Se encuentra en los tramos finales el mes de febrero, y pronto ha de comenzar a abultarse la agenda de las actividades culturales de nuestra ciudad. Agenda que, como se sabe, es amplia y variada, de acuerdo a una tradición que nos enorgullece y que aspiramos a potenciar. La circunstancia hace oportuno reiterar cierta sugerencia que hemos expuesto en otras oportunidades, y que creemos podría ser recogida con ventaja, alguna vez.
Se trata, en síntesis, de coordinar toda la actividad cultural. Es algo que, según nos parece, resulta francamente necesario frente a la cantidad y variedad de sus manifestaciones, que cada año se multiplican.
Sabemos que es muy frecuente que tales manifestaciones, por el modo en que están planificadas, en los hechos obligan a los interesados a optar por una u otra oferta, cuando en realidad hubieran querido aceptar ambas.
Nos referimos a que, por lo general, hay fechas del calendario cultural que aparecen despobladas, mientras en otras se opera una gran concentración, que superpone las actividades. Otras veces, se superponen los horarios. El problema abarca tanto los espectáculos como los cursos y conferencias, y a menudo también los congresos y jornadas. Pensamos que este problema podría ser perfectamente solucionado, si se contase con la adecuada coordinación. Ella podría ser manejada con éxito, dada su estructura, por el organismo del Estado, el Ente Cultural de Tucumán.
Esto demandaría que todo organismo –estatal o privado- que haya proyectado actividades de esa índole, informara con la anticipación debida al ente coordinador, de manera que pudiera confeccionarse un calendario anual que registre todas las expresiones.
Esto permitiría contar con un panorama general del tema y, consecuentemente, realizar -cuando fuera necesario y posible- las adecuadas modificaciones y el corrido de fechas. De manera que se eviten las superposiciones que apuntábamos, y pueda garantizarse la más amplia y generalizada asistencia de los interesados.
Esa coordinación serviría, de paso, para obligar a que la planificación de los actos se efectúe con el tiempo necesario, tema que no siempre tienen en cuenta sus organizadores. Es obvio que de ese modo se podrían prever y solucionar con eficacia esos apuros y esos inconvenientes que no son para nada raros.
No hay que olvidar que toda expresión cultural tiene por detrás una muy significativa suma de gastos y de esfuerzos, a los que es justo compensar en plenitud, poniéndolos a salvo de las frustraciones que suelen derivar de no haber unido la anticipación y el cálculo certero al entusiasmo de los organizadores.
Puesto que tenemos una intensa actividad en todos los ramos de la cultura, nadie puede discutir que ella debe llegar al mayor número posible de personas, para producir los beneficios que se tienen en mira.
Como decimos arriba, en la actualidad es frecuente que no ocurra así. Creemos que valdría la pena poner en marcha una innovación práctica como la que volvemos a sugerir; y más si pensamos que su implementación no suena a difícil ni costosa, y que sus beneficios serían evidentes.
Se trata, en síntesis, de coordinar toda la actividad cultural. Es algo que, según nos parece, resulta francamente necesario frente a la cantidad y variedad de sus manifestaciones, que cada año se multiplican.
Sabemos que es muy frecuente que tales manifestaciones, por el modo en que están planificadas, en los hechos obligan a los interesados a optar por una u otra oferta, cuando en realidad hubieran querido aceptar ambas.
Nos referimos a que, por lo general, hay fechas del calendario cultural que aparecen despobladas, mientras en otras se opera una gran concentración, que superpone las actividades. Otras veces, se superponen los horarios. El problema abarca tanto los espectáculos como los cursos y conferencias, y a menudo también los congresos y jornadas. Pensamos que este problema podría ser perfectamente solucionado, si se contase con la adecuada coordinación. Ella podría ser manejada con éxito, dada su estructura, por el organismo del Estado, el Ente Cultural de Tucumán.
Esto demandaría que todo organismo –estatal o privado- que haya proyectado actividades de esa índole, informara con la anticipación debida al ente coordinador, de manera que pudiera confeccionarse un calendario anual que registre todas las expresiones.
Esto permitiría contar con un panorama general del tema y, consecuentemente, realizar -cuando fuera necesario y posible- las adecuadas modificaciones y el corrido de fechas. De manera que se eviten las superposiciones que apuntábamos, y pueda garantizarse la más amplia y generalizada asistencia de los interesados.
Esa coordinación serviría, de paso, para obligar a que la planificación de los actos se efectúe con el tiempo necesario, tema que no siempre tienen en cuenta sus organizadores. Es obvio que de ese modo se podrían prever y solucionar con eficacia esos apuros y esos inconvenientes que no son para nada raros.
No hay que olvidar que toda expresión cultural tiene por detrás una muy significativa suma de gastos y de esfuerzos, a los que es justo compensar en plenitud, poniéndolos a salvo de las frustraciones que suelen derivar de no haber unido la anticipación y el cálculo certero al entusiasmo de los organizadores.
Puesto que tenemos una intensa actividad en todos los ramos de la cultura, nadie puede discutir que ella debe llegar al mayor número posible de personas, para producir los beneficios que se tienen en mira.
Como decimos arriba, en la actualidad es frecuente que no ocurra así. Creemos que valdría la pena poner en marcha una innovación práctica como la que volvemos a sugerir; y más si pensamos que su implementación no suena a difícil ni costosa, y que sus beneficios serían evidentes.








