17 Marzo 2014 Seguir en 

Ciruelo de mi puerta,/si no volviese yo,/la primavera siempre/ volverá. Tú, florece”. Este maravilloso poema japonés de autor anónimo, no sólo revela la veneración que tienen los orientales hacia los árboles; también ratifica la imperecedera simbiosis que une al hombre con su entorno verde. Una simbiosis que fue prácticamente olvidada en Tucumán con el imparable y abrumador crecimiento del cemento en la ciudad. Los expertos aseguran que el aire puro y la baja contaminación ambiental son los factores fundamentales de una ciudad sana. Una metrópolis saludable, dicen, tiene un promedio de 12 metros cuadrados de espacios verdes por habitante. La ciudad con más parques, árboles y plazas de la Argentina es Rosario. San Miguel de Tucumán está muy por debajo de este parámetro. No sólo porque hay sectores donde el verde está prácticamente ausente (el microcentro, por ejemplo), sino porque los pocos árboles que hay en las calles y avenidas, están en un estado deplorable. La Municipalidad reconoció esta carencia. Y, por esa razón, lanzará en los próximos días un relevamiento que servirá, según se anunció, para poner en marcha programas de reforestación y mantenimiento.
Desde esta misma columna hemos abordado varias veces el complejo tema del arbolado urbano. Las últimas, cuando se produjeron las caídas de grandes y envejecidos tarcos durante las últimas tormentas. Sin embargo creemos necesario insistir con un par de cuestiones. En primer lugar, con la idea de que, sin lugar a dudas, los árboles mejoran la calidad del aire pues son agentes activos que reducen la contaminación atmosférica. Si en las grandes ciudades no hubiera árboles, el tráfico haría casi imposible vivir en ellas. Pero, además, los árboles no sólo generan oxígeno, absorben dióxido de carbono y retienen los polvos y partículas que se mantienen en el ambiente; también reducen el molesto ruido que se produce en la mayoría de las grandes ciudades. El tráfico, las bocinas, los gritos y las obras resultan atenuados así por los follajes verdes, que cumplen una función de aislantes acústicos, retrasando o, incluso, deteniendo las ondas sonoras. Por eso es importante su reposición y, sobre todo, su mantenimiento. Es inconcebible, entonces, que después de tantos años los naranjos de las peatonales sigan sufriendo la desidia de las autoridades y el embate de una población que no sólo no los cuida, sino que los usa para todo menos para lo que realmente sirven. En este sentido, es muy positivo que la Municipalidad haya tomado la decisión de reemplazarlos por lapachos. No obstante creemos importante que se otorgue más espacio para que los plantines puedan crecer sin problemas. Esto es: construir nuevas y amplias tazas que, sin molestar el paso de la gente, permitan el desarrollo del ejemplar elegido.
En segundo lugar, se debería establecer un plan de mantenimiento claro y constante en el tiempo. De nada servirá reemplazar los árboles o colocar nuevas especies en las veredas que no la tienen, si después no hay un seguimiento. No sólo por parte de las autoridades, sino también de los vecinos. Es cierto que, como dicen los funcionarios, el vandalismo ha llevado a los árboles de la ciudad a su actual estado de crisis. Pero también es cierto que gran parte del daño que sufrió el arbolado urbano se debe a los trabajos de apertura de veredas que realizaron las empresas de servicios y que afectaron seriamente el enraizado de los ejemplares. Esto no debería suceder con las nuevas especies.
Desde esta misma columna hemos abordado varias veces el complejo tema del arbolado urbano. Las últimas, cuando se produjeron las caídas de grandes y envejecidos tarcos durante las últimas tormentas. Sin embargo creemos necesario insistir con un par de cuestiones. En primer lugar, con la idea de que, sin lugar a dudas, los árboles mejoran la calidad del aire pues son agentes activos que reducen la contaminación atmosférica. Si en las grandes ciudades no hubiera árboles, el tráfico haría casi imposible vivir en ellas. Pero, además, los árboles no sólo generan oxígeno, absorben dióxido de carbono y retienen los polvos y partículas que se mantienen en el ambiente; también reducen el molesto ruido que se produce en la mayoría de las grandes ciudades. El tráfico, las bocinas, los gritos y las obras resultan atenuados así por los follajes verdes, que cumplen una función de aislantes acústicos, retrasando o, incluso, deteniendo las ondas sonoras. Por eso es importante su reposición y, sobre todo, su mantenimiento. Es inconcebible, entonces, que después de tantos años los naranjos de las peatonales sigan sufriendo la desidia de las autoridades y el embate de una población que no sólo no los cuida, sino que los usa para todo menos para lo que realmente sirven. En este sentido, es muy positivo que la Municipalidad haya tomado la decisión de reemplazarlos por lapachos. No obstante creemos importante que se otorgue más espacio para que los plantines puedan crecer sin problemas. Esto es: construir nuevas y amplias tazas que, sin molestar el paso de la gente, permitan el desarrollo del ejemplar elegido.
En segundo lugar, se debería establecer un plan de mantenimiento claro y constante en el tiempo. De nada servirá reemplazar los árboles o colocar nuevas especies en las veredas que no la tienen, si después no hay un seguimiento. No sólo por parte de las autoridades, sino también de los vecinos. Es cierto que, como dicen los funcionarios, el vandalismo ha llevado a los árboles de la ciudad a su actual estado de crisis. Pero también es cierto que gran parte del daño que sufrió el arbolado urbano se debe a los trabajos de apertura de veredas que realizaron las empresas de servicios y que afectaron seriamente el enraizado de los ejemplares. Esto no debería suceder con las nuevas especies.
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