La palabra “inclusión” ha sido usada de muchas maneras. A veces con exceso y otras con poco énfasis. Pero con frecuencia se olvida que la inclusión requiere educación. Es la educación la que brinda las herramientas básicas para que los excluidos del sistema puedan valerse por sí mismos, en forma permanente, sin someterse al vasallaje de los punteros políticos o a la sumisión de los planes sociales. Esa inclusión que comienza con la educación, puede proliferar luego en el ámbito laboral. En este sentido, la experiencia que vivieron alrededor de 300 chicos y jóvenes de Tucumán con discapacidad que tuvieron la posibilidad de experimentar su primera experiencia laboral integradora, merece ser destacada. Fue una prueba piloto que en casi todos los comercios e instituciones adheridas duró un solo día y que fue organizada por la Mesa de Integración Laboral para Personas con Discapacidad. “Que se integren en un espacio de trabajo es el fin último de este proyecto, pero es algo que venimos trabajando y planificando hace más de cinco años. El objetivo no es el de ayudar a las personas con discapacidad desde un sentido asistencialista, sino promover su desarrollo, que den lo que pueden dar. Además pensamos que esto tiene un efecto multiplicador: te aseguro que en todos los lugares donde se inserten los chicos, después de esta experiencia van a tener otra mirada sobre la discapacidad, al igual que todos los empresarios que lleguen hoy a la oficina y se encuentren con que un chico discapacitado los orienta... Quizás se vayan y piensen que en su empresa también pueden tener a una persona especial”, explicó Dirk Trotteyn, gerente general del Instituto de Desarrollo Productivo (IDEP) y uno de los impulsores del proyecto, que no solo apunta a la integración en el mundo laboral, sino también en la ciudad: “que haya una rampa en una esquina no implica que tengamos una ciudad integradora. Falta muchísimo por hacer”, agregó.
Esta concepción de la integración, tan alejada del discurso político, es tal vez una de las formas más afectivas de hacer inclusión social. Porque entendemos que la inclusión se materializa cuando la educación tiene como contrapartida oportunidades genuinas de inserción laboral. Y para que esa inclusión sea verdadera, debe sustentarse en un proyecto que se sostenga en el tiempo. Que no dependa de una cosecha de soja, ni del petróleo, ni del dólar. Un proyecto que no exija vitorear a los líderes políticos, llevar pancartas o hacer sonar un redoblante, como suele verse por estos días en los mitines donde los candidatos prometen lo que a veces no pueden o no tienen intenciones de cumplir. La inclusión lograda con educación es el camino a la libertad, a la realización personal, al orgullo de los padres por tener un hijo que hace su aporte a la sociedad. La inclusión es la antítesis de los populismos, que requieren pobreza e ignorancia para construir poder, acumular fortunas y asegurarse impunidad. Esta experiencia realizada por el IDEP avala esta concepción de la inclusión. Y por eso merece el apoyo. No sólo de todos los ámbitos del Estado, sino también de todo el espectro empresarial privado. Una política de inclusión implica “hacer visibles” a sectores sociales ignorados que carecen de acceso a los bienes más elementales, cuya vida está dedicada a la subsistencia y cuyos hijos se crían en la calle, expuestos a la droga y al delito. Esos 300 jóvenes que participaron del programa del IDEP hoy son visibles.
Esta concepción de la integración, tan alejada del discurso político, es tal vez una de las formas más afectivas de hacer inclusión social. Porque entendemos que la inclusión se materializa cuando la educación tiene como contrapartida oportunidades genuinas de inserción laboral. Y para que esa inclusión sea verdadera, debe sustentarse en un proyecto que se sostenga en el tiempo. Que no dependa de una cosecha de soja, ni del petróleo, ni del dólar. Un proyecto que no exija vitorear a los líderes políticos, llevar pancartas o hacer sonar un redoblante, como suele verse por estos días en los mitines donde los candidatos prometen lo que a veces no pueden o no tienen intenciones de cumplir. La inclusión lograda con educación es el camino a la libertad, a la realización personal, al orgullo de los padres por tener un hijo que hace su aporte a la sociedad. La inclusión es la antítesis de los populismos, que requieren pobreza e ignorancia para construir poder, acumular fortunas y asegurarse impunidad. Esta experiencia realizada por el IDEP avala esta concepción de la inclusión. Y por eso merece el apoyo. No sólo de todos los ámbitos del Estado, sino también de todo el espectro empresarial privado. Una política de inclusión implica “hacer visibles” a sectores sociales ignorados que carecen de acceso a los bienes más elementales, cuya vida está dedicada a la subsistencia y cuyos hijos se crían en la calle, expuestos a la droga y al delito. Esos 300 jóvenes que participaron del programa del IDEP hoy son visibles.








