Fernando Stanich
Por Fernando Stanich 21 Mayo 2014
Debo haber tenido unos ocho o nueve años. Por entonces sonaba We are the World, esa canción típicamente yanky dedicada a los niños de África. La recuerdo bien porque debimos ensayarla varias veces para un acto escolar. Auriculares grandes, unos cuantos micrófonos y “Play” en el radiograbador. Hasta aquí, nada fuera de lo que dictan los manuales de cualquier evento de ese estilo. Pero ocurre que es el primer registro que tengo de una cinta que, a mitad de camino, se planta. Y, convengamos, ninguno de los que debíamos suplir el audio original teníamos la voz de Michael Jackson, Tina Turner o Stevie Wonder.

Ese recuerdo pasó desapercibido durante toda mi adolescencia y juventud, a excepción de comentarios que surgían en alguna que otra reunión familiar. Hasta que un día, ya en mi rol de padre, me tocó acompañar a mi hijo mayor a su primer acto escolar de fin de año. De repente, y de manera espontánea, las imágenes de aquella tarde de los ‘80 reaparecieron en mi mente. Como si un dique de contención hubiese cedido, se me vinieron encima los ensayos, los disfraces, la música y... la nada...

Desde entonces, presto atención a un detalle en cada evento colegial al que me convocan, y les juro que se repite una y otra vez. La pista de audio, por más avance tecnológico que se utilice, siempre, indefectiblemente, se clava. Y lo que pasa en los segundos posteriores sale de memoria: niños desconcertados y asustados, padres que levantan la voz para cantar más alto y suplir el pánico de sus hijos, y maestros que se miran entre sí mientras el sonidista improvisado -por lo general algún empleado de la escuela al que le piden que apriete el botón de “Play”- busca desesperado un guiño del destino.

Nunca entenderé qué clase de maldición se posó sobre esas ceremonias para que, en el Himno Nacional o en la última canción de moda, la cinta patine en plena función cuando durante los mil y un ensayos sonó a la perfección. Puede parecer exagerado, pero es así. Si no me creen, los invito a estar atentos a fines de esta semana o a principios de la otra al acompañar a hijos, sobrinos o nietos al acto por el 25 de Mayo.

Les aseguro que, desde sus lugares, cruzarán los dedos y harán fuerza para que no salte ese ingrato botón de “Play”.

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