Parece obvio recordar que los días marcados como feriados nacionales en el calendario, tienen esa categoría por la significación que otorga la memoria colectiva a la fecha que evocan: un acontecimiento con sentido patriótico o histórico, o una festividad religiosa.
Durante mucho tiempo, el calendario argentino exhibió una gran cantidad de feriados, que al promediar la década de 1970 fueron reducidos a una suma razonable. Pero pasaron unos cuantos años y se cambió totalmente de criterio: aparecieron los feriados “puente” y se modificaron fechas originales, de manera de generar esos fines de semana “largos”, tan abundantes hoy en el almanaque. Este año suman 10, con 16 feriados.
Es un tema discutible la actual proliferación de jornadas donde está suspendida toda actividad laboral. Como se sabe, por un lado tenemos la tesitura oficial, que sostiene que de esa manera se fomenta el turismo interno, lo que dinamiza la economía de los numerosos puntos del mapa argentino que son preferidos por los viajeros. De otro lado, está el criterio que sostiene que la vida normal de un país es la del trabajo, y que la suspensión frecuente de aquella se refleja negativamente tanto en la actividad de las oficinas públicas y bancarias, como en la de los negocios e industrias en general. Y que eso dista de favorecer, en última instancia, la economía nacional.
Es evidente que ambos enfoques tienen su carga de argumentos que los justifican. Al punto que, como ocurre en la mayoría de los casos, tal vez el criterio adecuado esté en lograr un punto intermedio, donde se concilien razonablemente ambas posturas.
Pero pensamos que el feriado de Carnaval, que se desarrolló ayer y anteayer, merece un comentario. Dejemos de lado el recuerdo de la trayectoria histórica del Carnaval, fiesta cuyos orígenes se remontan a la Antigüedad, de acuerdo a las enciclopedias. Sabemos que en nuestro país se lo festejó, con ruidosa alegría de corsos, comparsas, bailes, disfraces y desenfrenados juegos de agua, por lo menos hasta la mitad del siglo que pasó. Ese carácter de gran fiesta popular, venía a justificar que fueran feriados el lunes y el martes de Carnaval.
Pero ocurre que poco después, por la razón que fuera, el festejo masivo del Carnaval fue decayendo hasta casi desaparecer, salvo en puntuales localidades del mapa nacional. Tanto que, al promediar los años 70, se eliminó directamente el feriado, sin suscitar protesta alguna. Así estuvieron las cosas hasta 2011, en que las autoridades nacionales dispusieron resucitar aquello que se había derogado por una comprensible razón de desuso.
Como podemos advertir, el feriado no ha significado, en Tucumán, resurrección alguna del Carnaval. Nada hay en la vida cotidiana que indique el entusiasta festejo de décadas atrás: no hay corsos, ni comparsas, ni disfraces, los grandes bailes se limitan a los clubes, y ni siquiera se juega con agua. Lo único que hay son dos días de feriado, que a una gran mayoría de ciudadanos les resulta inexplicables.
Acaso sería hora de que el gobierno revise ese tramo donde se detiene toda actividad. Hablamos de un examen profundo, con estadísticas, para establecer si se justifican las jornadas inactivas incrustadas en el calendario de febrero. Esto, poniendo en la balanza el verdadero impacto de un festejo hoy notablemente reducido y sus consecuencias sobre la vida económica normal del país.
Durante mucho tiempo, el calendario argentino exhibió una gran cantidad de feriados, que al promediar la década de 1970 fueron reducidos a una suma razonable. Pero pasaron unos cuantos años y se cambió totalmente de criterio: aparecieron los feriados “puente” y se modificaron fechas originales, de manera de generar esos fines de semana “largos”, tan abundantes hoy en el almanaque. Este año suman 10, con 16 feriados.
Es un tema discutible la actual proliferación de jornadas donde está suspendida toda actividad laboral. Como se sabe, por un lado tenemos la tesitura oficial, que sostiene que de esa manera se fomenta el turismo interno, lo que dinamiza la economía de los numerosos puntos del mapa argentino que son preferidos por los viajeros. De otro lado, está el criterio que sostiene que la vida normal de un país es la del trabajo, y que la suspensión frecuente de aquella se refleja negativamente tanto en la actividad de las oficinas públicas y bancarias, como en la de los negocios e industrias en general. Y que eso dista de favorecer, en última instancia, la economía nacional.
Es evidente que ambos enfoques tienen su carga de argumentos que los justifican. Al punto que, como ocurre en la mayoría de los casos, tal vez el criterio adecuado esté en lograr un punto intermedio, donde se concilien razonablemente ambas posturas.
Pero pensamos que el feriado de Carnaval, que se desarrolló ayer y anteayer, merece un comentario. Dejemos de lado el recuerdo de la trayectoria histórica del Carnaval, fiesta cuyos orígenes se remontan a la Antigüedad, de acuerdo a las enciclopedias. Sabemos que en nuestro país se lo festejó, con ruidosa alegría de corsos, comparsas, bailes, disfraces y desenfrenados juegos de agua, por lo menos hasta la mitad del siglo que pasó. Ese carácter de gran fiesta popular, venía a justificar que fueran feriados el lunes y el martes de Carnaval.
Pero ocurre que poco después, por la razón que fuera, el festejo masivo del Carnaval fue decayendo hasta casi desaparecer, salvo en puntuales localidades del mapa nacional. Tanto que, al promediar los años 70, se eliminó directamente el feriado, sin suscitar protesta alguna. Así estuvieron las cosas hasta 2011, en que las autoridades nacionales dispusieron resucitar aquello que se había derogado por una comprensible razón de desuso.
Como podemos advertir, el feriado no ha significado, en Tucumán, resurrección alguna del Carnaval. Nada hay en la vida cotidiana que indique el entusiasta festejo de décadas atrás: no hay corsos, ni comparsas, ni disfraces, los grandes bailes se limitan a los clubes, y ni siquiera se juega con agua. Lo único que hay son dos días de feriado, que a una gran mayoría de ciudadanos les resulta inexplicables.
Acaso sería hora de que el gobierno revise ese tramo donde se detiene toda actividad. Hablamos de un examen profundo, con estadísticas, para establecer si se justifican las jornadas inactivas incrustadas en el calendario de febrero. Esto, poniendo en la balanza el verdadero impacto de un festejo hoy notablemente reducido y sus consecuencias sobre la vida económica normal del país.








