El bien común no es sólo un concepto que se dice y se repite porque “suena” bien. Por el contrario, debería ser el norte que guíe siempre a los sectores más representativos de cada sociedad en todas las iniciativas en que estén implicados. Pero, para que sea realmente efectivo y fructifique en una sociedad mejor, debe ser inculcado de raíz. Es decir, en aquellos lugares donde el hombre comienza a formarse. Esos lugares son, por excelencia, el hogar y la escuela. A menudo se habla de que tanto la familia como la escuela están en crisis. Y que justamente por esa crisis, el desarrollo de nuestra sociedad parece haberse estancado. Sin embargo, hay ejemplos que tiran por tierra esta afirmación. En dos escuelas del interior tucumano, alumnos de nivel secundario realizaron dos trabajos de investigación que les permitieron auscultar la comunidad en la que viven y, después de detectar sus fallas, ponerse a trabajar por el bien común. El primer caso involucra a los alumnos del último año de la escuela secundaria de Luisiana (Cruz Alta) que, para una feria de ciencias, comenzaron a ingadar cuál era la patología más común en la escuela. Y, luego de entrevistar a 245 alumnos, descubrieron que el 70% tenía un familiar con diabetes. Tras hacer extensivo este dato a todo el pueblo, concluyeron que la diabetes era la enfermedad más extendida de la comunidad y que, por lo tanto, debían hacer algo para prevenirla. De manera que comenzaron a organizar campañas de concientización y de alimentación sana en la que involucraron a una gran cantidad de familias.
El segundo ejemplo no es menos impactante. Alumnos de 5° año de la escuela Gobernador Garmendia (Burruyacu) comenzaron a investigar cuán expuestos estaban los niños y adolescentes de la comunidad al grooming o acoso de un adulto a través de internet. La conclusión a la que arribaron los desconcertó: el 35% de los chicos interactúa en las redes sociales con personas que no conoce. De inmediato se les ocurrió que debían hacer algo para prevenir este flagelo y pusieron en marcha la iniciativa de dictar charlas en las escuelas primarias, convirtiéndose en tutores de los más chicos.
Ambas iniciativas, loables desde todo punto de vista, dan cuenta de la educación, en muchos casos, da sus frutos. A pesar de la crisis de valores, de la protesta de maestros y de la falta de presupuesto, hay escuelas que resisten el embate del “nivelar para abajo” con el uso de creatividad. Y aún más, ayudan a los alumnos a involucrarse en la comunidad que los rodea, llevando soluciones a problemas concretos. Este es, en definitiva, el objetivo de toda educación. Son pruebas que no son evaluadas por las PISA, pero que también forman parte de la educación a conciencia. Tanto como la Matemática, la Lengua o la Historia.
Cooresponde celebrar entonces este tipo de iniciativas que permiten demostrar que la escuela pública es capaz de educar a los jóvenes para interactuar positivamente con su entorno. En un país donde millones de personas pagan por llamar telefónicamente a los reality shows para participar de la elección de “quién será expulsado de la casa”, existen todavía instituciones que trabajan cotidianamente para crear una cultura de la integración. Instituciones que, claro está, es necesario actualizar, transformar y mejorar para colocarlas a la altura de las actuales necesidades. Pero que en primer lugar hay que valorar y jerarquizar. Este es un desafío que tienen por delante los nuevos gobernantes.
El segundo ejemplo no es menos impactante. Alumnos de 5° año de la escuela Gobernador Garmendia (Burruyacu) comenzaron a investigar cuán expuestos estaban los niños y adolescentes de la comunidad al grooming o acoso de un adulto a través de internet. La conclusión a la que arribaron los desconcertó: el 35% de los chicos interactúa en las redes sociales con personas que no conoce. De inmediato se les ocurrió que debían hacer algo para prevenir este flagelo y pusieron en marcha la iniciativa de dictar charlas en las escuelas primarias, convirtiéndose en tutores de los más chicos.
Ambas iniciativas, loables desde todo punto de vista, dan cuenta de la educación, en muchos casos, da sus frutos. A pesar de la crisis de valores, de la protesta de maestros y de la falta de presupuesto, hay escuelas que resisten el embate del “nivelar para abajo” con el uso de creatividad. Y aún más, ayudan a los alumnos a involucrarse en la comunidad que los rodea, llevando soluciones a problemas concretos. Este es, en definitiva, el objetivo de toda educación. Son pruebas que no son evaluadas por las PISA, pero que también forman parte de la educación a conciencia. Tanto como la Matemática, la Lengua o la Historia.
Cooresponde celebrar entonces este tipo de iniciativas que permiten demostrar que la escuela pública es capaz de educar a los jóvenes para interactuar positivamente con su entorno. En un país donde millones de personas pagan por llamar telefónicamente a los reality shows para participar de la elección de “quién será expulsado de la casa”, existen todavía instituciones que trabajan cotidianamente para crear una cultura de la integración. Instituciones que, claro está, es necesario actualizar, transformar y mejorar para colocarlas a la altura de las actuales necesidades. Pero que en primer lugar hay que valorar y jerarquizar. Este es un desafío que tienen por delante los nuevos gobernantes.








