La plaga crecientede pinturas y de pegatinas

LA  GACETA
Por LA GACETA 08 Febrero 2015
Una plaga moderna que tiene rotunda expresión en nuestro San Miguel de Tucumán, es la intensa agresión sobre el exterior de sus edificios. Se formaliza en la constante pintura de leyendas o dibujos y en la incansable pegatina de carteles.

Es un fenómeno que llama negativamente la atención de cualquier forastero, por la intensidad con que se manifiesta. Por cierto que no es la primera vez –ni mucho menos- que dedicamos apreciaciones a este asunto. Pero la reiteración se justifica, cuando se advierte que el fenómeno, lejos de disminuir, no hace otra cosa que crecer de modo exponencial.

Prácticamente todos los frentes de los edificios de la ciudad capital, soportan pintadas al aerosol, o una capa de varios centímetros de espesor, de grandes carteles pegados. Son de propaganda política las más de las veces, pero también contienen publicidad comercial de diverso tipo.

La fiebre por consumar tales intervenciones, no respeta templos, ni edificios oficiales, ni monumentos históricos. Inclusive, a veces se expande más allá de las paredes, para afectar las pantallas metálicas que identifican las arterias.

Las más de las veces, lo que quiera expresar este desenfrenado pintarrajeo, solamente es comprensible para el iniciado, si que algo significa: al transeúnte común, le parecen solamente garabatos sin sentido. Pero el problema concreto, para el propietario del edificio cuyo exterior sirvió de soporte a las inscripciones, es la dificultad –cuando no la directa imposibilidad- de hacerlas desaparecer.

Bien se sabe que pintar debidamente el frente de una casa, es algo que cuesta una importante suma de dinero, en los tiempos que vivimos. Consterna ver que ese trabajo de embellecimiento, una vez concluido, no hace más que suministrar un espacio ideal para que algún inadaptado extraiga el tubo de pintura de su mochila, y proceda a embadurnar con toda libertad y alegría.

Queda para los sociólogos y demás estudiosos de la conducta humana, urdir explicaciones respecto de esta adicción por ensuciar paredes de propiedad de terceros. Pero esto afecta notoriamente a la comunidad civilizada de ciudadanos, que aspira a vivir en una ciudad que muestre sus muros exteriores razonablemente limpios de letras, de dibujos y de carteles.

Puede decirse, como es obvio, que la Municipalidad, en su carácter de responsable del buen orden y de la estética de la capital, debiera tomar medidas al respecto. Y que también ellas son resorte de la Policía, como encargada de proteger los daños inferidos a la propiedad ajena. Pero sucede que no parece posible orquestar semejante clase de control: se necesitaría un agente cada metro de vereda, durante las veinticuatro horas del día, para detener al pintor o al autor de la pegatina.

No queda más remedio, entonces, que apelar a la conciencia pública. Pensamos que, desde la escuela, debiera inculcarse a los tucumanos las ventajas que representa habitar en una ciudad limpia y ordenada, donde se respete el derecho de cada vecino a tener los muros de su casa libres de intervenciones extrañas.

Posiblemente para que ese proceso mental resulte efectivo, deberán transcurrir muchos años. Mientras tanto, sólo nos queda esperar, sin alentar demasiadas esperanzas, la desaparición de acciones tan dañosas como antiestéticas.

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