06 Diciembre 2003 Seguir en 
Norma Palavecino bajó la cabeza antes de escuchar la sentencia. Sabía que iba a ser condenada por haber degollado a sus tres hijas. La única duda que le quedaba era cuántos serían los años que le darían de cárcel. Cuando escuchó el número 15 respiró profundamente. Sin dudas era mucho menos que lo que esperaba. No por nada ella misma les había dicho a los jueces que no quería quedar aún libre, que estaba arrepentida de lo que había hecho, pero que aún le resultaba difícil enfrentar otra vez la calle.
El 1 de febrero del año pasado Palavecino tomó la terrible decisión. Hizo pasar a sus hijas Sabrina Soledad, de 5 años, Florencia Micaela, de 4 y Laura Daniela Frías, de 2, a una pieza de su precaria vivienda en avenida Francisco de Aguirre al 3.400 y allí las degolló. Después ella habría intentado matarse cortándose las venas de las muñecas, pero los cortes fueron superficiales y sobrevivió. La mujer había escrito una carta, en la que explicaba que no podía darles de comer a sus hijas, y que por eso pretendía "terminar con esta situación, marchándonos todos de este mundo".
Durante los alegatos, el fiscal Daniel Marranzino afirmó que Palavecino era perfectamente consciente de lo que hacía. Aseguró que calculó todo, hasta a cuál de las nenas mataría primero, y luego ejecutó el triple crimen. Afirmó que en cualquier momento (incluso mientras escribía la carta) podría haber reflexionado y haber evitado la tragedia. "Pero no lo hizo", aseguró. Por eso pidió la pena más alta que tiene el Código Penal: reclusión perpetua. La defensora María de las Mercedes Carrizo tuvo una visión distinta. Basándose en pericias psicológicas, indicó que cuando Palavecino decidió cometer los homicidios estaba en un estado psicótico agudo. "No comprendió lo que estaba haciendo", explicó. Además destacó las condiciones personales de la imputada: de escasos medios; agredida por sus padres y por su pareja, según dijo, e inclusive con el antecedente de haber sufrido un abuso sexual cuando era menor. Pidió que se le aplique el mínimo de la pena prevista, es decir, 25 años.
Una charla
Luego los jueces Emilio Páez de la Torre, Julio Francisco Silva y Alfredo Oscar Barrionuevo tuvieron una actitud novedosa. Llamaron a Palavecino y comenzaron a charlar con ella. Le hicieron varias preguntas relacionadas con su vida, con lo que había pasado y cómo imaginaba el futuro. Palavecino les dijo que quería recuperar a su hija (una nena de un año) nacida luego de la tragedia. Afirmó que jamás podría hacer de nuevo algo como lo que había hecho. "El tiempo que llevo en la cárcel me ha hecho madurar mucho", arguyó. También dijo que quería trabajar y, a pesar de que no podría olvidar nunca lo que le había sucedido, pretendía rehacer su vida.
Los tres jueces pasaron a deliberar. Tras analizar los hechos y las pruebas decidieron usar las facultades que les otorga el Código Penal y condenaron a Palavecino a 15 años de prisión. El vocal Silva no estuvo de acuerdo con la sentencia y firmó en disidencia. Cuando terminó la audiencia, Palavecino se abrazó con los familiares que la habían acompañado y después fue llevada por los policías otra vez a la cárcel de mujeres. Su defensora estaba de acuerdo con la sentencia. "Ella intentó ejecutar un suicidio masivo, pero no pudo matarse", aseguró.
El 1 de febrero del año pasado Palavecino tomó la terrible decisión. Hizo pasar a sus hijas Sabrina Soledad, de 5 años, Florencia Micaela, de 4 y Laura Daniela Frías, de 2, a una pieza de su precaria vivienda en avenida Francisco de Aguirre al 3.400 y allí las degolló. Después ella habría intentado matarse cortándose las venas de las muñecas, pero los cortes fueron superficiales y sobrevivió. La mujer había escrito una carta, en la que explicaba que no podía darles de comer a sus hijas, y que por eso pretendía "terminar con esta situación, marchándonos todos de este mundo".
Durante los alegatos, el fiscal Daniel Marranzino afirmó que Palavecino era perfectamente consciente de lo que hacía. Aseguró que calculó todo, hasta a cuál de las nenas mataría primero, y luego ejecutó el triple crimen. Afirmó que en cualquier momento (incluso mientras escribía la carta) podría haber reflexionado y haber evitado la tragedia. "Pero no lo hizo", aseguró. Por eso pidió la pena más alta que tiene el Código Penal: reclusión perpetua. La defensora María de las Mercedes Carrizo tuvo una visión distinta. Basándose en pericias psicológicas, indicó que cuando Palavecino decidió cometer los homicidios estaba en un estado psicótico agudo. "No comprendió lo que estaba haciendo", explicó. Además destacó las condiciones personales de la imputada: de escasos medios; agredida por sus padres y por su pareja, según dijo, e inclusive con el antecedente de haber sufrido un abuso sexual cuando era menor. Pidió que se le aplique el mínimo de la pena prevista, es decir, 25 años.
Una charla
Luego los jueces Emilio Páez de la Torre, Julio Francisco Silva y Alfredo Oscar Barrionuevo tuvieron una actitud novedosa. Llamaron a Palavecino y comenzaron a charlar con ella. Le hicieron varias preguntas relacionadas con su vida, con lo que había pasado y cómo imaginaba el futuro. Palavecino les dijo que quería recuperar a su hija (una nena de un año) nacida luego de la tragedia. Afirmó que jamás podría hacer de nuevo algo como lo que había hecho. "El tiempo que llevo en la cárcel me ha hecho madurar mucho", arguyó. También dijo que quería trabajar y, a pesar de que no podría olvidar nunca lo que le había sucedido, pretendía rehacer su vida.
Los tres jueces pasaron a deliberar. Tras analizar los hechos y las pruebas decidieron usar las facultades que les otorga el Código Penal y condenaron a Palavecino a 15 años de prisión. El vocal Silva no estuvo de acuerdo con la sentencia y firmó en disidencia. Cuando terminó la audiencia, Palavecino se abrazó con los familiares que la habían acompañado y después fue llevada por los policías otra vez a la cárcel de mujeres. Su defensora estaba de acuerdo con la sentencia. "Ella intentó ejecutar un suicidio masivo, pero no pudo matarse", aseguró.







