Prácticamente todos los sectores de la población tucumana ascienden a los taxis, en las más diversas horas de la jornada, según está a la vista de todos. Ello a pesar del reciente –y considerable- incremento de las respectivas tarifas. Todo esto justifica sugerir algunas medidas para que tan imprescindible servicio se preste rodeado de condiciones razonables.
Tales condiciones no siempre se dan, en San Miguel de Tucumán. En primer lugar, constituye un serio problema el estado de los autos. Dejando de lado el año del modelo a que pertenezca la unidad, es realmente notable la falta de higiene y el descuido que exhibe el interior de muchos de esos vehículos.
Hablamos de asientos hundidos, por el pésimo estado de sus resortes; de tapicerías en destrozo, con roturas y parches. Esto además de ventanillas cuyos cristales no pueden descorrerse y –con la falta de seguridad que implica- de puertas que no cierran bien. Todo dentro de un cuadro de suciedad general, evidencia de que el interior del coche prácticamente no se limpia nunca.
La antihigiene y el descuido se extienden, con lamentable asiduidad, también al conductor del taxi.
Es frecuente que quien maneja lo haga con una indumentaria cuyo desaliño y falta de limpieza personal no resultan aceptables en quien presta un servicio público. Obviamente, no se trata de exigir traje formal al conductor de un taxi; pero sí, por lo menos, una camisa y un pantalón –largo- mínimamente arreglados, como atuendo. Hay que pensar que, si algunas personas no les importa ese aspecto, hay muchas otras a quienes el desaliño les resulta desagradable.
Otro problema, nada pequeño en una provincia con las características climáticas de la nuestra, es la falta de refrigeración en los vehículos del referido servicio.
Como es bien conocido y sufrido por todos, la temporada calurosa de Tucumán no es de tres meses, sino que se extiende a varios más, con jornadas realmente agobiantes de calor y de humedad.
Si bien hay que reconocer que, en la actualidad, hay algunos coches dotados de aire acondicionado –cosa que era una auténtica rareza hasta hace poco- la verdad es que la gran mayoría carece del mismo. O, si el coche posee el aparato correspondiente, el chofer informa al pasajero que no lo enciende por orden del dueño, que cuida la economía de combustible, lo que es lo mismo.
De ese modo, en las tan abundantes jornadas hirvientes de nuestro interminable verano, viajar en taxi representa una auténtica mortificación. Esta se potencia cuando, muchas veces, ni siquiera pueden descorrerse las ventanillas para obtener un poco de aire, dado que el mecanismo “se acaba de romper”, como es la común respuesta del conductor.
Nos parece que, en Tucumán, todos los taxis debieran estar dotados de aire acondicionado, para proporcionar al pasajero –y también al chofer- una elemental confortabilidad. La refrigeración en estos vehículos no puede ser considerada un lujo. Constituye una fuerte necesidad, en nuestro clima tropical.
En suma, vehículos dotados de un interior limpio, guiados por choferes vestidos razonablemente, y con la refrigeración encendida en el verano, constituyen un requerimiento que resulta imprescindible atender.
Tales condiciones no siempre se dan, en San Miguel de Tucumán. En primer lugar, constituye un serio problema el estado de los autos. Dejando de lado el año del modelo a que pertenezca la unidad, es realmente notable la falta de higiene y el descuido que exhibe el interior de muchos de esos vehículos.
Hablamos de asientos hundidos, por el pésimo estado de sus resortes; de tapicerías en destrozo, con roturas y parches. Esto además de ventanillas cuyos cristales no pueden descorrerse y –con la falta de seguridad que implica- de puertas que no cierran bien. Todo dentro de un cuadro de suciedad general, evidencia de que el interior del coche prácticamente no se limpia nunca.
La antihigiene y el descuido se extienden, con lamentable asiduidad, también al conductor del taxi.
Es frecuente que quien maneja lo haga con una indumentaria cuyo desaliño y falta de limpieza personal no resultan aceptables en quien presta un servicio público. Obviamente, no se trata de exigir traje formal al conductor de un taxi; pero sí, por lo menos, una camisa y un pantalón –largo- mínimamente arreglados, como atuendo. Hay que pensar que, si algunas personas no les importa ese aspecto, hay muchas otras a quienes el desaliño les resulta desagradable.
Otro problema, nada pequeño en una provincia con las características climáticas de la nuestra, es la falta de refrigeración en los vehículos del referido servicio.
Como es bien conocido y sufrido por todos, la temporada calurosa de Tucumán no es de tres meses, sino que se extiende a varios más, con jornadas realmente agobiantes de calor y de humedad.
Si bien hay que reconocer que, en la actualidad, hay algunos coches dotados de aire acondicionado –cosa que era una auténtica rareza hasta hace poco- la verdad es que la gran mayoría carece del mismo. O, si el coche posee el aparato correspondiente, el chofer informa al pasajero que no lo enciende por orden del dueño, que cuida la economía de combustible, lo que es lo mismo.
De ese modo, en las tan abundantes jornadas hirvientes de nuestro interminable verano, viajar en taxi representa una auténtica mortificación. Esta se potencia cuando, muchas veces, ni siquiera pueden descorrerse las ventanillas para obtener un poco de aire, dado que el mecanismo “se acaba de romper”, como es la común respuesta del conductor.
Nos parece que, en Tucumán, todos los taxis debieran estar dotados de aire acondicionado, para proporcionar al pasajero –y también al chofer- una elemental confortabilidad. La refrigeración en estos vehículos no puede ser considerada un lujo. Constituye una fuerte necesidad, en nuestro clima tropical.
En suma, vehículos dotados de un interior limpio, guiados por choferes vestidos razonablemente, y con la refrigeración encendida en el verano, constituyen un requerimiento que resulta imprescindible atender.








