FACETAS. Grinberg escribió sobre historia (del rock), poesía, ecología y espiritualidad. Todo un personaje.
27 Mayo 2014 Seguir en 

En “Memoria de los ritos paralelos”, Miguel Grinberg -periodista, poeta, traductor y ecologista- desempolva un diario escrito en Nueva York en 1964, cuando la cultura beat asomaba como un contrapunto a la intervención norteamericana en Vietman. En aquellos tiempos, Grinberg anudaba vínculos, entre otros, con Henry Miller, Allen Ginsberg, Le Roi Jones, Jonas Mecas, Lawrence Ferlinghetti y Thomas Merton.
A 50 años del rescate de este casi papiro del techo de su casa en Brasil, Grinberg recrea cómo fueron esos días en los que sobresale el recuerdo de un viaje interior, más que las idas y vueltas por Estados Unidos para ver a esas figuras a las que, sin conocer, ya admiraba.
Grinberg fundó Nueva Solidaridad, movimiento que tuvo el patrocinio de tres escritores famosos -”aunque a nosotros no nos conocía nadie”- y les propuso dirigirlo honorariamente. “Henry Miller y Thomas Merton dijeron que sí y sobre la marcha recibimos un entusiasmado apoyo de Julio Cortázar”, recuerda.
En ese tiempo, recuerda Grinberg, aparecieron “El pez y la serpiente” en Nicaragua, dirigida por Pablo Cuadra y Ernesto Cardenal; el movimiento nadaista de Colombia, liderado por el poeta Gonzalo Arango; el grupo El Techo de la Ballena, de pintores y escritores venezolanos. Después, en México conoció al chileno Alejandro Jorodowsky. Todos estaban conectados por revistas literarias de la época.
“Armé un itinerario con poetas norteamericanos, los conocía por carta porque ya en esa época traducía a LeRoi, Ginsberg, Paul Blackbourn, Ferlinghetti, con ellos tenía una correspondencia amistosa”, apuntó.
Cuando cruzó de México a Estados Unidos escuchó en la terminal de ómnibus a los Beatles. “Lo viví como una señal de bienvenida a un nuevo mundo. Minutos atrás desconocía la existencia de esos chicos de Liverpool, y de pronto se abrían las compuertas del universo y fluían océanos de información trascendental”, apunta el autor del libro.
“El lunes que llegué a Nueva York, me invitaron a leer mis poesías -que traduje rápidamente al inglés- en el Café Le Metro, donde se reunía la vanguardia: la banda de Andy Warhol, el poeta Julien Beck, la actriz Judith Malina... Todo el avant garde -define-. Y en la librería principal, en la calle 8, se vendía mi revista”.
Grinberg nombra lugares en los que visitó a otros poetas: Wichita (Kansas), Oregon, San Francisco, donde participó en Berkeley de las primeras protestas contra Vietnam, y un inolvidable paso por Los Angeles para ver a Arthur Miller. “Era un tipo divertido, estaba muy interesado en el movimiento de los poetas y me hacía preguntas exóticas, como si era verdad que había fuego en la Tierra del Fuego, estaba fascinado”, reveló.
Durante ese período en Nueva York tuvo una discusión telefónica con Jack Kerouac: “me acusaba de querer organizar a los poetas y no crear situaciones para el encuentro de poetas, como yo quería”.
En cuanto al avance de la vanguardia poética tuvo un desacuerdo con Ginsberg -explicitado en el libro en dos cartas-. “Ellos reclamaban que el sistema no los moleste, no trataban de cambiarlo: les interesaba ser homosexuales, fumar marihuana, proyectar películas pornográficas y ser amigos de Jean Genet”, explicó Grinberg.
Este libro, reflexiona Grinberg, no es un documental sobre su vida social. “Es la soledad de un mutante en una ciudad en la que escribí un libro de poemas que se llama Opus New York, mi otro testimonio -destacó-. Es un viaje al interior, mi vida espiritual, una travesía facilitada por una máquina de escribir”.
