Puente y Levinton. La jornada dejó una postal que va más allá del premio.

11 Oct 2015 Por Silvina Cena
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DIEZ BANDAS, DIEZ PAUSAS. Los minirrecitales (una canción por grupo) arrancaron a las 10.30 y terminaron a las 17, con recreos para reacomodarse. lLA GACETA / FOTOS DE FLORENCIA ZURTIA.

Afuera es pesado, viscoso, caliente. No hay mucho que permita adivinar, salvo un tráiler con la cara inmensa de Vicentico y los varios autos a su alrededor. Más allá, nada. Dos adolescentes merodean sobre sendos caballos en un predio próximo, dos chicas se ajustan los shorts antes de comenzar con su rutina de gimnasia, un guardia de seguridad hunde las manos en la negrura de los bolsillos. El resto es sopor de martes por la siesta.

Adentro no es la siesta y, aunque oscuro, tampoco la noche. Es un mundo en el que no transcurre el tiempo -al final del día la energía estará tan alta como al inicio- y que orbita en torno a tres sillones antiguos. Acomodados en ellos están cuatro nombres inseparables, en menor o mayor medida, del historial del rock argentino. El de sombrero verde es Walas, voz y alma de Massacre; al lado, el periodista Eduardo de la Puente se soba la barba; Joaquín Levinton, en el otro extremo, abre su Whatsapp, ríe y lo cierra; a su izquierda, Zeta Bosio, eternas gafas como visera, repasa apuntes en una libreta.

Son ellos el centro -físico y de atención- de este salón, pero no la excusa del evento. Están acá (el boliche Jacks London, frente al parque 9 de Julio) para ser jueces, maestros y también inspiración. Están acá, ahora en uno de los 10 recreos de la jornada en la que deben evaluar a igual cantidad de bandas tucumanas, preseleccionadas en el programa Made for music de la marca Budweiser. El proyecto, cuentan los organizadores, tiene objetivos generosos: inspirar a los consumidores -en este caso a quienes se dedican a la música- a alcanzar sus sueños. Uno de esos sueños, sin embargo, está interpretado a priori: triple filtro mediante, el premio es tocar como teloneros de Vicentico el 7 de noviembre, en Yerba Buena.

Pero antes suceden varias cosas, antes está este espacio sin tiempo, el jurado expectante en los sillones de la decoración y, al frente de ellos, un escenario de luces rojas. Por él han de pasar -en este orden- De los pies a la cabeza, Vicios urbanos, Giros, Carrusel, Alem, Sirculo, Boutique, Ocala, Pablo Yurko y Roadie. Son las bandas locales que han superado el primer filtro y que ahora transitan el segundo, de la mano de una única canción de la que luego cada juez hará una devolución. Una especie de American Idol con onda y, decididamente, con más rock.

Obsesivos del detalle

Lo que más llama la atención no es, no debería ser, sorprendente. Pero al fin y al cabo eso destaca la mayoría de los músicos al bajar del escenario: la sensata atención que reciben de los jueces. “Nos escuchan verdaderamente”, se admira, con énfasis en la última palabra, uno de los chicos. Lo saben por la minuciosidad de las evaluaciones. No sólo se interesan por la técnica, la actitud o la fidelidad a un género, sino que reparan en detalles como los colores de los instrumentos, el estampado de las remeras y hasta las palabras que han usado para definir a la banda.

“Todo lo que dice su descripción es que surgieron a fines de 2014, ¿qué más pueden contar?”, dice Walas cuando los de Ocala están a punto de tocar. Del cantante del mismo grupo destacarán la manera en que se cuelga el bajo. De Pablo Yurko (la banda) querrán saber el origen del nombre, y cuando sepan que así también se llama el cantante querrán saber si todos los integrantes tienen los mismos derechos. Al líder de Roadie le examinarán la ropa -una remera negra con estrellas blancas- y le desearán una pronta crítica en la Rolling Stone con igual cantidad de estrellas en su calificación. Cada vez se detendrán en la edad de los músicos. “¿Cuantos años tienen?”. La respuesta es casi siempre un número entre 18 y 25. “¡Irrespetuosos!”, reaccionan, ficticiamente escandalizados.

