23 Febrero 2014 Seguir en 

El informe de la Asociación Civil “Luchemos por la Vida”, que publicamos en la edición de ayer, y las declaraciones de algunos funcionarios consultados, ofrecen un material más que suficiente para inquietar a las autoridades y a toda la comunidad. En efecto, se pone sobre el tapete, y con cifras, la gravísima tónica cotidiana que registra nuestro tránsito.
Según estos datos, el año pasado murieron 277 personas en accidentes, generalmente acaecidos los fines de semana. Un 70 por ciento de los percances tuvieron como protagonistas a conductores de motocicletas, el 99 por ciento de los cuales no llevaba colocado el casco protector. Una apreciable mayoría de los que se accidentan estaban bajo los efectos del alcohol. En lo que va del año, se secuestraron 1.480 motos.
Es evidente que la acción preventiva del poder público tiene importancia clave en este panorama, que delineamos sólo en sus números principales. Pero como bien lo dice el titular de la Dirección de Emergentología, enfrentar eficazmente el pavoroso cuadro no solamente es de resorte policial. Como se trata de algo “cultural”, debe encararse su corrección como “una cuestión de educación y de conducta en la familia”, único modo de contrarrestar la inclinación moderna hacia la velocidad y la violencia.
Sin duda que tal estrategia de concientización debe desarrollarse, y con la máxima profundidad. Tanto en el hogar, como en clases especiales dentro de las escuelas y colegios, y por los medios de comunicación, es posible mover a la reflexión a quienes desacatan no sólo las normas municipales, sino los más básicos principios de la prudencia. Sería adecuado mostrar con insistencia, por la televisión, imágenes reveladoras que todo lo que deriva de ese desdén por la propia vida y la de los semejantes.
Pero, mientras se aguarda esperanzadamente que tales apelaciones a la interioridad tengan algún efecto –lo que puede demorar bastante tiempo- resulta simultáneamente necesaria una acción oficial mucho más concienzuda que la que se desarrolla actualmente.
Preconizar esto parece obvio, a poco que se observe, aun superficialmente, lo que ocurre todos los días en las calles de la ciudad. Se informa que hay un millar y medio de motocicletas secuestradas. Pero en realidad debieran ser muchas más. Se ve a cada momento pasar raudos a los motociclistas, cuyo casco pende del manubrio.
Cualquier conductor de autos está obligado a manejar con ojos en la nuca, porque el motociclista no respeta norma alguna: viborea en medio de los vehículos, los pasa por el lado que se le ocurre, y tampoco le importan demasiado las indicaciones de los semáforos. Por las noches, las calles céntricas parecen pistas de carreras para estos vehículos de dos ruedas lanzados a escalofriante velocidad.
Y no se advierte que infracciones de ese tipo movilicen de inmediato una acción municipal o policial correctiva. Los agentes se limitan a mirarlos. Es decir que -aunque esto no resulte para nada novedoso- la tarea de prevención tiene que ser necesariamente doble. Por un lado, una sostenida campaña en la calle y en los medios, dirigida a que la mentalidad vigente se modifique. Y por el otro, rigurosas instrucciones de la autoridad a su personal, para impedir que el imprudente siga esparciendo peligro por las calles. No parece haber otro camino.
Según estos datos, el año pasado murieron 277 personas en accidentes, generalmente acaecidos los fines de semana. Un 70 por ciento de los percances tuvieron como protagonistas a conductores de motocicletas, el 99 por ciento de los cuales no llevaba colocado el casco protector. Una apreciable mayoría de los que se accidentan estaban bajo los efectos del alcohol. En lo que va del año, se secuestraron 1.480 motos.
Es evidente que la acción preventiva del poder público tiene importancia clave en este panorama, que delineamos sólo en sus números principales. Pero como bien lo dice el titular de la Dirección de Emergentología, enfrentar eficazmente el pavoroso cuadro no solamente es de resorte policial. Como se trata de algo “cultural”, debe encararse su corrección como “una cuestión de educación y de conducta en la familia”, único modo de contrarrestar la inclinación moderna hacia la velocidad y la violencia.
Sin duda que tal estrategia de concientización debe desarrollarse, y con la máxima profundidad. Tanto en el hogar, como en clases especiales dentro de las escuelas y colegios, y por los medios de comunicación, es posible mover a la reflexión a quienes desacatan no sólo las normas municipales, sino los más básicos principios de la prudencia. Sería adecuado mostrar con insistencia, por la televisión, imágenes reveladoras que todo lo que deriva de ese desdén por la propia vida y la de los semejantes.
Pero, mientras se aguarda esperanzadamente que tales apelaciones a la interioridad tengan algún efecto –lo que puede demorar bastante tiempo- resulta simultáneamente necesaria una acción oficial mucho más concienzuda que la que se desarrolla actualmente.
Preconizar esto parece obvio, a poco que se observe, aun superficialmente, lo que ocurre todos los días en las calles de la ciudad. Se informa que hay un millar y medio de motocicletas secuestradas. Pero en realidad debieran ser muchas más. Se ve a cada momento pasar raudos a los motociclistas, cuyo casco pende del manubrio.
Cualquier conductor de autos está obligado a manejar con ojos en la nuca, porque el motociclista no respeta norma alguna: viborea en medio de los vehículos, los pasa por el lado que se le ocurre, y tampoco le importan demasiado las indicaciones de los semáforos. Por las noches, las calles céntricas parecen pistas de carreras para estos vehículos de dos ruedas lanzados a escalofriante velocidad.
Y no se advierte que infracciones de ese tipo movilicen de inmediato una acción municipal o policial correctiva. Los agentes se limitan a mirarlos. Es decir que -aunque esto no resulte para nada novedoso- la tarea de prevención tiene que ser necesariamente doble. Por un lado, una sostenida campaña en la calle y en los medios, dirigida a que la mentalidad vigente se modifique. Y por el otro, rigurosas instrucciones de la autoridad a su personal, para impedir que el imprudente siga esparciendo peligro por las calles. No parece haber otro camino.







