Aunque son víctimas, no quieren linchamientos

Aunque son víctimas, no quieren linchamientos

Tienen desacuerdos. Unos critican a la Justicia y al Gobierno, y otros no. Unos son optimistas, y otros no. Sin embargo, tienen coincidencias que van más allá de haber perdido un familiar directo a manos de delincuentes. A los tres se les cruzó por la cabeza la idea de hacer justicia por mano propia, pero al mismo tiempo descartan de plano estar de acuerdo con ese proceder

LA GACETA / FOTO DE OSCAR FERRONATO LA GACETA / FOTO DE OSCAR FERRONATO
06 Abril 2014
“Esto sale a la luz ahora, porque lincharon a un motochorro en Palermo. Pero pasa todo el tiempo. Por lo menos en Tucumán. Recorro Tribunales desde hace ocho años y los secretarios te cuentan que hay detenidos que llegan a declarar ‘hechos monstruo’ de la paliza que les pegan. Y ya los llevan así a la comisaría, porque la Policía los entrega a la Justicia con el informe del médico que certifica que los aprehendidos ya estaban así cuando los vecinos los entregaron a los agentes”. Alberto Lebbos, padre de Paulina (apareció muerta el 11 de marzo de 2006, tras desaparecer el 25 de febrero anterior) es el primero en llegar a LA GACETA, que lo invita a reflexionar sobre el fenómeno de violencia social junto con otros familiares de víctimas.

“Pero yo no me siento como familiar de una víctima: considero que yo misma soy una víctima”, aclara Bibiana de la Vega. Su hermano, Luis Eduardo, encargado de la cantina de un club, fue asesinado el 19 de octubre pasado, en la esquina de Mario Bravo y Nicaragua, cuando dejaba a sus empleados. Aunque tenga tono casual, la conversación entre ellos está teñida de tragedia. Lebbos dice que a su nieta le contaron desde un primer momento la tragedia de Paulina. De la Vega, en cambio, recuerda que fue sumamente difícil contarle la verdad a la hijita de su hermano, pero que lo hicieron porque los medios difundían las marchas que motorizaba la familia para pedir justicia.

A los pocos minutos llama Claudio Roselló (su esposa, Silvia Castillo, fue asesinada a tiros por dos delincuentes en la puerta de su casa, el 13 de diciembre de 2009), para decir que había olvidado que tenía una reunión en la escuela de sus hijos: no podrá venir. Entonces llega José González, el padre de Constanza, “Conty”, ultimada de un balazo en la sien el 15 de enero de 2012. Su asesino fue condenado a prisión perpetua el mes pasado. Y comienza el diálogo. A lo largo de charla, habrá disensos. Lebbos afirmará que la responsabilidad es de las autoridades, De la Vega cargará contra la Justicia y González no hablará ni de uno ni de otro asunto y dejará en claro que no quiere llevar el debate al plano de la política. Sin embargo, tendrán coincidencias angustiantes, porque ellos mismos se angustiarán con ellas. No encuentran ni creen encontrar paz en la condena judicial. Y a todos se les cruzó por la cabeza la idea de la “justicia por mano propia”.

Los dolores
“Pero solamente la idea. Desde ningún punto de vista puedo estar de acuerdo con un linchamiento”, ataja De la Vega. “Soy médica: mi juramento es salvar a las personas. Si debo atender a un delincuente, lo hago. Pero también soy una víctima. Es muy distinto que tu hermano se muera a que le roben la vida. Eso sí te pone ante otra situación. Como sociedad, no podemos generar una instancia de personas contra personas. Sí: muchas veces pensás en hacer justicia por mano propia. Pero eso es porque el que debe impartir Justicia no lo hace. Si la sociedad piensa que debe defenderse, es porque siente que otro no lo hace. La Policía permitió los saqueos en diciembre, cuando estaba acuartelada en reclamo de un aumento salarial, y los vecinos se armaron y fue todos contra todos; pero reprime a los maestros porque quieren poner un gazebo en la plaza. Entonces, no te cuida el que debe cuidarte, ni imparte justicia el que debe hacerlo”. Se calla. Y toma uno de los bombones Cabsha que trajo Lebbos. El único que probará.

“Trato de no mostrarle mi dolor a mi señora ni a mis hijos. Yo sostengo mi casa. Aún hoy no puedo desahogarme. Los problemas psicológicos que han quedado en mi familia son tremendos. Así que tengo ocupada la cabeza en eso. Pero la soledad es terrible”, sigue José, que siempre parece estar a punto de llorar. Pero no llora. “A mi me arrebataron mi hija. Me la arrebató un delincuente conocido. Mi impotencia es muy grande. Y veo a diario a sufrir a mi familia. Es tremendo que esto no tenga cura. Sí: pensé en la Justicia por mano propia. Dios quiera que la Justicia no lo largue (al asesino de su hija, Francisco Alejandro ‘Yacalo’ Villagra), porque si me lo cruzo en la calle... no lo dudaría. No estoy de acuerdo con los linchamientos que ocurren a diario. Pero a veces, por la misma impotencia, a uno lo llevan a esa instancia. A la de defenderse. Cuando atrapamos un ladrón (un asaltante intentaba robar una moto en Camino de Perú al 2000, en enero pasado, y el padre de Conty lo redujo junto con otros comerciantes y lo golpeó), si no me paraban... Me agarraron la mano y me calmaron. Pero estaba descargando toda la ira que tenía...”.

