Guillermo Monti
Por Guillermo Monti 20 Diciembre 2013
“El reclamo de asegurar cada vez más los espacios de la clase media está condenado al fracaso -advierte el sociólogo Javier Auyero-. Si lo que quieren de verdad es más seguridad se necesita una especie de Plan Marshall en los sectores más postergados”. El Plan Marshall fue la inyección de 13.000 millones de dólares que Estados Unidos le inoculó a la Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial. Según Auyero, vivimos en un campo minado sobre el que la gente camina todos los días. “Y todos los días vuela algo por el aire”, subraya.

“Vienen”; “están cerca”; “ya llegan”, se afirmaba en las barricadas durante las trágicas jornadas de la semana pasada. El ninguneo al otro, la despersonalización, son expresiones palpables de la discriminación, pero también del miedo. “Hordas salvajes”, “zombis”, “pirañas”, fueron algunos calificativos expresados en cartas publicadas por LA GACETA. Menos sutiles, en las redes sociales se apeló al argentinísimo negros (con infinidad de adjetivos adosados). Eso sí: en nuestro país no existe el racismo.

Quienes se dedican al estudio profundo de los fenómenos sociales remarcan que el problema de fondo de la Argentina no es la inseguridad, sino la pésima distribución del ingreso. Una cosa lleva a la otra. Hay en el país alrededor de un millón de jóvenes que no estudian ni trabajan. La amplia mayoría no terminó el secundario. Los bolsones de pobreza estructural más nutridos y complejos anidan en el conurbano bonaerense, en el NEA y en nuestro NOA. Durante los saqueos se produjo la visibilización de muchos de ellos. Personas con rostro, con nombre y apellido.

Daniel Arroyo, ex viceministro de Desarrollo Social de la Nación, sostiene que el hacinamiento y las adicciones son alfombras rojas hacia el delito. Enfatiza lo difícil que resulta la inserción en el universo laboral de los excluidos del sistema. “El problema de los jóvenes pobres no es entender cómo hacer un trabajo, sino el hecho de ir a trabajar todos los días ocho horas”, explica. No es caprichosa la situación, teniendo en cuenta que muchos de ellos nunca vieron a sus padres -ni a sus abuelos- marchar cada día al trabajo.

Auyero apunta que la informalidad es promotora de violencia. Malas noticias para el Tucumán desproletarizado: el empleo en negro trepa al 44% en la provincia, unos 10 puntos por encima de la media nacional. Son conchabados sin boleta, sin aportes patronales ni obra social. Sin medio aguinaldo, justo cuando llegan las fiestas.

El desgarramiento del tejido social se consumó a horcajadas de la violencia. Violencia de los de abajo, protagonistas de los lamentables robos a comercios: violencia de los del medio, atrincherados y con armas a la vista; y -en especial- violencia de los de arriba, del Estado que les soltó la mano a los ciudadanos que debe proteger. En el medio quedó la desprestigiada institución policial. Según los analistas de las fuerzas de seguridad, las policías están partidas al medio en todas y cada una de las provincias: por un lado los honestos, por el otro los corruptos.

A la paleta tucumana se le perdieron un montón de colores. Quedaron infinidad de tonos de gris. Vale la pena repasar una carta del lector Javier Omodeo, publicada el miércoles en LA GACETA. Alerta sobre la insensatez de considerar un héroe a quien toma un arma en una barricada, dispuesto a cobrarse una vida. Una cosa es el miedo y otra la pulsión de muerte, esa que planeó por Tucumán. La ferocidad de la sociedad de consumo (el que no tiene un LCD “no pertenece”), la presión social, la crisis educativa, la economía paralizada, la certeza de que no hay futuro... La fórmula perfecta para garantizar un estallido.

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