Fernando Stanich
Por Fernando Stanich 03 Febrero 2014
Enero dejó un saldo de argentinos más pobres, malhumorados y asustados. Aunque se esfuerce por intentarlo, el cristinismo no puede siquiera alegar torpeza a la hora de justificar la devaluación del peso y la inflación. Está claro que el Gobierno eligió soportar en verano el impacto de una de las medidas más impopulares que se le recuerden, a la espera de licuar el descontento social lo más lejos posible del recambio de autoridades. El problema es que, mientras más perdure el mal humor, menos podrá pensar en 2015.

Aunque febrero pretenda despabilarse con algunos indicios de reactivación política, lo concreto es que la rosca que diseñen o practiquen cualquiera de los dirigentes oficialistas y opositores estará supeditada directamente a los vaivenes de la economía nacional. El gobernador José Alperovich, por caso, se esfuerza desde el primer día del año por levantarse después del mazazo de un diciembre trágico. El mandatario, desesperado por llegar de pie al último día de su gestión, se muestra híperactivo: erradicación de los vendedores ambulantes, eliminación del absurdo cepo a la nocturnidad y ahora guerra contra los basurales son las acciones emblemáticas que el oficialismo utilizó para recuperar parte del capital político dilapidado.

En su momento de mayor debilidad, el gobernador recurre a las medidas más efectistas no por convencimiento, sino por necesidad. En política todo tiene un porqué, y en este caso el alperovichismo no quiere que la correntada nacional termine por arrastrarlo. Por eso, además, el titular del Poder Ejecutivo abraza a cuanto dirigente le merodee: sabe que el oficialismo no está en condiciones de prescindir de nadie. El referente local de la generación de políticos “ni-ni” (ni oficialista ni opositor), Domingo Amaya; el testimonial serial Juan Manzur y el sigiloso Osvaldo Jaldo recibieron mimos en las últimas semanas. Aunque no en público, también la senadora Beatriz Rojkés obtuvo un guiño de su esposo luego de llamarse a silencio. La primera dama pasa las tardes de vacaciones pidiendo a legisladores y concejales que le organicen reuniones en los barrios, y sus colaboradores se entusiasman con reposicionarla como potable sucesora.

Alperovich hoy no puede darse el lujo de ungir a ninguno, y a Amaya aún no le sobra nada para romper con el alperovichismo. En su círculo prometían que lo haría el 1 de marzo; ahora, dicen que después del Mundial de fútbol. Justo para el momento en que Manzur quiere regresar y lanzar su campaña. El problema es que, en este contexto de mareo cristinista, ninguno sabe cómo los encontrará la segunda mitad de año y cualquier proyección que efectúan queda devorada por la inflación a las pocas horas. En ese marco, el massista Gerónimo Vargas Aignasse y el radical José Cano tienen varios meses por delante para despuntar su pasatiempo preferido: la pesca. A ambos los favorecen las náuseas del oficialismo, y ya tiraron varias líneas a la espera de quienes muerdan el anzuelo. Son, en efecto, los más beneficiados por la crisis del cristinismo y sus réplicas en los intérpretes locales.

El oficialismo, no obstante, aún conserva una ventaja a su favor: el mal humor social llega en un año no electoral. De sí mismo dependerá profundizarlo hasta 2015 y despedirse del todo, o revertirlo y lograr su ansiada continuidad bajo otro ropaje.

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