La lógica política de los últimos tiempos es propia de los amigos del barrio. El gobernador José Alperovich sostuvo que calidad institucional es llevar trabajo y obras a los ciudadanos.
Los dichos desnudan el interés. La desesperación por los votos imponen razonamientos así. Lo único que desvela al político es perpetuarse en el poder y seducir al electorado aun engañándolo. El trabajo y las obras podrían ser el objetivo o el destino de un gestión o de determinadas políticas, pero la calidad institucional va a ser el camino elegido para llegar a esos objetivos.
La calidad institucional se construye con libertad de prensa, con independencia entre poderes, con el estricto respeto por las minorías y con el debido control de las acciones. Son cimientos democráticos que permiten que las obras tengan un valor agregado y no sospechado y que los trabajos sean el resultado del esfuerzo y no de la dádiva.
Desde hace tiempo que el auténtico federalismo no gobierna en estas tierras. La obsecuencia con el gobierno nacional es directamente proporcional a los favores recibidos. Alperovich en el mismo discurso que tenía como marco el teatro San Martín planteó la importancia de ser agradecidos con Cristina, no habló de ser buenos administradores ni de responder a determinados principios políticos en una gestión. No es un buen ejemplo para una generación que empieza a tomar decisiones. Si la lógica es “hacerse amigo del juez“ o del legislador o del funcionario de turno, de qué puede servir invitar a un ciudadano a estudiar, trabajar y progresar.
La cercanía de los comicios debería ser un excelente puesta en escena de los logros conseguidos y de los proyectos a realizar y no una discusión para destruir argumentaciones opositoras.
Alperovich está enojado. Su esposa y senadora suele repetir que la oposición sólo está abocada a destruir a su familia. Es razonable que se ofusquen cuando las denuncias dan vueltas a sus alrededores. Pero al mismo tiempo los fiscales que podrían ayudar a dilucidar estas cuestiones encubren o no investigan y los legisladores que podrían sancionar esas actitudes no lo hacen. Ni siquiera pueden dar explicaciones sobre nombramientos sospechosos. Ni de sus ingresos se animan a hablar. Si pudieran hacerlo y si el fiscal Albaca hubiera investigado debidamente y el caso Lebbos fuera un expediente más con sentencia, la oposición tendría que llamarse a silencio o trabajar más. Si Alperovich hubiera hecho respetar –y no promover su desobediencia- hace cuatro años una resolución judicial, el proyecto de shopping a cielo abierto sería una realidad hoy. Si el gobernador no hubiera recibido una llamada, la Corte Suprema tendría hoy posiblemente menos rencillas y la Legislatura no hubiera hecho el papelón de designar un vocal y luego bajarlo porque en la Rosada no les gustaba lo que un Poder Ejecutivo y un Legislativo habían decidido. La calidad institucional pasa por esos canales, no por los de la solidaridad y el agradecimiento entre personas.
Alperovich hace ampulosos gestos de gradecimientos y recibe pingües beneficios pero también se divierte y en sus encuentros con los “sijosesistas” se ríe de las designaciones de viejos peronistas que hizo el intendente Domingo Amaya. Mientras esto pasa en el Palacio, en la UNT se vive la tensión que asoma antes de las acciones.
La rectora, Alicia Bardón, se entusiasma con transmitir y ordenar un trabajo lo más “académico” posible y lo menos “político” que puede. En la medida en que profundice esa idea mayores serán los problemas que se le dibujan en el horizonte. La Cámpora brilla por su ausencia en el armado del gabinete de Bardón. Mario Leal, Ricardo Zupán y Rodrigo Alderete, quienes supieron llevar calma a Juan Cerisola, no están en el equipo titular. Si la lógica de la política es la de los amigos del barrio, Bardón tendrá que estar atenta porque en cualquier momento desde Buenos Aires le arrojarán rayos y centellas. Bardón se viste de académica y hace oídos sordos a estas advertencias. Como Sabella a la hora de armar, ha priorizado el grupo y elige a su gente y no a lo que manda la popular. También se probó un kimono para exigir cuestiones propias de la cultura oriental y no Argentina. La rectora que alguna vez pasó por la Universidad de Tokushima, en Japón, decidió que el “cafecito” obligado de cada mañana se lo pague cada uno. No más boletas de bar para la UNT. También dio órdenes de un estricto cumplimiento de horarios y como buena bioquímica trata de que ese antivirus se propague en las facultades. Incluso avanzó con rescindir contratos a algunos ñoquis. “Escobita nueva barre bien”, diría alguna abuela. Así actuaba Alperovich cuando era ministro de Economía de Julio Miranda. Los que saben de política dicen que las comparaciones son odiosas y que toda nueva gestión tiene un cheque en blanco los primeros días.
Bardón advirtió desde el primer momento que no hay un poder detrás del poder. De esa manera intentó despegarse de los dimes y diretes que la acercaron al alperovichismo. Pero la presencia de Hugo Saab en el gabinete es la fotografía más clara del poder detrás del poder. No será el único “sambenito” que cuelga en la gestión bardonista. El más pesado es el de Juan Cerisola, quien sueña con el exilio dorado en YMAD. La lógica diría que si Bardón lo despierta daría una fortísima señal de cambio. La realidad ordena que lo dejará soñar. Los bardonistas se conforman y advierten que un buen mensaje será que en vez de que se lo designe por cuatro años, lo hagan por dos. Esta semana el Consejo Superior bajará el martillo.
La calidad institucional es una necesidad imperiosa para que una sociedad camine en la mayor libertad y tranquilidad. Si se concretaran todos los ideales del Estado de Derecho esa calidad sería óptima. Por ahora debemos conformarnos con que es la diferencia entre lo que dicen las normas y la realidad que vivimos.
