
Por Fabián Soberón - Para LA GACETA - Tucumán
Hitler y Céline fueron nazis. Ambos escribieron un libro polémico. Ambos fueron furibundos antisemitas.
Louis Ferdinand Céline es un enigma. Encarna una de las paradojas humanas: como hombre de carne y hueso, diría Unamuno, es un miserable que defiende una causa miserable. A la vez, es el artista inigualable que escribió una de las novelas capitales de la literatura europea del siglo XX: Viaje al fin de la noche. ¿Cómo pensamos el valor de la novela, de una obra de arte, frente al miserable destino del filo nazi Céline? Desprecio el nazismo, desprecio el racismo de Céline y de cualquiera. Pero admiro la música de su prosa, el ritmo sincopado de su voz única. Viaje… es una impúdica máquina verbal avasallada por el argot, pautada por el ritmo trepidante del vómito, del sarcasmo y de la ironía. ¿Cómo puede una obra ser inspiradora siendo su autor un miserable nazi? ¿Por qué podemos admirar la creación de una lengua y, al mismo tiempo, rechazar la sucia ideología del escritor?
Céline, la novela de Céline, es la puesta en escena de un enigma.
Adolf Hitler no fue Céline. No sólo porque se suicidó (y no se exilió, como Céline) sino porque su libro contiene una prosa mediocre plagada de lugares comunes. Adolf Hitler fue el principal impulsor del nazismo. Fue un manipulador con un proyecto político claro. Fue un hombre de acción. Sin embargo, acaso como otros dictadores, cultivó la idea del escritor, del artista. Con esa ilusión escribió Mi lucha, un libro sectario con un propósito futuro. Hitler escribió una ominosa propaganda que programó la persecución antisemita más furiosa y asesina. En el libro se funden el autor y su prosa, la persona y su propósito. Mi lucha, libro maldito, es un claro ejemplo de autobiografía escrita con intención de propaganda. Su objetivo era defender una postura antropológica, una acción política, una visión del hombre.
No podemos hacer con Hitler lo que sí hacemos con Céline. Céline fue uno de los maestros de la lengua y de la literatura. Hitler quiso ser un artista pero fue un escritor de segunda fila. Pero su libro perdura en las mentes y genera una proliferación de lectores que abruma.
¿Por qué atrae Mi lucha, un libro que puede ser visto como la cifra del mal?
¿Deberíamos prohibir su lectura? Nietzsche decía que el olvido es necesario para la felicidad. ¿Deberíamos olvidar Mi lucha? ¿No sería mejor recordar sus falacias y sus intolerancias para combatirlas?
Durante años investigué todo lo relacionado con el nazismo. Me dijeron que Adolf Eichmann –el autor de la “solución final”– había vivido en Tucumán y quería saber cuál había sido su periplo vital, su trabajo a pocos kilómetros de mi casa. Por esos años, yo escribía mi novela La conferencia de Einstein y uno de los personajes, en la ficción, era Ricardo Klemment, seudónimo de Eichmann. Me impactaba pensar que un hombre despreciable hubiera pasado por la vereda de mi casa si yo hubiera nacido en los años 40.
La masacre y el horror del nazismo han despertado sueños y pesadillas en las mentes de miles de personas ligadas al cine, el arte, los libros y la música. Había –y hay– una extraña fascinación. ¿Por qué atrae su abominable historia? Quizás lo tremebundo es que el horror y el asesinato –la insoportable intolerancia– producen una afición. ¿Es, quizás, el lado claro del mal, su lado diurno, lo que encandila?
Mi lucha fue un reloj anticipado del futuro: adelantó la historia europea. Hitler escribió su ambición, sus “ideas” y anticipó la solución final, el exterminio. Por esos años, fue un libro popular. Su proyecto, aunque delirante y mesiánico, fue compartido por millones de lectores.
Mi lucha fue publicado en 1925. Desde esa fecha no ha parado de generar adhesiones, repudios, lecturas y lectores. Borges decía que un libro es clásico si las sucesivas generaciones de lectores lo frecuentan. ¿Es un clásico Mi lucha? ¿Puede ser clásico un libro que encarna el mal?
(c) LA GACETA
Fabián Soberón - Novelista, ensayista, crítico literario y cinematográfico.