La interacción entre jueces y juzgados es apenas uno de los aspectos de este universo interior. Es aceitada también la estructura que permite que todo suceda y que comprende al hombre de negro que atiende los pedidos del jurado (“hay que comprarle cigarrillos a Zeta, ¿hay algún quiosco cerca?”), a las maquilladoras que se acercan a untar polvos en los rostros displicentes, a los camarógrafos que custodian la escena (cada banda finalista contará con video propio), a quienes reparten botellas o llenan los vasos vacíos, a los que asisten a las bandas en cada prueba de sonido. Y además está el elemento lúdico, casi siempre aportado por Levinton, que entre canción y canción asume el rol de animador. “¿Las promotoras dónde están? -dice, por ejemplo-. Que vengan acá, arriba mío”. Cuando no hace chistes, canta. Una canción poco audible, mezcla de invento y mugido, más para hacer reír que para deslumbrar.

En ese clima distendido sucede todo cuando llega el momento clave. De las 10 bandas que han tocado, sólo cinco serán elegidas para después someterse al favor del público (las dos que más votos reciban en la página web telonearán a Vicentico). Aparentemente no hay mucho para debatir: la resolución está lista en menos de 15 minutos. El escenario, sus luces rojas, desaparecen tras la decena de caras sonrientes (un representante de cada grupo) que aguarda la definición. “¡Carrusel!”, anuncia Joaquín, y todos aplauden. “¡De los pies a la cabeza!”, felicita Zeta, y todos gritan. “¡Roadie!”, agita De la Puente, y todos aprueban. “¡Boutique!”, vocifera Walas, y todos se abrazan.

Bosio vuelve a tomar el micrófono para informar la quinta seleccionada, Ocala. Tal vez por ser los últimos en anunciarse, tal vez por la euforia contenida, o por ambas o por ninguna, los integrantes de Ocala no se alegran: aúllan. Es un grito tan de las entrañas que invita a casi todos los presentes a imitarlo, incluso a los que no han sido nombrados por el jurado; desde su sillón, Levinton también se motiva y grita “¡pasen, abrácense todos, domingos de la juventud!”. Luego habrá entregas de souvenirs y firma de autógrafos, pero la postal más emblemática es esta, la de las bandas riéndose y festejando, salvando por unos minutos del lugar común a esa frase que dice que el viaje -a un sueño- es más valioso que el destino.


Walas, de Massacre: “estamos en la era de los sponsors y hay que aprovecharlo"

¿Qué destacás de las bandas locales que viste?

Observo mucha libertad, mucho talento, mucha tela para cortar. Yo conocía a los Karma Sudaca como punta de lanza del rock tucumano y ahora veo el nuevo semillero en varios géneros (funk, rock, alternativo, pop), y la verdad es que hay talento.

¿Qué sugerís a las bandas que quieran trascender las fronteras provinciales?

Lo primero es esto: certámenes como este son vehículos para que te vean y conozcan en otros lados. Por un lado, participás y podés ganar. Por otro, los videos que se graban, editan y difunden a partir de esto pueden ser capitalizados por las bandas. Tienen que aprovechar estos concursos para autobombo y para foguearse. 

¿Ver bandas tan jóvenes te hace recordar a tus inicios?

Sí, obvio. Nosotros con Massacre Palestina (como nos llamábamos cuando empezamos) hemos participado en un par de concursos, en los 80 y 90. En esa época todo era precario, trucho; ahora está más organizado, más instituido. Estamos en lo que llamo la era de los sponsors. Los sponsors son como los mecenas de la Antigüedad: la familia que tenía más guita bancaba a un artista para que pudiera desarrollarse. 

¿Viene Massacre a Tucumán?

No sé cuándo, pero seguramente sí porque sacamos disco nuevo, “Biblia Ovni”. Lo estuvimos presentando en Buenos Aires y próximamente lo haremos en la Patagonia. Y obviamente volveremos a Tucumán.


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