En el Mundial de Brasil se carnavalea o se llora

07 Jul 2014 Por Guillermo Monti
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Guitarra en mano, un cantante entusiasta lanza todo su repertorio de Soda Stereo en un pub de Brasilia. El problema es que las letras están traducidas al portugués, así que los argentinos que se reunieron para celebrar la victoria de la Selección las van cantando en español. Entre el volumen de los parlantes y las réplicas desde las mesas no se entiende nada, pero todos se divierten y levantan sus chopps al grito de ¡salud! Así fue el pospartido, entre festejos nocturnos, campamentos que se levantaban y el estudio de rutas aéreas y terrestres para no faltar el miércoles a la cita en San Pablo.

En contraste con la algarabía foránea, los brasileños arrastran más preocupación que ilusiones. La TV repitió 14 millones de veces el rodillazo de Camilo Zúñiga en la espalda de Neymar.

Se arman paneles en los que opinan ex árbitros (“la suspensión de Züñiga debe ser mayor que la de Suárez”), penalistas (“¿debimos dejar que Zúñiga se marchara del país?”), entrenadores que tienen la receta para reemplazar al crack y brujos que afirman que, si los dejan llegar al ídolo, le curarán la vértebra fracturada con pociones secretas. Del realismo mágico al drama nacional. Así es este Brasil superexpresivo en el que no caben las medias tintas. O se carnavalea o se llora.

Las investigaciones policiales en torno de la reventa de entradas obligan a la mafia que maneja el negocio a tomar más recaudos. Las operaciones ya no pueden ser tan desembozadas.

Adiós a las hileras de hinchas desfilando por los halls de los hoteles, devenidos en boleterías al paso, y a los personajes que se presentan, tarjeta en mano, como personal autorizado por la FIFA. Eso no quiere decir que la reventa se haya detenido. Al contrario; funciona a pleno y hará su agosto en semis y en la final. En Brasilia varios argentinos se aseguraron su ticket para llegar tranquilos a Itaquera. ¿Precios? Los de siempre, alrededor de 1.000 dólares por localidad.

El sol de la siesta azota Brasilia y por las avenidas sólo circulan autos y camionetas con los vidrios bien subidos. El aire acondicionado es una necesidad en la capital. Es tiempo de regresar a Belo Horizonte, la casa de la Selección, y casi sin respiros volar a San Pablo. La última semana del Mundial está en marcha; son días históricos que no dan respiro. Subidos a ellos cabalga la ilusión argentina.

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