Los líderes de verdad emergen durante las crisis. Tucumán necesita en estos días liderazgos firmes, positivos y generosos, capaces de frenar la violencia y de bajar una línea sintetizada por dos valores: respeto y responsabilidad. Respeto por las instituciones, responsabilidad para actuar con inteligencia y con serenidad. El camino de la agresión, del escrache y del patoterismo conduce al peor de los destinos, y son demasiados los actores embarcados por esa ruta. Calmar los ánimos es el primer paso; consensuar un remedio para la fractura social que está dolorosamente expuesta, el siguiente. Está en juego el futuro, nada menos.
Al fuego de la crisis electoral le están arrojando nafta desde todos los surtidores. No es anecdótico que el diputado Carlos Kunkel amenace con intervenir la Justicia tucumana. Se trata de una de las espadas del Gobierno nacional en el Congreso. Son declaraciones peligrosas, destinadas a presionar a una Corte cuya integración es hasta aquí una incógnita. Esa clase de amenaza, de un Poder a otro, es tan dañina como los carteles y pintadas que riegan los Tribunales, o los cascotazos que impactaron en la casa de la jueza López Piossek.
Bienvenidas las manifestaciones populares, sean del signo que sean, mientras se mantengan en el marco de la ley. El derecho a la expresión es inalienable. Lo importante es medir sus tiempos y consecuencias. Un ejemplo: que los productores rurales mantengan la plaza Independencia cerrada al tránsito no ayuda en estos momentos. Y algo más: cuando las protestas se desmadran son los líderes quienes deben brindar la palabra justa para conducirlas, sin que por eso pierdan fuerza ni esencia. A esas mentes frías, que tanta falta hacen, les están ganando el partido los corazones enardecidos y las lenguas afiladas.
Se trata, a fin de cuentas, de respetar y de respetarnos. Parece mucho pedir para una sociedad que se ve entrampada por una crisis complejísima. Con dosis elementales de respeto –por las instituciones, por la Ley, por la opinión del prójimo, por cada uno de los tucumanos- el escenario cambia. Ese es un esfuerzo que les cabe a los gobernantes, a los opositores y a cada uno de los ciudadanos. Los insultos propinados a Juan Manzur en el aeropuerto forman parte de esta escalada incesante, multiplicada además por la polifonía que caracteriza a las redes sociales.
Actuar con responsabilidad implica apreciar las cosas en su justa medida, pensar antes de acusar, informarse antes de sospechar y buscar todas las formas de diálogo posible. Tanta declaración al voleo, tanta incitación a distintas clases de violencia, es propio de irresponsables. Tucumán no está en condiciones de soportar un día a día en el que la clase política e infinidad de ciudadanos amanecen y anochecen atrincherados. Deberíamos estar debatiendo la agenda del Bicentenario y resulta que la misión es unir a una sociedad partida por la mitad.
Tucumán no tiene paz y así no hay manera de salir del intríngulis político. Pacificar significa respetar los derechos y las obligaciones que le competen a cada uno. Libertad para marchar y prudencia en lo que se hace y lo que se dice. Respeto al voto secreto, universal y obligatorio y estricta sujeción a los imperativos constitucionales. Voluntad para escuchar y para entender. Grandeza para ceder posiciones, del oficialismo y de la oposición, en aras del bien común. A ese deber ser de toda sociedad lo apuntalan e impulsan los líderes, esos que no pueden equivocarse en estas horas delicadas y trascendentes.
Al fuego de la crisis electoral le están arrojando nafta desde todos los surtidores. No es anecdótico que el diputado Carlos Kunkel amenace con intervenir la Justicia tucumana. Se trata de una de las espadas del Gobierno nacional en el Congreso. Son declaraciones peligrosas, destinadas a presionar a una Corte cuya integración es hasta aquí una incógnita. Esa clase de amenaza, de un Poder a otro, es tan dañina como los carteles y pintadas que riegan los Tribunales, o los cascotazos que impactaron en la casa de la jueza López Piossek.
Bienvenidas las manifestaciones populares, sean del signo que sean, mientras se mantengan en el marco de la ley. El derecho a la expresión es inalienable. Lo importante es medir sus tiempos y consecuencias. Un ejemplo: que los productores rurales mantengan la plaza Independencia cerrada al tránsito no ayuda en estos momentos. Y algo más: cuando las protestas se desmadran son los líderes quienes deben brindar la palabra justa para conducirlas, sin que por eso pierdan fuerza ni esencia. A esas mentes frías, que tanta falta hacen, les están ganando el partido los corazones enardecidos y las lenguas afiladas.
Se trata, a fin de cuentas, de respetar y de respetarnos. Parece mucho pedir para una sociedad que se ve entrampada por una crisis complejísima. Con dosis elementales de respeto –por las instituciones, por la Ley, por la opinión del prójimo, por cada uno de los tucumanos- el escenario cambia. Ese es un esfuerzo que les cabe a los gobernantes, a los opositores y a cada uno de los ciudadanos. Los insultos propinados a Juan Manzur en el aeropuerto forman parte de esta escalada incesante, multiplicada además por la polifonía que caracteriza a las redes sociales.
Actuar con responsabilidad implica apreciar las cosas en su justa medida, pensar antes de acusar, informarse antes de sospechar y buscar todas las formas de diálogo posible. Tanta declaración al voleo, tanta incitación a distintas clases de violencia, es propio de irresponsables. Tucumán no está en condiciones de soportar un día a día en el que la clase política e infinidad de ciudadanos amanecen y anochecen atrincherados. Deberíamos estar debatiendo la agenda del Bicentenario y resulta que la misión es unir a una sociedad partida por la mitad.
Tucumán no tiene paz y así no hay manera de salir del intríngulis político. Pacificar significa respetar los derechos y las obligaciones que le competen a cada uno. Libertad para marchar y prudencia en lo que se hace y lo que se dice. Respeto al voto secreto, universal y obligatorio y estricta sujeción a los imperativos constitucionales. Voluntad para escuchar y para entender. Grandeza para ceder posiciones, del oficialismo y de la oposición, en aras del bien común. A ese deber ser de toda sociedad lo apuntalan e impulsan los líderes, esos que no pueden equivocarse en estas horas delicadas y trascendentes.