“De esa experiencia me hice ecologista -me despabilé con dos libros que leí de la novia de Wilentz que era bióloga marina-, y fui publicista de Hollywood en la Argentina para Columbia y para Fox”, reveló. Algunos de los que compartieron aquellos meses -hace 50 años- le están organizando un viaje de regreso y Grinberg adelanta: “mi aventura no terminó todavía”.
A 50 años del rescate de este casi papiro del techo de su casa en Brasil, Grinberg recrea cómo fueron esos días en los que sobresale el recuerdo de un viaje interior, más que las idas y vueltas por Estados Unidos para ver a esas figuras a las que, sin conocer, ya admiraba.
Grinberg fundó Nueva Solidaridad, movimiento que tuvo el patrocinio de tres escritores famosos -”aunque a nosotros no nos conocía nadie”- y les propuso dirigirlo honorariamente. “Henry Miller y Thomas Merton dijeron que sí y sobre la marcha recibimos un entusiasmado apoyo de Julio Cortázar”, recuerda.
En ese tiempo, recuerda Grinberg, aparecieron “El pez y la serpiente” en Nicaragua, dirigida por Pablo Cuadra y Ernesto Cardenal; el movimiento nadaista de Colombia, liderado por el poeta Gonzalo Arango; el grupo El Techo de la Ballena, de pintores y escritores venezolanos. Después, en México conoció al chileno Alejandro Jorodowsky. Todos estaban conectados por revistas literarias de la época.
“Armé un itinerario con poetas norteamericanos, los conocía por carta porque ya en esa época traducía a LeRoi, Ginsberg, Paul Blackbourn, Ferlinghetti, con ellos tenía una correspondencia amistosa”, apuntó.
Cuando cruzó de México a Estados Unidos escuchó en la terminal de ómnibus a los Beatles. “Lo viví como una señal de bienvenida a un nuevo mundo. Minutos atrás desconocía la existencia de esos chicos de Liverpool, y de pronto se abrían las compuertas del universo y fluían océanos de información trascendental”, apunta el autor del libro.
“El lunes que llegué a Nueva York, me invitaron a leer mis poesías -que traduje rápidamente al inglés- en el Café Le Metro, donde se reunía la vanguardia: la banda de Andy Warhol, el poeta Julien Beck, la actriz Judith Malina... Todo el avant garde -define-. Y en la librería principal, en la calle 8, se vendía mi revista”.
Grinberg nombra lugares en los que visitó a otros poetas: Wichita (Kansas), Oregon, San Francisco, donde participó en Berkeley de las primeras protestas contra Vietnam, y un inolvidable paso por Los Angeles para ver a Arthur Miller. “Era un tipo divertido, estaba muy interesado en el movimiento de los poetas y me hacía preguntas exóticas, como si era verdad que había fuego en la Tierra del Fuego, estaba fascinado”, reveló.
Durante ese período en Nueva York tuvo una discusión telefónica con Jack Kerouac: “me acusaba de querer organizar a los poetas y no crear situaciones para el encuentro de poetas, como yo quería”.
En cuanto al avance de la vanguardia poética tuvo un desacuerdo con Ginsberg -explicitado en el libro en dos cartas-. “Ellos reclamaban que el sistema no los moleste, no trataban de cambiarlo: les interesaba ser homosexuales, fumar marihuana, proyectar películas pornográficas y ser amigos de Jean Genet”, explicó Grinberg.
Este libro, reflexiona Grinberg, no es un documental sobre su vida social. “Es la soledad de un mutante en una ciudad en la que escribí un libro de poemas que se llama Opus New York, mi otro testimonio -destacó-. Es un viaje al interior, mi vida espiritual, una travesía facilitada por una máquina de escribir”.
“De esa experiencia me hice ecologista -me despabilé con dos libros que leí de la novia de Wilentz que era bióloga marina-, y fui publicista de Hollywood en la Argentina para Columbia y para Fox”, reveló. Algunos de los que compartieron aquellos meses -hace 50 años- le están organizando un viaje de regreso y Grinberg adelanta: “mi aventura no terminó todavía”.
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