El duelo que no fue

Robben y Rojo no se cruzaron mucho; igual, el argentino le hizo un caño al holandés

10 Jul 2014 Por Guillermo Monti
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SIEMPRE PELIGROSO. Robben escapa a la marca de Garay, aunque perseguido de cerca por Rojo. Ambos prometían sacarse chispas, pero sólo hubo destellos.

Sobre el duelo Rojo-Robben se tejieron toda clase de conjeturas. La posición de wing derecho que el astro holandés había elegido durante el Mundial pavimentaba la autopista y Rojo estaba listo en la cabina de peaje. Y no para facilitarle el paso, sino para embargarle la Ferrari. Pero esa minibatalla nunca se produjo, porque Van Gaal le dio libertad a Robben para que se moviera por donde le diera la gana. Es lo que hizo Robben, inquieto a medida que notaba que la defensa argentina no tenía grietas. Rojo, mientras tanto, mantuvo esa regularidad tan admirable que alcanzó desde el inicio mismo de la Copa del Mundo de Brasil.

Empezó el partido y Rojo saltaba, para lucimiento de sus botines naranjas, pispeando para tomarle la patente a Robben. Pero el 11 se ubicó del centro a la izquierda, más cerca de Zabaleta, y de movida sintió el rigor. A los 9’ Garay barrió para quitarle la pelota, y a los 12’ fue Mascherano, su sombra negra en Itaquera, el que lo despojó limpiamente del balón. Recién a los 31’ Robben incidió un poquito en el trámite, al forzar un córner. Todo sobre el otro costado, mientras Rojo se animaba a subir hasta la mitad de la cancha. Eso sí, sin descuidarse.

Lo mejor de Robben emergió durante los segundos 45’. De movida forzó una infracción que le costó la tarjeta amarilla a Demichelis y después, ante la pasividad de Sneijder, se tiró atrás para volantear y armar juego. Le salió poco y nada, porque Van Persie fue un bocadito para los centrales y Kuyt, muy abierto a la izquierda de su ataque –otra novedad- no entró en sintonía. Hasta que a los 45’ Robben armó la pared con Sneijder, atajó una devolución exquisita y pisó el área decidido a eliminar a Argentina. De algún lugar, del fondo de la historia, pura garra, Mascherano se estiró como el hombre elástico y le trabó el disparo.

La “perlita” llegó a los 9’ de la segunda mitad del tiempo reglamentario: los protagonistas de la novela que hasta ahí no había sido tuvieron un efímero encuentro, con extraña definición: caño de Rojo a Robben al borde de la línea, para pasarle la pelota a Mascherano. De lujo.

A los 10’ del primer suplementario, otro encuentro: Robben recibió sobre la derecha, la franja que se negó a ocupar, y Rojo le mordió los talones para tirar la pelota al lateral. No era la noche de Robben, admirable en su decisión de no detenerse nunca, pero siempre bien marcado, sin espacios para acelerar a fondo. Y sin espacios, el peso de Robben en un partido se va licuando. En tanto, atrevido, Rojo probó de lejos y la pelota fue directo a Cillessen. Buen intento.

Estaba cantado que Robben ejecutaría uno de los penales. Fue el segundo de la definición, soberbiamente pateado. Ya había fallado Vlaar y luego lo haría Sneijder. Se fue de la cancha triste, con la cabeza en alto y saludando a sus hinchas y consolando a su pequeño hizo, que lloraba en las tribunas. A Rojo no le tocó el turno de los 11 metros. Se quedó en el círculo central, abrazado a las camisetas albicelestes, hasta que saltó para trepar a la montaña Romero. Reía a los gritos, feliz, ganador.

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