Los dichos desnudan el interés. La desesperación por los votos imponen razonamientos así. Lo único que desvela al político es perpetuarse en el poder y seducir al electorado aun engañándolo. El trabajo y las obras podrían ser el objetivo o el destino de un gestión o de determinadas políticas, pero la calidad institucional va a ser el camino elegido para llegar a esos objetivos.
La calidad institucional se construye con libertad de prensa, con independencia entre poderes, con el estricto respeto por las minorías y con el debido control de las acciones. Son cimientos democráticos que permiten que las obras tengan un valor agregado y no sospechado y que los trabajos sean el resultado del esfuerzo y no de la dádiva.
Desde hace tiempo que el auténtico federalismo no gobierna en estas tierras. La obsecuencia con el gobierno nacional es directamente proporcional a los favores recibidos. Alperovich en el mismo discurso que tenía como marco el teatro San Martín planteó la importancia de ser agradecidos con Cristina, no habló de ser buenos administradores ni de responder a determinados principios políticos en una gestión. No es un buen ejemplo para una generación que empieza a tomar decisiones. Si la lógica es “hacerse amigo del juez“ o del legislador o del funcionario de turno, de qué puede servir invitar a un ciudadano a estudiar, trabajar y progresar.
La cercanía de los comicios debería ser un excelente puesta en escena de los logros conseguidos y de los proyectos a realizar y no una discusión para destruir argumentaciones opositoras.
Alperovich está enojado. Su esposa y senadora suele repetir que la oposición sólo está abocada a destruir a su familia. Es razonable que se ofusquen cuando las denuncias dan vueltas a sus alrededores. Pero al mismo tiempo los fiscales que podrían ayudar a dilucidar estas cuestiones encubren o no investigan y los legisladores que podrían sancionar esas actitudes no lo hacen. Ni siquiera pueden dar explicaciones sobre nombramientos sospechosos. Ni de sus ingresos se animan a hablar. Si pudieran hacerlo y si el fiscal Albaca hubiera investigado debidamente y el caso Lebbos fuera un expediente más con sentencia, la oposición tendría que llamarse a silencio o trabajar más. Si Alperovich hubiera hecho respetar –y no promover su desobediencia- hace cuatro años una resolución judicial, el proyecto de shopping a cielo abierto sería una realidad hoy. Si el gobernador no hubiera recibido una llamada, la Corte Suprema tendría hoy posiblemente menos rencillas y la Legislatura no hubiera hecho el papelón de designar un vocal y luego bajarlo porque en la Rosada no les gustaba lo que un Poder Ejecutivo y un Legislativo habían decidido. La calidad institucional pasa por esos canales, no por los de la solidaridad y el agradecimiento entre personas.
Alperovich hace ampulosos gestos de gradecimientos y recibe pingües beneficios pero también se divierte y en sus encuentros con los “sijosesistas” se ríe de las designaciones de viejos peronistas que hizo el intendente Domingo Amaya. Mientras esto pasa en el Palacio, en la UNT se vive la tensión que asoma antes de las acciones.
La rectora, Alicia Bardón, se entusiasma con transmitir y ordenar un trabajo lo más “académico” posible y lo menos “político” que puede. En la medida en que profundice esa idea mayores serán los problemas que se le dibujan en el horizonte. La Cámpora brilla por su ausencia en el armado del gabinete de Bardón. Mario Leal, Ricardo Zupán y Rodrigo Alderete, quienes supieron llevar calma a Juan Cerisola, no están en el equipo titular. Si la lógica de la política es la de los amigos del barrio, Bardón tendrá que estar atenta porque en cualquier momento desde Buenos Aires le arrojarán rayos y centellas. Bardón se viste de académica y hace oídos sordos a estas advertencias. Como Sabella a la hora de armar, ha priorizado el grupo y elige a su gente y no a lo que manda la popular. También se probó un kimono para exigir cuestiones propias de la cultura oriental y no Argentina. La rectora que alguna vez pasó por la Universidad de Tokushima, en Japón, decidió que el “cafecito” obligado de cada mañana se lo pague cada uno. No más boletas de bar para la UNT. También dio órdenes de un estricto cumplimiento de horarios y como buena bioquímica trata de que ese antivirus se propague en las facultades. Incluso avanzó con rescindir contratos a algunos ñoquis. “Escobita nueva barre bien”, diría alguna abuela. Así actuaba Alperovich cuando era ministro de Economía de Julio Miranda. Los que saben de política dicen que las comparaciones son odiosas y que toda nueva gestión tiene un cheque en blanco los primeros días.
Bardón advirtió desde el primer momento que no hay un poder detrás del poder. De esa manera intentó despegarse de los dimes y diretes que la acercaron al alperovichismo. Pero la presencia de Hugo Saab en el gabinete es la fotografía más clara del poder detrás del poder. No será el único “sambenito” que cuelga en la gestión bardonista. El más pesado es el de Juan Cerisola, quien sueña con el exilio dorado en YMAD. La lógica diría que si Bardón lo despierta daría una fortísima señal de cambio. La realidad ordena que lo dejará soñar. Los bardonistas se conforman y advierten que un buen mensaje será que en vez de que se lo designe por cuatro años, lo hagan por dos. Esta semana el Consejo Superior bajará el martillo.
La calidad institucional es una necesidad imperiosa para que una sociedad camine en la mayor libertad y tranquilidad. Si se concretaran todos los ideales del Estado de Derecho esa calidad sería óptima. Por ahora debemos conformarnos con que es la diferencia entre lo que dicen las normas y la realidad que vivimos.