“La venganza es una pulsión atávica. Todos la sentimos”, reconoce Lebbos. “Pero entre el ‘que te den ganas de matarlo’ y el ‘ir a matarlo’ hay una brecha. Por eso delegamos la venganza en la autoridad, por medio del contrato social... Yo tengo una teoría: la de que esto que estamos viviendo está hecho a propósito para que los que tienen el poder puedan seguir estando, sumiendo a la sociedad en el temor y en el dolor. Hay un sistema perverso, no sólo en la Argentina. Y hay una casta que mantiene el poder y que usa el miedo para mantenerse. Fíjese que los linchamientos ocurren en los sectores más pobres, que son los más vulnerables. Ahora se hizo visible, porque pasó en un barrio caro de Buenos Aires, pero en los sectores pobres ocurre todos los días. Por supuesto que estoy en contra del linchamiento, pero también advierto que hay un hartazgo de la gente en contra de la manera en que se manejan las autoridades. No digo el Estado, porque es una entelequia, sino los gobernantes”.

El interrogante
De la Vega no deja que se haga el silencio y se dirige a González. “En tu caso, condenaron a perpetua al asesino de tu hija. Esa sentencia, ¿te trajo alivio?”.

“No. Se hizo justicia. Por lo menos, la justicia de los hombres. Y estás tranquilo, porque la rata no va a salir. Pero pasan los días y hay un desnivel hacia abajo. Uno, que vivió la tragedia...”. González no terminará esa frase.

“Yo creo que a mí, una sentencia condenatoria contra el asesino de mi hermano tampoco me traerá alivio”, se entristece De la Vega. “Tampoco sé si habrá sentencia: estoy convencida de que el que está prófugo es el que lo asesinó. Y al parecer es tan fácil estar prófugo en este país...”.

“Pensé mucho en las palabras de ellos y pensé en lo que vivió mi familia durante el juicio a los tres policías (el 18 de diciembre pasado, Enrique Antonio García, Manuel Exequiel Yapura y Roberto Oscar Lencina fueron encontrados culpables de encubrir el asesinato de Paulina). Yo creía que cuando terminase el juicio me iba a sentir aliviado, pero al final del proceso me dio mucha tristeza, porque había chiquitos que se quedaban sin padres. Es triste para la víctima y su familia, pero también lo es para la familia de los delincuentes”, confiesa Lebbos.

Las demandas
El padre de Paulina reclama que las autoridades atiendan los síntomas del cuerpo social. “En 2012, se tramitaron 40.000 causas penales en los Tribunales de Tucumán. Al año siguiente, 61.000. Queda claro que algo grave está pasando, pero aquí no hacen nada”.

De la Vega se enoja con el discurso oficial. “A un mes de estrenado el 911, el Gobierno dijo que el delito había bajado en Tucumán. Y resulta que ese mes habían ocurrido 15 asesinatos en la provincia, incluyendo el de mi hermano. Son grandes negadores: hablan de sensación de inseguridad”.

Pero también se alarman con la violencia social. “A mí, la gente en el hospital venía a darme el pésame y me decía: yo por eso tengo un chumbo en la casa”, relata De la Vega. “A mi me lo manifiestan a cada rato en la calle: Si a mí me pasara, agarro un chumbo y los reviento a todos, me dicen”, revela Lebbos.

González interviene por última vez. “La paz no llega, pero no creo que sirva el linchamiento”, sostiene. Al poco rato atiende su teléfono celular. Se disculpa: tiene que bajar porque le avisan que, aunque él cree que estacionó en un lugar permitido, están por ponerle el cepo a su auto. Ya no volverá.

“Creo lo mismo. No me serviría de nada ir a matar al asesino de mi hermano. Por el contrario, creo que volvería peor. La pena por la muerte de Luis ya no se irá. Pero tiene que haber sanción. En la Argentina, un ladrón sale fácil con un chumbo y mata porque no hay sanción. Es más, el delincuente recibe garantías, pero la víctima queda desamparada. Totalmente desprotegida económica y psicológicamente, como en el caso de mi cuñada: Luis era el sostén de su hogar. En cambio, sí hay asistencia para la familia del delincuente que va a la cárcel”, reniega De la Vega.

“La gente que vuelve de participar de un linchamiento termina con su vida arruinada”, advierte Lebbos. “Pero debe haber sanción de la Justicia contra el que delinque, sea quién sea. Porque uno visita a la cárcel y se da con que todos son flaquitos, morochos y pobres. Están presos porque no tienen plata para no estar presos. Si no hay sanción, todos somos delincuentes”.

El desacuerdo
Para el final, resta una última pregunta: ¿Son optimistas o pesimistas respecto del futuro?

“Yo, desde lo individual y colectivo, soy bastante pesimista. No veo que haya voluntad de cambiar las cosas. Hacen faltas penas más duras: en Gran Bretaña eliminaron los robos en los subtes estableciendo para ese delito penas no excarcelables. Ya no roban más en los subtes”, resume De la Vega.

“Yo soy de naturaleza optimista”, contrasta Lebbos. “Creo que esto va a cambiar para bien porque el hombre es intrínsecamente bueno. Creo que se está arando el terreno para un cambio. Y creo que el ser humano va a hacer las cosas para que triunfe el bien”.

“En eso -le dijo De la Vega cuando se despedía-, no vamos a poder ponernos de acuerdo”.

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