“Los argentinos -dice el artículo- nos estamos hiriendo en las canchas. Hiriendo de muerte, con enfrentamientos fraternales, con rencores, con odios”. El texto, que se dirige como “Carta Abierta” al cargo político más alto del país, enumera “cinco muertes, más de 300 heridos y una cantidad similar de detenidos, además de infinidad de peleas, robos y desmanes”, entre otros incidentes. Y termina pidiendo “acciones efectivas que empiecen por eliminar de los estadios a no más de 1.000 personas entre 30.000, causantes de actos vandálicos”. La carta fue publicada por la revista “El Gráfico” en diciembre de 1983. Y dirigida al presidente de la renacida democracia, Raúl Alfonsín. Pasaron 30 años. Podría reiterarse, casi sin cambios, en 2013. Y ser dirigida a Cristina Fernández de Kirchner. No habla bien de un fútbol argentino que podría coronar hoy a un nuevo campeón. Sin hinchas visitantes en las tribunas, porque sigue librando una lucha despareja contra la violencia en las canchas.
El 5 de enero de 1983 murieron el paraguayo de 18 años Raúl Servín Martínez, de Boca, asesinado de un balazo calibre 22. Y Raúl Calixto, de 17, de Quilmes, que falleció de asfixia en pleno ataque, una emboscada antes de llegar a la Bombonera. Promesas de venganza por agresiones en partido previo, zonas sospechosamente liberadas y muerte. Fue un Boca-Quilmes de 1983. Podría haber sido de 2013. La policía detuvo al día siguiente al “Negro” Thompson, líder de la barra de Quilmes, que un año antes se había reunido con Julio Grondona, presidente de la AFA ya desde 1979, para gestionar un posible viaje de barras al Mundial de España 82. Lo explicó el propio “Negro” Thompson: “A mí se me ocurrió la idea de juntar a representantes de las hinchadas para ir a alentar a la Selección a España. Entonces voy a la AFA y se lo propongo a Grondona y Julio me dice: ‘Bueno, primero juntá a la gente y después hablamos’. Entonces le di una nota a cada uno de los dirigentes de todos los clubes en la misma AFA. Todo por derecha… En la primera reunión dejamos todo sentado en un libro de actas… Necesitábamos 150.000 mil dólares para 150 pasajes con estadía, éramos 140, siete representantes por club… Conseguimos publicidad de Adidas, de la cervecería Quilmes…”.
La guerra de Malvinas, contó el propio Thompson, frustró finalmente el proyecto. Pero a partir de allí los barras comenzaron a viajar a todos los Mundiales. En 1982 o 2014. Como podrá observarse, Hinchadas Unidas Argentinas, como se llamó el proyecto de la última Copa de Sudáfrica 2010, no fue para nada novedoso.
El muy buen libro “1983”, del periodista Germán Ferrari, recuerda el último episodio de violencia en el fútbol de ese año. El 27 de diciembre, ya en democracia, en un Los Andes-Chacarita decisivo por el segundo ascenso de la Primera B. Chacarita campeón, invasión de campo para festejar y proyectiles que vuelan para todos lados. Eduardo Duhalde, flamante intendente de Lomas de Zamora, cuerpo a tierra para evitar las piedras. Caballería dentro del campo de juego. Gases lacrimógenos y, unas horas después, incursión de hinchas de Chacarita al centro de Lomas para romper negocios. Raúl Alfonsín, elegido unos días antes, tras siete años de la más cruenta dictadura militar que conoció la Argentina, se había reunido con Grondona en el Hotel Panamericano. “Espero que de ahora en más -confió Grondona tras la reunión- el público no silbe a los policías cuando se llevan a un delincuente que aprovecha el fútbol para hacer su negocio”. No vivimos justamente en estos últimos días las mejores horas para elogiar algún accionar policial. Todo lo contrario. Pero la esperanza, sabemos, nunca se pierde.
Grondona había sido reelegido presidente de la AFA el 15 de abril de 1983. Lo reeligieron siete veces más. Sobrevivió a casi una decena de presidentes de la nación. Pasaron saqueos y devaluaciones. Títulos mundiales en juveniles y mayores. Pasó Diego Maradona jugador y Diego Maradona DT. Pasaron también César Menotti, Carlos Bilardo, Daniel Passarella, “Coco” Basile, Marcelo Bielsa, José Pekerman y “Checho” Batista. Hubo decenas y decenas de muertes en las canchas. Hasta se murieron dos Papas y otro renunció. Cayó el apartheid en Sudáfrica. Cayó el Muro de Berlín. Se desintegraron países. Y él sigue ahí. Soñando acaso con un título en el Mundial de Brasil 2014 para un retiro algo más jubiloso, que atenúe críticas por la violencia y las deudas económicas de los clubes todavía irresueltas. Seguramente pocos lo recuerdan. Pero Boca y River atravesaban en 1983 sus propias crisis económicas y deportivas. Boca terminó séptimo en el Torneo Metropolitano. River anteúltimo. Los jugadores de River llegaron a declararse en libertad de acción por falta de pago. A Boca le explotó una crisis similar al año siguiente. El gobierno radical llegó a disponer la intervención del club para salvarlo de la quiebra. Faltos de memoria, o perezosos para revisar al menos los archivos, algunos periodistas hablan hoy de crisis inéditas.
Hace 30 años el fútbol argentino también tenía un calendario complicado. A tal punto que el año comenzó definiendo en febrero al campeón Metropolitano de 1982. El torneo se llamó “Soberanía Nacional”, por la Guerra de Malvinas. Fue campeón el Estudiantes de La Plata dirigido por Carlos Bilardo y conducido dentro del campo por un tal Alejandro Sabella. El Metropolitano de 1983 fue ganado por Independiente. Se inauguró el sistema de promedios y descendió Racing, que también estaba en crisis económica, con su estadio clausurado más de dos años y usado hasta como depósito de verduras. Un proyecto de ley quiso salvarlo del descenso. No prosperó. San Lorenzo, que venía de superar su propio descenso, terminó escolta y revelación del Metropolitano. La crisis de los grandes, como se ve, tampoco es nueva.
“La historia -dijo Carlos Marx- se repite primero como tragedia y luego como comedia”. Otros dicen que suele aprenderse de los fracasos. Tragedia, comedia o farsa, el fútbol argentino, hay que recalcarlo, tiene historia rica de cracks y equipos formidables. De amores al fútbol mismo, no a la pasión. A hinchas que hinchan por ellos mismos, como sucede ahora. Entre las deudas de la democracia la pelota también tendría algo que decir.








