“-¿No se dedicaban los bomberos a apagar incendios antes de provocarlos y atizarlos?”
“Fahrenheit 451”, Ray Bradbury
Al cabo de los tres días más espantosos que vivieron los tucumanos en años, luego de los saqueos del lunes, el gobierno cambia a la cúpula de la Policía y quiere empezar a restañar las heridas profundas que causó en el cuerpo social la protesta policial. Pero no puede aplacar la furia. El daño crece.
El problema es que avanzan tanteando, sin saber por dónde ir. Así como el domingo creyeron que no había problemas (“No hay motivos para que ocurra lo que sucedió en otras provincias”, dijo el secretario de Seguridad, Paul Hofer) el lunes erraron al permitir con el silencio que creciera la protesta sin exigir urgente ayuda nacional. Estallaron los saqueos y nada hicieron, excepto ofrecer una suba salarial que los policías díscolos hasta se dieron el lujo de rechazar, mientras veían que la provincia ardía. Para cuando recapacitaron los agentes proclives al acuerdo, ya el mundo ardía. Por eso hoy la sociedad los repudia.
“Tenemos órdenes de que demos lo mejor de nosotros para recuperar la confianza con la comunidad”, dijo el nuevo jefe, Dante Bustamante. El asunto es cómo lo harán. El modelo policial ha tocado fondo aquí y en el país, por varios motivos. 1) Se rige con leyes de la época de la dictadura y su cultura es autoritaria. 2) El sistema está lleno de corruptelas, y la principal es el servicio adicional. 3) Las cúpulas son sumisas al poder de turno, no actúan profesionalmente y no respetan ni son respetadas por los uniformados. 4) Estos no tienen modo de reclamar como no sea haciendo una protesta ilegal. Lo hicieron siempre (hace un año y medio obtuvieron un generoso aumento tras tres días de acuartelamiento). 5) Cada vez hay más denuncias por torturas, robos, coimas y hasta abusos sexuales en el interior de las comisarías, lo cual pone de manifiesto una forma de trabajar y una cultura antidemocráticas. Oficialismo y oposición consintieron esta policía autista y permitieron los constantes escándalos (hubo decenas sólo en el último año) hasta llegar al nivel de mayor degradación: dejar a la población a merced de los saqueadores.
Hay que notar que es la primera vez que se da esta fórmula bestial que combina autoacuartelamiento con saqueos. Hay quienes dicen que los policías liberaron la zona para los atacantes, que no casualmente andaban en motos, igual que los motoarrebatadores.
No parece que los funcionarios sepan cómo lograr una policía democrática. Lo ha reconocido el gobierno nacional: Cristina cargó contra las policías del país pero al mismo tiempo ignoraba los muertos en los saqueos de estos días. El ex secretario de Seguridad, Eduardo di Lella, acaba de decir que no es experto en seguridad. Así y todo, estuvo siete años en el cargo. El ministro de Seguridad, Jorge Gassenbauer, tiene un año en esta tarea y su rol de gerenciador de insumos para seguridad no le sirvió para impedir este infierno. Hace cuatro años que los legisladores debaten sin debatir la inconstitucional Ley de Contravenciones; hace dos años que debaten sin reglamentar la ley contra la Tortura; hace diez años que piensan sin decidir en poner Asuntos Internos; hace décadas que saben que el modelo policial es un problema de toda la sociedad.
Pero ahora tocaron fondo. La Iglesia ha sido muy dura en su documento contra la inacción de los gobiernos ante los saqueos. Ya no tienen fuerza política. Si no aplican el bisturí, el mundo se les caerá de nuevo y con mucha fuerza, sobre todo si después del escándalo, la Policía vuelve a ser la misma. La sociedad ya no tiene margen para tolerar que lo siga siendo.
“Fahrenheit 451”, Ray Bradbury
Al cabo de los tres días más espantosos que vivieron los tucumanos en años, luego de los saqueos del lunes, el gobierno cambia a la cúpula de la Policía y quiere empezar a restañar las heridas profundas que causó en el cuerpo social la protesta policial. Pero no puede aplacar la furia. El daño crece.
El problema es que avanzan tanteando, sin saber por dónde ir. Así como el domingo creyeron que no había problemas (“No hay motivos para que ocurra lo que sucedió en otras provincias”, dijo el secretario de Seguridad, Paul Hofer) el lunes erraron al permitir con el silencio que creciera la protesta sin exigir urgente ayuda nacional. Estallaron los saqueos y nada hicieron, excepto ofrecer una suba salarial que los policías díscolos hasta se dieron el lujo de rechazar, mientras veían que la provincia ardía. Para cuando recapacitaron los agentes proclives al acuerdo, ya el mundo ardía. Por eso hoy la sociedad los repudia.
“Tenemos órdenes de que demos lo mejor de nosotros para recuperar la confianza con la comunidad”, dijo el nuevo jefe, Dante Bustamante. El asunto es cómo lo harán. El modelo policial ha tocado fondo aquí y en el país, por varios motivos. 1) Se rige con leyes de la época de la dictadura y su cultura es autoritaria. 2) El sistema está lleno de corruptelas, y la principal es el servicio adicional. 3) Las cúpulas son sumisas al poder de turno, no actúan profesionalmente y no respetan ni son respetadas por los uniformados. 4) Estos no tienen modo de reclamar como no sea haciendo una protesta ilegal. Lo hicieron siempre (hace un año y medio obtuvieron un generoso aumento tras tres días de acuartelamiento). 5) Cada vez hay más denuncias por torturas, robos, coimas y hasta abusos sexuales en el interior de las comisarías, lo cual pone de manifiesto una forma de trabajar y una cultura antidemocráticas. Oficialismo y oposición consintieron esta policía autista y permitieron los constantes escándalos (hubo decenas sólo en el último año) hasta llegar al nivel de mayor degradación: dejar a la población a merced de los saqueadores.
Hay que notar que es la primera vez que se da esta fórmula bestial que combina autoacuartelamiento con saqueos. Hay quienes dicen que los policías liberaron la zona para los atacantes, que no casualmente andaban en motos, igual que los motoarrebatadores.
No parece que los funcionarios sepan cómo lograr una policía democrática. Lo ha reconocido el gobierno nacional: Cristina cargó contra las policías del país pero al mismo tiempo ignoraba los muertos en los saqueos de estos días. El ex secretario de Seguridad, Eduardo di Lella, acaba de decir que no es experto en seguridad. Así y todo, estuvo siete años en el cargo. El ministro de Seguridad, Jorge Gassenbauer, tiene un año en esta tarea y su rol de gerenciador de insumos para seguridad no le sirvió para impedir este infierno. Hace cuatro años que los legisladores debaten sin debatir la inconstitucional Ley de Contravenciones; hace dos años que debaten sin reglamentar la ley contra la Tortura; hace diez años que piensan sin decidir en poner Asuntos Internos; hace décadas que saben que el modelo policial es un problema de toda la sociedad.
Pero ahora tocaron fondo. La Iglesia ha sido muy dura en su documento contra la inacción de los gobiernos ante los saqueos. Ya no tienen fuerza política. Si no aplican el bisturí, el mundo se les caerá de nuevo y con mucha fuerza, sobre todo si después del escándalo, la Policía vuelve a ser la misma. La sociedad ya no tiene margen para tolerar que lo siga siendo.
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