Si no empezamos a dialogar no tenemos futuro

LA  GACETA
Por LA GACETA 26 Agosto 2015
De tan acostumbrados que estamos a resolver nuestras diferencias por medio de la violencia, los tucumanos hemos perdido el ejercicio de ponernos de acuerdo. Claro, el camino del diálogo es el más empinado y remite al mito de Sísifo. Pero si no nos imponemos la necesidad de empujar la piedra cuesta arriba día a día continuaremos prisioneros de esta matriz represiva que reapareció el lunes en la plaza Independencia. Y lo que es mucho peor: resignamos cualquier construcción colectiva porque, definitivamente, nos quedamos sin futuro.

Para buscar y encontrar consensos es imprescindible sentarse a la mesa con buena voluntad. Sin predisposición para respetar al interlocutor ni ganas de escucharlo es mejor no asistir a la cita. Pues bien, Tucumán permanece estancado en un momento histórico que se caracteriza por la falta de respeto y por el ninguneo al otro. Así no se puede conversar; mucho menos encontrar espacios de debate abiertos, plurales, sanos, serios y bienintencionados.

Cuando a un concepto se lo tironea desde distintas veredas queda vacío de sentido. Pasa en Tucumán con la democracia. Se habla muchísimo de democracia pero muy poco se la practica. Una democracia banalizada es un barco a la deriva que lanza SOS sin que nadie acuda al rescate. Un buen comienzo para mirar las cosas de otra manera es dotar al cuerpo social de un espíritu democrático poderoso. Sobre este tema vale la reflexión del politólogo italiano Giovanni Sartori:

“A la democracia le basta que el público tenga opiniones. No cualquier clase de opiniones ni cualquier clase de públicos. La democracia es, específicamente, un gobierno de la opinión pública. Y el público de la ‘opinión pública’ no es sólo sujeto, sino también objeto de la expresión. Una opinión se denomina pública no sólo porque es del público, no sólo porque es difundida entre muchos. Una opinión es ‘opinión pública’ porque afecta a objetos y materias que son de naturaleza pública, como el interés general, el bien común, y en esencia, la cosa pública. Un gobierno democrático, es decir, un gobierno de la opinión pública, necesariamente debe ser un gobierno consentido: un gobierno del consenso. Un gobierno que consensúe opiniones”.

La violencia que cruza la vida diaria de los tucumanos se alimenta por múltiples factores. Es una sociedad agresiva y eso se nota en la calle, en el club, en el barrio y en el hogar. Las razones subyacen en nuestra historia, en una matriz cultural de medio siglo a la que no hemos conseguido modificar. Y mientras tanto les exigimos a las autoridades que recorran caminos que la sociedad no transita. Los gobernantes son los máximos responsables, en cuanto líderes de la comunidad, pero no están escindidos de las conductas colectivas.

Preocupados por esta ausencia de diálogo que hace de Tucumán un permanente campo de batalla, representantes de distintos sectores se unieron para llamar a la concordia. Referentes religiosos, sindicales, económicos y de ONGs instaron -por medio de un documento- a conservar la paz y el respeto a la dignidad humana. Cuando deberíamos estar concentrados en la construcción de una provincia para los próximos 100 años, los esfuerzos se orientan a implorar que -de una vez por todas- dejemos de maltratarnos. En otras palabras: o terminamos con la ley de la selva y empezamos a dialogar o perdemos para siempre el tren del porvenir.

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