En su famoso libro “Ética para Amador”, el filósofo español Fernando Savater sostiene que los políticos se parecen mucho a la gente que los vota. “Quizás demasiado” se lamenta. Por eso los ciudadanos prefieren políticos regulares, de pocas luces y comunes, como cualquier hijo de vecino, para poder luego criticarlos duramente y censurarlos sin piedad cada tanto. “A lo mejor es una opinión excesivamente pesimista que me ha venido con los años, pero creo que todos somos todo lo malo que podemos si nos lo dejan ser. Entonces el secreto es que no se pueda ser demasiado malo, sobre todo cuando se ocupan determinados puestos públicos”, indica el pensador.
Y es que, desde el punto de vista práctico, siempre hubo un antagonismo entre política y ética. Como si una no fuera compatible con la otra. Esto es particularmente visible en Tucumán, que tiene un pasado teñido por esta suerte de bipolaridad insalvable. Y un presente que demuestra su continuidad sin ningún tipo de pudor. Sin embargo, esta arraigada corrupción que sigue carcomiendo los cimientos de la administración provincial ya no causa tanto malestar. Lo que realmente saca de quicio es que nadie salga a decir “lo siento”. Lo que empeora nuestro ánimo es que no haya un alma que se avergüence de lo que hizo (por acción u omisión), sabiendo sus consecuencias. Lo que daña nuestro sentido humano es que algunos corazones no sientan dolor por la angustia ajena o la más leve culpa por su irresponsabilidad. Parece como si la ética y la moral pertenecieran sólo al terreno de la literatura y de la filosofía. Se sigue hablando, por ejemplo, de “la década ganada”, mientras las encuestas revelan un aumento escandaloso de la cantidad de pobres e indigentes. Pobres que están ahí, a la vista de todos: en los semáforos y en las avenidas; en los parques y en las plazas. ¡No son una sensación! También se sigue hablando de la gran inversión en seguridad, pero la delincuencia ha alcanzado niveles más que obscenos. ¡Tampoco es una sensación! ¿Y en materia de inversiones? Se hicieron -y se siguen haciendo- anuncios descomunales sobre obras que jamás se terminan y que quizás nunca disfrutarán nuestros hijos. Y, mientras tanto, los impuestos se inflan, los sueldos se congelan y los lamentos se olvidan. Como siempre. Ni que decir del nombramiento “fantasma” de una mediática tucumana que ningún legislador quiere admitir. Una inconcebible irregularidad que ratifica aquella premisa de Savater.
Aunque tal vez nosotros tengamos algo de culpa. Porque, aunque cueste digerirlo, los ciudadanos frecuentemente somos más lentos que la justicia para castigar la corrupción. Somos, por decirlo de alguna manera, más permisivos; menos críticos. Antes no sucedía lo mismo. Nuestros abuelos se enardecían cuando algún sinvergüenza se hacía rico con los impuestos. Ahora hay muchos casos de corrupción donde el nivel de dinero sustraído de las arcas públicas es igualmente proporcional al número de votos obtenidos: a más escándalos protagonizados, más sufragios. Y, a causa de esto, se confunde la presunción de inocencia con la obligación de la decencia.
Entonces, tal vez debamos exigir a nuestros funcionarios y políticos el ejemplo de rectitud e integridad que pregonó Immanuel Kant. Su propuesta de moral, tan universalizadora como inevitablemente formal (justicia, paz, libertad…) solo encuentran refugio en la idea de que el deber moral supremo es el respeto: el respeto a uno mismo, al otro y a la humanidad. Eso es algo que todos entendemos, pero que aún no se hizo carne en nuestra dirigencia. El respeto. Y si no se hizo carne, hay que exigirlo. ¿Como? Pues reclamando coherencia a nuestra clase dirigente. Afirmar, por ejemplo, que no hay chicos desamparados porque disminuyó la cantidad de internos en los hogares es realmente ingenuo. Basta echar un vistazo a las esquinas de los semáforos para darse cuenta que esa verdad no se sostiene. Porque del compromiso ante la orfandad del prójimo depende la grandeza de una nación. Una nación donde el replegarse sobre sí mismo sea un escándalo y el olvido del otro, un pecado mortal.
Y es que, desde el punto de vista práctico, siempre hubo un antagonismo entre política y ética. Como si una no fuera compatible con la otra. Esto es particularmente visible en Tucumán, que tiene un pasado teñido por esta suerte de bipolaridad insalvable. Y un presente que demuestra su continuidad sin ningún tipo de pudor. Sin embargo, esta arraigada corrupción que sigue carcomiendo los cimientos de la administración provincial ya no causa tanto malestar. Lo que realmente saca de quicio es que nadie salga a decir “lo siento”. Lo que empeora nuestro ánimo es que no haya un alma que se avergüence de lo que hizo (por acción u omisión), sabiendo sus consecuencias. Lo que daña nuestro sentido humano es que algunos corazones no sientan dolor por la angustia ajena o la más leve culpa por su irresponsabilidad. Parece como si la ética y la moral pertenecieran sólo al terreno de la literatura y de la filosofía. Se sigue hablando, por ejemplo, de “la década ganada”, mientras las encuestas revelan un aumento escandaloso de la cantidad de pobres e indigentes. Pobres que están ahí, a la vista de todos: en los semáforos y en las avenidas; en los parques y en las plazas. ¡No son una sensación! También se sigue hablando de la gran inversión en seguridad, pero la delincuencia ha alcanzado niveles más que obscenos. ¡Tampoco es una sensación! ¿Y en materia de inversiones? Se hicieron -y se siguen haciendo- anuncios descomunales sobre obras que jamás se terminan y que quizás nunca disfrutarán nuestros hijos. Y, mientras tanto, los impuestos se inflan, los sueldos se congelan y los lamentos se olvidan. Como siempre. Ni que decir del nombramiento “fantasma” de una mediática tucumana que ningún legislador quiere admitir. Una inconcebible irregularidad que ratifica aquella premisa de Savater.
Aunque tal vez nosotros tengamos algo de culpa. Porque, aunque cueste digerirlo, los ciudadanos frecuentemente somos más lentos que la justicia para castigar la corrupción. Somos, por decirlo de alguna manera, más permisivos; menos críticos. Antes no sucedía lo mismo. Nuestros abuelos se enardecían cuando algún sinvergüenza se hacía rico con los impuestos. Ahora hay muchos casos de corrupción donde el nivel de dinero sustraído de las arcas públicas es igualmente proporcional al número de votos obtenidos: a más escándalos protagonizados, más sufragios. Y, a causa de esto, se confunde la presunción de inocencia con la obligación de la decencia.
Entonces, tal vez debamos exigir a nuestros funcionarios y políticos el ejemplo de rectitud e integridad que pregonó Immanuel Kant. Su propuesta de moral, tan universalizadora como inevitablemente formal (justicia, paz, libertad…) solo encuentran refugio en la idea de que el deber moral supremo es el respeto: el respeto a uno mismo, al otro y a la humanidad. Eso es algo que todos entendemos, pero que aún no se hizo carne en nuestra dirigencia. El respeto. Y si no se hizo carne, hay que exigirlo. ¿Como? Pues reclamando coherencia a nuestra clase dirigente. Afirmar, por ejemplo, que no hay chicos desamparados porque disminuyó la cantidad de internos en los hogares es realmente ingenuo. Basta echar un vistazo a las esquinas de los semáforos para darse cuenta que esa verdad no se sostiene. Porque del compromiso ante la orfandad del prójimo depende la grandeza de una nación. Una nación donde el replegarse sobre sí mismo sea un escándalo y el olvido del otro, un pecado mortal.
Temas
Tucumán








